martes, 30 de diciembre de 2025

Campos, barrancos y aljezares del sureste madrileño

 


    Los paisajes yesíferos al sur del Tajuña, tienen una impronta muy especial que pocas personas valoran como se merecen. Para empezar, se trata de un interfluvio entre el Tajo y el Tajuña en cuyas partes más altas, con otras litologías como calizas o arcillas por encima de esos yesos, dan lugar a buenas zonas de cultivo y, por lo tanto, es el lugar donde se asientan los pueblos, como Villaconejos, Chinchón y Valdelaguna. El resto de las áreas, ya inferiores, son los famosos yesares del Tajo, tanto los de este río, como los del Tajuña o del Jarama.

Los olivos se cultivan, al igual que la viña, en las partes altas de esta zona y, en algunos rellanos


    En esta entrada, voy a hablar de los cerros y barrancos cubiertos de grandes espartales vertientes al valle del Tajuña, muy similares en casi todo, a aquellos otros barrancos vertientes hacia el Tajo al sur y, por lo tanto, algo más secos y calurosos, con una mayor impronta salina y una vegetación más acorde con esto, como buenos albardinales, tarayales y salobrales, formaciones protegidas como hábitats prioritarios de interés comunitario de la Red Natura 2000.

Abajo, laguna de Esteras, al oeste de Villaconejos

    Estas tierras apenas están frecuentadas, a pesar de situarse a pocos kilómetros del gigante demográfico madrileño. Estos campos se encuentran mucho menos valorados que la cada vez más saturada sierra del Guadarrama, y considerados más como unos “secarrales” que como una naturaleza salvaje en buen estado de conservación. Es algo lamentable, pero por contra, algo que se agradece, cuando tras largas horas de recorrido por sus campos y barrancos, no te encuentras prácticamente con nadie, lo que también, hace de estos territorios una zona de vertidos y desmanes de todo tipo sin la vigilancia que, aunque poca, tiene la vecina área del Parque Regional del Sureste, que no sabemos por qué, su tenue manto de protección, no acoge a estas áreas entre el Tajo y el Tajuña, tan necesitadas de protección, como las lagunas y arroyos salobres o sus grandes albardinales.

Productos de invierno en la huerta del Tajuña. Abajo, laguna colmatada en la vega

    Por el norte se extiende la feraz vega del Tajuña, aunque está cambiando su tradicional uso agrario, en otro múltiple, de esparcimientos de todo tipo y con una camuflada función residencial, acrecentada por la desmesura de los precios de la urbe. Antiguas casillas de aperos, aprovechadas para poder vivir; pequeñas urbanizaciones ilegales, incluso aglomeraciones de furgones, sirven de vivienda a quien no puede permitirse la “libertad” de Madrid capital o, mejor dicho, el Madrid del capital. Pegada a la vega, aparece una línea de escarpes y cantiles yesíferos, con cuevas, desprendimientos, etc., cantiles que  se prolongan hacia el sur, siguiendo la intrincada red hidrográfica que lleva a las llanuras cultivadas de las áreas superiores del interfluvio.

Vega del Tajuña con la laguna de San Juan en primer término

    Domina estas amplias extensiones de terreno una gramínea de gran talla, antaño fuente de material para diestros artesanos, el esparto, del que aún quedan alguna muestra de su cultura en lugares como Villarejo de Salvanés y tiendas de su artesanía en Chinchón. Pero hay más variedad, todavía hay lugares con restos de encinar y de coscojar, las áreas mejor conservadas; en otras se repobló con pino carrasco con desigual fortuna, algo lamentable sobre los yesos, donde la repoblación sirvió para romper la estructura de suelos y laderas y, con mejor fortuna sobre calizas, es decir, en las escasas áreas culminantes, donde incluso se puede presumir la autoctonía de un viejo pinar, el de la Encomienda, al noroeste de Villamanrique de Tajo aunque perteneciente a Villarejo de Salvanés aunque, con el último cambio de propiedad, devenido en criadero de venados.

La atocha o esparto, protagonista indiscutible de esta región

    Esta vega del Tajuña está casi totalmente utilizada agrícolamente,  este es un río muy constante y de caudal enjuto y, al contrario que su vecino Jarama, no acostumbra a abandonar nunca su cauce. En su vecindad existen varias zonas lagunares, pero casi todas muy colmatadas y llenas de carrizos, entre ellas la Laguna de San Juan. Esta vega contacta directamente con los cantiles, dejando un vega muy recortada y vertical en la margen izquierda del río, mientras que la norteña es mucho más tendida. En uno de esos promontorios destaca el venido a menos, castillo de Casasola que, aunque en estos yesos, arquitectónicamente inestables, merecería una seria restauración, como también se debería hacer en otro castillo situado más al sur, el castillo de Oreja, en una línea de fortificaciones y ermitas que jalonan el valle del Tajo, prácticamente cada 10-15 kms.

El castillo de Casasola dominando la vega del Tajuña

    Los cortados hacia el Tajuña, muestran toda la geomorfología típica de los cantiles yesíferos, sus numerosas fallas “panameñas”, que muestran paquetes verticales, en una línea de futuribles derrumbes, algunos enormes. También cerca de esos cortados, aparece una muy reciente, geológicamente hablando, torca o dolina que, aparte de ser una joya geológica, también se ha convertido en un lamentable vertedero que muestra a las claras, las relaciones del “Homo ibericus” con su inmediata naturaleza.

Cantiles cerca de la laguna de San Juan, abajo la enorme torca (basurero) cercana

    A partir de aquí, hacia el sur, empieza un maremágnum de retorcidos barrancos que en ocasiones llegan a alcanzar los 50m. de profundidad. Por aquí discurren los arroyos de Calabazas, del Montero, de los Olivones u Olivas Altas, del Pastor, de la Purga, de la Tobosa, Valdemalea, Valdegutiérrez, Valdezarza, Valjondo, Valtarroso o Valtamosa; uno de ellos, el de Villacabras, el arroyo principal, se origina en la antigua fuente de Villacabras, un histórico lugar que ya he visitado varias veces y que ahora acusa, un par de buenas primaveras, en que la vegetación ha impedido el paso a algunas de sus cisternas que dieron lugar a una pequeña, aunque internacional industria, la del agua de Villacabras.

Inaccesible una de las cuevas-manantiales de Villacabras. Abajo pilón-abrevadero

    Estas aguas medicinales, sulfatadas y calci-magnésicas, purgantes, eran recogidas de varias galerías excavadas en la roca y subidas en cántaras, a depósitos, donde posteriormente eran cargadas en cubas y transportadas, primero a Villaconejos y luego a Francia, donde primero lograron la autorización para la venta, embotelladas en frascos y vendidas allí. Posteriormente fueron declaradas de utilidad pública aquí en España, pero no tuvieron el éxito deseado y fueron agonizando hasta su triste estado actual.

Aguas de Villacabras

    Otro hito en estos paisajes es la visible Casa del Montero, también en lamentable estado de abandono, a pesar de haber sido una construcción señera del ocio cinegético de finales del XIX e inicios del XX. Casi es la referencia para no perderse por estos montes tan laberínticos y similares. No se puede decir lo mismo de la omnipresente cementera de Morata, situada en la parte alta del páramo entre Tajuña y el Jarama, y fuente de contaminación de sustancias tóxicas, debido a las basuras y residuos que queman en ella, parece que lo de menos es la fabricación de cemento.

La restaurable Casa del Montero y, abajo, la "dinamitable" cementera de Morata

    Más referencias históricas las tenemos en los numerosos búnkeres de la zona, importante en la famosa batalla del Jarama, donde estaban las posiciones republicanas que intentaban cubrir la ruta valenciana de suministros para una capital sitiada.

Ventana de un búnker hexagonal. Con un gazapo a la derecha...?

    Al otro lado del Tajuña ya hay más trincheras de mayor importancia, incluso el monumento a las Brigadas Internacionales, que aquí dejaron a muchos de sus miembros, muy cerca del cruce con el ramal que enlaza con la A-3.

Cueva aljibe al inicio del barranco, y profundización del barranco de Villacabras
..y más profundización del barranco

    Parte de esta zona pertenece a Villaconejos, famosa localidad melonera, donde hoy es difícil ver ese afamado arrope frutal, aunque tras informarme, parece que los de Villaconejos no eran famosos por sus melones, sino por lo bien que los cultivaban y vendían, en otros lugares, incluso lejanos. Parte de la zona norte y oeste de esta región, pertenece al mayor municipio de Chinchón, que casi parece englobar a Villaconejos por este lado y llegando por el norte hasta los altos del Pingarrón y el Butarrón, al otro lado del río Tajuña, marcando un artificial límite que delimita el llamado Parque Regional del Sureste, del que parece que la comunidad de Madrid, tiende a desentenderse, para mayor "libertad" de usuarios y propietarios.

La mayor de las euforbias madrileñas E. characias. Abajo, Teucrium pumilum
Blancos los carraspiques Iberis saxatilis y grises las efedras Ephedra fragillis

    Estamos en el reino de la vegetación de los yesos, el aljezar, lo gipsícola. Aquí las plantas tienen que sacar su elenco de adaptaciones para poder medrar en un medio tan hostil y tan seco, y existe toda una gama de vegetación gipsícola, desde la mejor formada, con encinas y efedras, hasta la exigua vegetación de la costra de los yesos, pasando por espartales, tomillares con jabunas, vegetación semi-rupícola o incluso salobre.

Vegetación casi rupícola a primeros de marzo

    Se trata de una riqueza y biodiversidad biológica, de la que llevo tiempo alardeando en esta página y que no me cansaré de mostrar y poner en valor, pues es necesario cuidar la buena naturaleza madrileña. Naturaleza que debemos conocer como parte de nuestro ancestral paisaje, usos y vida de nuestros predecesores. Estamos perdiendo toda una cultura popular en favor de una globalidad mal entendida de la que solo salen ventajosos, los que nos la venden y no vemos lo que vamos dejando atrás, que ya empieza a ser demasiado.


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