lunes, 31 de mayo de 2021

El debris flow de Mijares

Arroyo lateral abriéndose paso entre grandes bloques recién removidos

Perdón por el anglicismo, debris flow es, traducido literalmente, un flujo de derrubios, lo que llamaríamos una colada de derrubios, colada de barro, flujo de detritos, etc. Término aplicado a un peculiar fenómeno geomorfológico que consiste en el desprendimiento de un pequeño trozo de montaña que en cuestión de segundos moviliza enormes cantidades de material, convirtiéndose en un destructivo cauce de bloques y barro con capacidad para ir destrozando e incorporando nuevos materiales a su acelerada corriente de destrucción, espoleada por efecto de la gravedad, hasta el lugar donde, finalmente, esparce su carga tras haber señalado un profundo reguero de destrucción.

Aunque no lo parezca la parte inferior izquierda de la foto hace un año er así

      Parte de una cicatriz (scar) de una empinada ladera, donde deja una huella como si hubiesen arrancada una gran "cucharada” de montaña, baja abriendo un canal que se va profundizando sobre material suelto o desparramándose sobre material rocoso, lateralmente rodeado de caballones (levees) y erosionando, removiendo o desorganizando todo a su paso, hasta desparramar su carga en un gran lóbulo final, que usualmente dura poco, al situarse casi siempre sobre un fondo de valle torrencial.


Parte final donde ya contacta con la garganta de Las Torres y desaparece en ella

      Hace poco subí a un lugar que mi hermano y yo llamamos la garganta de los Tejos en Mijares, al sur de Gredos. A este lugar dediqué una entrada hace un par de años, asombrado del peculiar aire atlántico o norteño que se disfrutaba aquí, con una flora poco común en el resto de Gredos, con una relativa abundancia de especies nórdicas como olmos de montaña, tejos, saúcos y algunos arces y acebos, acompañados de especies más comunes en el norte que por estas latitudes.

Paisaje general y ramas de olmo de montaña Ulmus glabra

      El ambiente general es el de robledal, al menos en estos fondos de valles y prados de siega, el resto del monte, lleno de vericuetos y cortados rocosos, es el dominio del pino resinero, aunque dada la intrincada topografía del terreno que reparte multitud de ambientes, desde más expuestos a más protegidos, aparecen también otras especies como robles dispersos, algunas encinas, pero sobre todo, enebros en los asomos rocosos y en lo más umbrío o protegido del calor, algunos tejos, incluso puntualmente aparece algún pino cascalbo, el pretérito poblador de muchas de estas laderas lluviosas, el cada vez menos común Pinus nigra.

El blanco fuste de un pino cascalbo, Pinus nigra, entre el pinar de Pinus pinaster

      A pesar de hablar de ese ambiente de robledal, ancestralmente estas tierras rudamente trabajables, fueron buenos castañares, aún hoy lo siguen siendo a duras penas, a pesar de la debacle de los grandes castaños que más que su verdor, muestran su agónica lucha por sobrevivir. Incluso nunca había visto un castaño convertido en gigantesca escoba de brujas, fenómeno algo más común en los Pinus pinaster, pero muy infrecuente en castaño, si es que acaso se trata de la misma enfermedad.

Todo el centro del castaño es una maraña de ramas menores, una "escoba de brujas"

      La subida fue muy disfrutona, pues en estos momentos de finales de mayo, por abajo ya está todo en avanzado proceso de achicharramiento, pero al subir aquí, es como un retraso de mes y medio en el tiempo, aquí está todo verde, en floración o sin haberla terminado. Los insectos y mariposas aparecen por todas partes, los olores también, incluso al final de la tarde, el viento catabático que viene de las cimas, trae el olor del piorno serrano floreciendo las alturas. De hecho hace poco hemos cambiado de piso bioclimático, ahora estamos en el supramediterráneo como nos recuerda la abundante presencia del vallico, la gramínea Festuca elegans.

Silene nutans y bella mariposa Euphydryas aurina

      El piorno, como llaman a los de arriba (Cytisus oromediterraneus, Genista cinerascens y Echinospartum barnadesii) o las escobas, como llaman a las de abajo (Genista florida, Cytisus scoparius, Adenocarpus hispanicus, Cytisus multiflorus y Cytisus striatus) son, con permiso de jaras y enebros, los verdaderos reyes de estos montes. No en vano, la península ibérica es el centro de dispersión mundial de este grupo vegetal de las Genisteas. Estas escobas me proporcionaron un extraño encuentro al dar con un raro híbrido de un bello color amarillo pálido, un color intermedio entre uno de los padres, supongo que el amarillísimo Cytisus scoparius (me sugirieron que más probable Cytisus striatus) y el blanco Cytisus multiflorus, ambos presentes en su inmediata vecindad, a ver qué resuelven sus frutos, si vuelvo por aquí de nuevo.

Mesto de Cytisus con otros congéneres más amarillos (o grises) en su vecindad

      Llegamos a un pequeño rellano de fondo de valle, en donde llama la atención los numerosos bloques redondeados, blancos como balones de fútbol de todos los tamaños que se desparraman por lo que antes era un seco pastizal-tomillar con algunas escobas. No solo aparece ese desparramo, sino lo que debería ser un arroyo lateral, ahora está sobre-excavado en el terreno, mostrando un profundo corte en el que se pueden apreciar, estratificada, la historia erosiva de ese depósito, con sus periodos de mayor capacidad erosiva, visible por los grandes bloques redondeados o, sus fases más tranquilas de capas de finos sin grandes bloques. Una historia de avenidas torrenciales y periodos de calma contenidos en esa terraza torrencial que ha sido excavada y dejada en resalte por el caudal principal de la garganta de Las Torres que viene del puerto.

Antigua terraza torrencial diseccionada por la cicatriz erosiva del debris

      A partir de ahí todo es asombro, el debris, la destrucción, viene precisamente de esa “garganta de los Tejos”; el paisaje antes conocido, ahora me es ajeno. Ahí yo conocía un lugar de difícil paso, con pequeñas cascadas llenas de vegetación y cortinas de agua chorreantes, rodeadas de una fragante vegetación norteña que ahora, brilla por su ausencia. Echamos de menos algún tejo y sobre todo, los numerosos saúcos y los macizos de helechos que tapizaban las laderas. Ahora todo está removido y al pasar todo se mueve, incluso en una repisa en medio del cauce, hay un bloque de unas dimensiones gigantescas que antes no estaba ahí.

Bajo este bloque, antes lo que había, ahora inimaginable, era esto:

      Vemos los tejos y nos alegramos de que sigan, pero no, no están todos, vemos sus inconfundibles troncos tirados, otro tejo ha quedado con la mitad de sus raíces al aire y en posición francamente inestable. Yo diría que se va a ir descalzando y muriendo. Un acebo se ha salvado por los pelos. Descubrimos un pequeño macizo de la llamativa Aquilegia, de todas las plantas, solo vemos una flor medio pasada, parece que los corzos han hecho leña del árbol caído y han contribuído a la pérdida de biodiversidad comiéndoselas.

La única Aquilegia no mordisqueda y un tejo casi descalzado
Destrucción en lo que hasta hace poco fue un micro-paraíso botánico

      Desde un poco más arriba vemos la magnitud y la explicación del fenómeno. El debris venía por una pequeña gargantilla lateral a ésta y al dar con ella, por inercia remontó unos veinte metros ladera arriba para luego volver a encauzarse en el cauce principal. Ladera ésta en umbría, donde estaban los tejos y esas otras especies, llevándose bastantes por delante, dejando un límite neto con el monte. De ahí fue bajando atropelladamente los empinados escalones rocosos hasta llegar al rellano torrencial de abajo, para poco más allá, llegar al cauce principal, desparramando grandes bloques por sus laterales y desaparecer en ese continuo lavado fluvial.

Pino casi desmontado y borde superior de la "remontada" del debris al enlazar este vallejo
Este remonte del debris era así hace un año (tercio inferior con el tejo medio afectado):


      No es un fenómeno raro en Gredos, hay unos debris flow casi alpinos, relacionados con la deglaciación de la montaña. Los debris flow suelen partir de morrenas colgadas a bastante altura que dejan cicatrices visibles a grandes distancias, pero hay otros, menos comunes, en estas laderas tan lluviosas de la cara sur. El suelo retiene mucha agua formándoes arcillas con el granito arenizado que, con el tiempo, no solo retienen agua, sino que generan superficies de deslizamiento bajo ellas, inestabilizando las laderas y creando posibles superficies de despegue.

Lóbulo final de un debris en Gavilanes tras el gran incendio (casi repetido) de hace 15 años

     Ahora solo falta un ingrediente que puede ser: el paso del tiempo para que la acumulación de arcillas haga que en las épocas más lluviosas, ese trozo de ladera, pese lo bastante como para deslizar abruptamente o, lo más común, que ocurra un incendio (1) forestal (2) que haga perder, la protección que brinda a las laderas, la contención del suelo por parte de las raíces de árboles y arbustos y se desencadene este destructivo proceso.

Entre tanta Digitalis (D. purpurea y D. thapsi) unas matas de Linaria nivea, abajo sus flores
Linaria nivea y Digitalis purpurea, fin del texto, Digitalis thapsi

      A pesar de la destrucción, esta vez natural, no me llevo el demasiado habitual berrinche de ver la mano de mis congéneres destrozando lo que es de disfrute colectivo, es más, incluso me llevo la lección, de cómo la naturaleza hace por restañar rápidamente las heridas causadas, de cómo al poco del desastre, un ejército de plantas adaptadas a esos medios alterados, conquista todo el espacio disponible, para cubrir como una verde tirita, la herida producida por este geológico altercado. Aquí muestran su eficacia especies como las dedaleras Digitalis purpurea en lo más fresco y Digitalis thapsi en lo más térmico, las linarias Linaria nívea, Artemisia glutinosa, Sclerantus annus, Leucanthemopsis pallida, etc.

      

viernes, 30 de abril de 2021

La Belleza de los Espartales del Interior Peninsular

 


      Los espartales son el paradigma de las fases más regresivas de la vegetación española, teóricamente están a un paso de la siguiente y última fase que ya prácticamente es lo desértico. Para cualquiera, estamos en lo que viene siendo un secarral, algo que, en la escala de valoración de los paisajes españoles, andaría por las zonas más bajas, si no en la que más.

     Estamos casi totalmente desapegados de nuestra historia, de nuestro terruño, de nuestros antepasados, pero aceptamos de buen grado los paraísos visuales o virtuales que nos ofrecen los medios de comunicación, las agencias de viajes e incluso nuestros propios colegios e instituciones educativas, sin preguntarnos si esa idílica imagen de una naturaleza de paisajes verdes, montañas boscosas y lagos centelleantes, se corresponden con nuestra realidad, con nuestra historia o con nuestra familia y orígenes.


      Un hecho nada desdeñable en nuestra actual manera de entender u opinar, es el de la uniformidad que se va imponiendo, por simple practicidad de mercados y dejadez de esta conformista sociedad. Unos usos y costumbres que se van igualando, unos disfrutes que van siendo los mismos, unas películas que son las mismas a uno y otro lado del océano, de cualquier océano.

Inusual combinación de formaciones arbóreas pre-climácicas y espartales

      Para colmo e inconsciente desprestigio de los espartales, casi todos tenemos las vacaciones al mismo tiempo, lo que ya no se centra en el verano, sino en un único mes. Yo mismo, que estoy seguro de disfrutar con gusto, las noches esteparias, los atardeceres o el inicio de las mañanas en un secarral de estos, firmaría pasar el verano a la sombra de un bosque y en la vecindad de un buen río para bañarme.

 

      Qué vamos a sentir en unas montañas frescas en verano que se parezca remotamente a introducirse en un paisaje de lomas erizadas de espartales, en plena canícula. No hay comparación veraniega, al llegar al mar o la montaña, casi lo hacemos con mayor gusto, al comparar ese mar o esa montaña con los secos espartales que hemos atravesado de camino.

      Pero sí, los espartales también se pueden disfrutar en verano, aunque son sin duda sus primaveras mucho más variadas y explosivas que los paisajes montanos a los que aludía, incluso el invierno, con sus bastos horizontes, fácilmente pueden ser más disfrutables que nuestras sierras en esa hibernación cerrada que se impone de diciembre a marzo. 

Espartales y albardinales tendidos por el peso de la nieve de Filomena

       Pero qué poca gente es capaz hoy de tener tiempo para perderse y disfrutar de las sucesivas primaveras florales que se suceden una a otra desde primeros de marzo a finales de mayo en unos paisajes que, con permiso de la agricultura, dominan grandes áreas del sureste y del interior peninsular, tanto en la depresión del Ebro como en el núcleo de las grandes mesetas ibéricas.


      Esta entrada viene oportunamente a recalcar el alto valor ecológico que poseen unos ecosistemas cada vez peor tratados por los medios que casi finalmente, son los que acaban imponiendo su machacona opinión y sus manipulables gustos en nuestras células grises. Casi todos tenemos la utópica idea, casi la necesidad, de “bosque” y parece que con unos cuantos pinos sin ninguna otra vida vegetal acompañante o con una área malamente ajardinada, ya nos satisfacen parcialmente esa necesidad en nuestro urbano campo visual. Pero no es así, solamente en biodiversidad, un espartal o cualquiera de los tomillares de estos “secarrales” puede multiplicar la artificial biodiversidad de esas plantaciones, ya sean de pinos, autóctonas o esos jardines sin alma que nos pretenden vender.


Algo así está ocurriendo en Madrid, donde nos están intentando colar un “Bosque Metropolitano” diseñado por ingenieros que piensan que parten de unos solares vacíos, de un espacio en blanco en un plano, cuando en realidad lo están haciendo sobre unos ecosistemas ricos, variados y en verdadero peligro como pastizales sobre arcillas, espartales, áreas salobres o la muy especial vegetación de los yesos madrileños, quizás rodeados de escombreras y de infraestructuras, pero ecosistemas únicos y naturales todavía. 


   La batalla entre los planes de quienes quieren hacer un artificial parque grande que sirva de atractivo o de lavado de cara a varias macro-operaciones urbanísticas, y los planes de quienes quieres proteger una naturaleza castiza, de suma importancia ecológica y en trance de desaparición que sirva de esparcimiento, educación y disfrute de los madrileños, está servida.


      Hablar de los espartales es poner en valor algo tan denostado como la estepa, el páramo, el secarral, pero ese concepto de “estepa” tiene su enjundia. Durante décadas existió una polémica científica respecto a las “estepas ibéricas”. A medidados del siglo XIX estuvo por nuestro solar hispano, Mauricio Willkomm que sentó el concepto de “estepas ibéricas” que perduraría durante generaciones. A partir de entonces, solo hubo ligeras correcciones a esta opinión, como la de Don Eduardo Reyes Prósper que publicó el magnífico libro de “Las Estepas de España y su Vegetación” de obligada lectura para quien quiera apreciar, cómo ha cambiado (a peor) el interior peninsular en un siglo.


Pero un discípulo suyo, otro científico no menos importante que el mismísimo Willkomm, aunque lamentable e indignamente minusvalorado académicamente en España, Emilio Huguet del Villar, fundador de la Geobotánica y la Edafología española, vino a poner las cosas en contexto y sentar en su obra “Avance geobotánico sobre la pretendida estepa central en España” que casi todas las llamadas estepas ibéricas no eran tales, sino el resultado de una lamentable relación del hombre con la naturaleza, a la que había se había esquilmado históricamente hasta dejarla en esa triste situación evolutiva, y veíamos estepas hogaño donde sin duda, debió haber bosques antaño; opinión definitiva, avalada posteriormente por Braun-Blanquet y Oriol de Bolós.


      Hablar de los espartales en toda su relativamente variada amplitud, es hablar de la estepa, concepto este que a grosso modo, todos tenemos claro, pero nos haría falta realmente un viaje o una cabalgada con los cosacos rusos para hacernos una idea más clara de su concepto biogeográfico y paisajístico. Concepto con dos variantes, la verdadera estepa, con una vegetación nunca arbolada, sino un océano de gramíneas, propia y generadora a la vez, de unos suelos muy específicos, los Chernozems, que se extienden de manera zonal ocupando una franja latitudinal, entre las boscosas taigas holárticas al norte y las sureñas áreas predesérticas. 

Espesa mezcla de especies graminoides (albardín, esparto y almorchín) y fruticosas (salvia, zamarrillas, etc.) en una formación esteparia genuinamente mediterránea

    Los bordes meridionales predesérticos de esa verdadera estepa ya tienen otra vegetación que, aparte de graminoide, ya se compone de bastantes especies fruticosas, con un fuerte matiz mediterráneo continental.


      De las dos variantes tenemos muestras en nuestro país, ambas nos llegaron desde la gran región biogeográfica irano-turaniana (desde Manchuria a Rumanía, entre el bosque boreal y los desiertos este-asiáticos y cordilleras pre-Himaláyicas). Una variante norteña, sarmática, muy minoritaria en España, siempre con carácter montano y continental que nos llegó por la vía norte, por los valles interiores secos de los Alpes, sur de Francia y que puede localizarse en el noreste y puntos del Sistema Ibérico. Por otro lado, y la dominante, la variante sur-mediterránea, ligada mucho más a la aridez que a la continentalidad que nos llegó por el suroeste asiático y norte de África en el mioceno-plioceno y en los posteriores periodos inter-glaciares.

Una formación de tomillo sapero Frankenia thymifolia, en la parte culminante de unos cerros y no en su peana, al revés del clásico modelo catenal que siempre lo sitúa en área basales

       La variante esteparia mediterránea es la dominante en media península, especies que una vez aquí han vicariado y se han convertido en otras para completar su adaptación, y probablemente, también hayan emigrado a su vez, de vuelta por esas regiones mencionadas, en un baile que muestra bastantes especies que aparecen en el solar hispano y luego sorpresivamente también en Turquía u oriente medio.


       En estos tiempos de viajes truncados por fronteras Covid, sin tirar de archivo, he querido mostrar la inusual belleza de paisajes manchegos esteparios del valle del Tajo, de la llamada Cuenca de Madrid. Paisajes extendidos por las áreas bajas de las provincias de Madrid, Guadalajara, Cuenca y Toledo. 


       Paisajes con un fuerte componente agrario que se adueña de casi todas las zonas llanas y que se interna linealmente por cualquier vallejo, independientemente de su tamaño y que está llevando a que casi sea imposible ver vallejos sobre yesos cuyo fondo esté sin labrar, lo que nos priva de unas catenas vegetales de verdadero interés paisajístico, botánico, faunístico, etc.

Esparto y dos jarillas muy adaptadas, una a los yesos Helianthemum squamatum y otra a la termicidad H. syriacum

      Llamo espartal a las formaciones vegetales dominadas por el esparto Macrhchloa tenacissima o Stipa tenacissima, pero con el, aparece en áreas bajas o algo salobres, el albardín o esparto fino Lygeum spartum o inclusa otras gramíneas formadoras de vegetación como el almorchín o junco negro Schoenus nigricans que ocupa taludes o cubetas con alguna mínima escorrentía y salinidad a un tiempo, en algunas localidades, francamente llamativa como se muestra en las fotos. También en otros puntos más secos o degradados son las pastizales de Elymus, Stipas varias y gramíneas vivaces de gran talla, las que forman vegetación, impidiendo con sus potentes sistemas radiculares una imparable erosión de los suelos.

Fenomenal talud contenido por las macollas del almorchín Shoenus nigricans

      Como he dicho, mezcladas con estas potentes y duras gramíneas, coexisten muchas especies fruticosas que dan una importante riqueza a este tipo de plantas adaptadas a la dureza de esos medios donde prosperan, especies como la bocha Lithodora fruticosa, la aliaga Genista scorpius, los tomillos, las zamarrillas (Teucrium capitatus, T. gnaphalodes y T. pseudochamaepytis)o las más duras de todas, las especies adaptadas a los suelos más desprotegidos o salobres, especies tan valiosas como Jurinea pinnata, el tomillo sapero Frankenia thymifolia y un largo etcétera enlugares donde el Teucrium pumillum y la Herniaria fruticulosa marcan la frontera entre lo vivo y lo geológico.

Poco común floración de Lithodora fruticosa, usualmente son así:

       Siempre he dicho que la red de Parques Nacionales está imcompleta y más aún si acudimos a la vocación de la mayor parte de nuestro territorio, pues hasta hace poco solo había en esta red fantásticos ecosistemas montañosos o grandes humedales; menos mal que hace relativamente poco entró nuestro dominante Monte Mediterráneo, con Cabañeros y Monfragüe.


     Para cuándo un Parque Nacional con espartales, saladares, lagunas temporales, vallejos gipsícolas, arenales. Para cuando un Parque Nacional genuinamente español, quizás sea demasiado tarde para encontrar lugares de importancia a ese nivel, aunque seguro, fácilmente recuperables, pero los intereses agrarios nacionales no toleran contestación alguna.


sábado, 30 de enero de 2021

La destrucción del arroyo de los Migueles. Los desarrollos urbanísticos del sureste madrileño (III)

 


    Sigue adelante la urbanización del escaso espacio sin enladrillar que aún queda  en los alrededores de Madrid. En una especie de horror vacui institucional, como si se tratase de los últimos espacios de una batalla de barquitos en un cuaderno, en busca de una aplastante y definitiva victoria de lo urbano sobre, sobre qué?, sobre lo silvestre, sobre lo natural, sobre lo no construído?. Lo de menos es que ese avance, ese “progreso”, sea a costa de los últimos espacios naturales, a costa del aire, el espacio, el horizonte mínimo vital que necesitamos las personas, aunque todavía no paguemos por ello o quizás, por eso mismo.


    De nuevo y lamentablemente otra entrada con la destrucción de una peculiar y rica área natural del contorno metropolitano madrileño, como vengo denunciando en estos meses de confinamiento. El sureste madrileño está dejando de tener campo a ojos vista, y lo triste es que probablemente sea para nada, la especulación no tiene piedad, los precios no han bajado o apenas lo han hecho, mientras sueldos y empleos si que bajan y seriamente.  ¿A quién va dedicada tanta construcción de pisos, de polígonos, de oficinas?. Me temo que a pocos, a quién puedan colárselos y cargarles de por vida con la hipoteca del pisito o a sobrados fondos de inversión.

Aunque queda mucho mejor con las amapolas en el publicitario


    He hablado hace poco del PAU (Plan de Actuación Urbanística) de Los Berrocales (Empezando Madrid), del desastre ecológico de los aledaños a Valdemingómez (en aras de un maravilloso Parque Metropolitano), me queda por escribir sobre Valdecarros y el arroyo de La Gavia, y ahora se ha colado, porque la maquinaria sigue acabando con todo, en el arroyo de Los Migueles, entre el barrio de Vicálvaro y Rivas Vaciamadrid.

El futuro que espera a parte del este de Madrid, si logran vender todas las motos

    Es triste comprobar como todo se cuece tan por encima de nuestras cabezas, en unas especulativas esferas, tres mundos por encima del común de los mortales, pero siempre pasando por encima de su cadáver, aunque el interfecto aún no se haya enterado. Aquí mismo, en el PAU de los Berrocales, tengo amigos que llevan años litigiando (pagando abogados religiosamente) para recuperar sus ahorros invertidos ahora hace más de doce años. No sé cómo se pueden manejar propiedades sin liquidar,  deudas sin saldar, alternándose su propiedad de manos de futbolistas empresarios a fondos de inversión americanos, etcétera, y mis amigos todavía alimentando bufetes para luchar por lo que pusieron en su día, por esos desvanecidos sueños de casa propia.

Aspecto del arroyo de los Migueles a primeros de año

    De nada ha servido un gobierno teóricamente contrario a la oligarquía económica madrileña que finalmente acabó autorizando la urbanización de esos terrenos (incluso en contra de su otra mitad de Ahora Madrid). En Madrid mandan los especuladores, los bancos y los contratistas de la construcción, este es su feudo. En descargo de ese breve periodo Carmena, señalar que toda la prensa se les echó encima, El País incluido, por intentar reducir la edificabilidad o poner límites a propuestas  descabelladas de un planeamiento urbanístico que ha salido adelante esquivando legalidades y normas urbanísticas que se han ido modificando y ajustando con calzador, para poder admitir pulpo como animal de compañía. Empujones interesados, zancadillas oportunas, artículos difamatorios, presiones mafiosas; todo un juego de tronos a la castiza en el tablero del monopoli cañí.


    La burbuja es un fenómeno, un proceso muy español y muy madrileño. La especulación urbanística dudo haya sido tan dura en ningún otro lugar de Europa, desde que se diera barra libre al señor ladrillo en los 60. Entonces existían unos (anti)premios europeos que se otorgaban a los mayores destrozos urbanos y que yo recuerde, casi siempre iban destinados a la piel de toro; Talavera y Sevilla coparon varias veces el pódium, entre otras ciudades que también fueron bellas, hasta que como pasara en Madrid, una o varias torres de Valencia destrozaran cualquier panorámica urbana.

Montañas artificiales de material removido cerca de los Migueles, detrás torres aisladas de El Cañaveral

     En Madrid se implantó un novedoso y rentable modelo de crecimiento en “coronas”, se hicieron grandes compras de terreno en forma de amplios anillos entorno a la ciudad central, pero se empezaba a construir en la parte más alejada, dibujando una corona exterior de barrios sucesivos. Esa construcción era rentable por sí sola, pero el truco realmente estaba en la alta revalorización de ese hueco que quedaba sin urbanizar entre esos nuevos barrios y el centro, obteniéndose unos beneficios mayores que si se hubiera seguido el clásico crecimiento en capas concéntricas sucesivas hacia el exterior.

La ermita de la Virgen de la Torre, lugar de culto y romerías, olvidada y arrinconada entre desmontes

    Por supuesto que la especulación inmobiliaria es una lacra social que daría para llenar cientos de páginas en nuestro baqueteado país, páginas de economía, de urbanismo o de socio-política (ver película Huevos de Oro, En Construcción, etc.). Pero donde voy yo, es al enorme deterioro ecológico que supone la especulación urbanística. No es la buena industria que da casa al que no la tiene, en su falaz argumento, igual que el de que hay que construir mucho más para que bajen los precios, pero sabemos todos, y la historia reciente no ha parado de confirmarlo, que no es así y que cada vez hay más desahucios y demasiada gente cuyo trabajo les llega, prácticamente, solo para poder pagar la hipoteca y alimentarse.

El sureste en construcción casi iguala a Madrid central, entre infraestructuras y áreas semi-naturales

    El precio ecológico que estamos pagando y que pagaremos durante años y generaciones es enorme y no somos conscientes de lo que hemos permitido con nuestra generalizada abstención, como si fuese un problema de otros en el que nada podemos hacer. Existe también una especie de vacío en el mundo ecologista, como que sí el urbanismo no ataca directamente a una zona protegida o a unos árboles singulares, no parece que haga demasiado daño, pero eso no es así.

Berrocales y al fondo el cerro Almodóvar con su fábrica de Tolsa (sepiolita)

    La peor de las desertizaciones es el cemento, la que más cuesta revertir. Es lo que ha venido ocurriendo en muchas de nuestras ciudades situadas al borde de huertas o fértiles campiñas, que el crecimiento urbano ha ido por las mismas huertas y no por sus bordes; no como se ha venido haciendo desde hace siglos, preservando lo más valioso, lo que nos da de comer. Dentro de varias décadas, podremos comernos todos los ladrillos con cemento que queramos, porque habremos construido sobre lo que fueron nuestros terrenos más fértiles, dilapidando la mejor parte nuestro futuro alimentario.

Tanque de tormentas en el tramo medio del arroyo y prados entre Rivas, la A-3 y la cañada real

    Cuando veo el Tour de Francia o los paisajes de bastantes países europeos, no tengo por menos que tragarme la envidia, al ver los paisajes rurales, pues  da igual norte o sur, zona turística o agrícola, todos los entornos de los pueblos son de fábula. Es lo que se viene llamando Ordenación del Territorio, algo que, aunque transpuesto a España, no parece haber valido de mucho en este país o acaso, estaríamos aún peor.


    El error español, en mi opinión, fue que la constitución del 78, delimitó relativamente bien la gestión, ámbito, financiación y competencias de la administración estatal y autonómica, pero se le escapó por las costuras la administración municipal, dejando un espacio vacío y en conflicto de competencias, donde la especulación, la picaresca y la mala fe han campado a sus anchas, para malcrianza de conciencias, dilapidación de caudales y la pérdida de gran parte de la riqueza natural española. Ahí queda para el futuro, la figura del sobornable Concejal de Urbanismo. Este error, la intensificación agraria por un lado y el abandono rural por el otro, han sido para mí, los grandes verdugos de la naturaleza española perdida.

Todo este gran hueco sin construir, lo está dejando de ser por momentos

    La extendida idea de que al borde de las ciudades se construye generalmente sobre terrenos desprovistos de valor ecológico es totalmente errónea y  en Madrid parece que lo que no sea El Pardo o la Casa de Campo, no pueda tener valor alguno, y nada más lejos de la realidad y más si miramos hacia el sureste madrileño, donde existe todo una gama de vegetación, única y en peligro, ausente de las otras áreas madrileñas, como apunto en entradas anteriores.

Macizo del raro cardo Sylibum eburneum y la termófila alcaparra al borde del arroyo de Los Migueles

 Esta poco conocida vegetación, lamentablemente es aún más desconocida para quienes velan por la protección del medio ambiente madrileño, y no me estoy refiriendo a la gente aficionada, como yo, sino a las autoridades medioambientales de nuestra comunidad y ayuntamiento, autoridades que ya en demasiadas ocasiones, pese a gobernar un territorio bastante pequeño y manejable o, al menos, reconocible, han realizado absurdas barbaridades o no han visto ni querido ver, lo que debían vigilar y proteger. Baste leer anteriores entradas de este blog o las numerosas denuncias realizadas por los grupos ecologistas madrileños, en todos los entornos de la capital o comunidad; aunque también es muy posible que se encuentren poderosamente presionados.


    El dinero, el capital nacional y el internacional, está centrándose en torno a la capital madrileña, en detrimento de una población que tiene que sufrir su gentrificación y sus precios de mercado libre. Lástima de un mayor despegue de Barcelona, Valencia, Sevilla, Zaragoza y demás grandes ciudades, cada día más periféricas a su pesar; mayor lástima aún, de un despegue de las pequeñas y medianas ciudades de toda nuestra vaciada geografía, como núcleos dinamizadores del magnífico y perfectamente “vivible” y disfrutable espacio rural. Madrid bien podría morir de gigantismo, incluso de sed, a pesar de haber absorbido los ríos de una amplia geografía ya extra-comunitaria. Ante tamaño consumo, cuando venga una buena sequía, supongo que le pedirán al estado, tuberías adicionales para saciar esa desmesura de todo punto insostenible.

Hace un par de semanas esto era un juncal lleno de tarajes, con el nacedero de abajo

    El gran capital, nacional o foráneo, ha visto la tendencia casi reciente, ha visto a los relajados rentistas españoles y esa atinada legislación que les protege y ha visto su oportunidad, aunque nada haga presagiar que volverán los tiempos del ladrillo, ni que la gente tenga dinero suficiente para pagar una casa, tal y como están los precios; pero seguirán apostando, invirtiendo en terrenos, casas, oficinas. También, si se conociera la estrecha relación entre el muy independiente ámbito judicial y el acaparamiento de propiedades, vía subastas judiciales, administraciones concursales, información privilegiada, etc., y su rol en la especulación urbanística, se entendería mejor cómo pueden salir adelante leyes que blindan a propietarios, que permiten desalojos abusivos o que dan alas y cobertura a desarrollos urbanísticos kafkianos, toreando o haciendo trajes a medida con las normativas urbanísticas previas.

Enorme necrópolis visigoda en un área llena de silos y su posible ciudad perdida. ¿Cómo se ha podido permitir su destrozo?. Ahora yace bajo dos metros de escombro y pronto bajo edificios

    Esto con respecto al destrozo ecológico de esta área, pero también han sido muy capaces de dejar sin suministro eléctrico durante meses, incluso en plena nevada y la peor ola de frío, a los más desfavorecidos de todo Madrid. Simple y llanamente porque estorban la futura venta de las promociones urbanísticas que se están alzando a su alrededor. Que nadie se crea ningún otro razonamiento que no sea este, la Cañada Real estorba los desarrollos urbanísticos del sureste madrileño y en estos momentos en que se trata de “colocar” estas promociones. Por favor, ver "Anexo Gráfico Cañada Real" al final de esta entrada.

Antes y después

    Las burbujas tienen la facultad de no asomar hasta que llegan tumultuosas a romper la plácida superficie, indicando que el fondo de esa oscura charca está totalmente podrido. Y si la operación fracasa, entonces el estado les lanzará algún salvavidas que, obviamente nos quitarán precisamente a los que sufrimos sus abusos, caso de que las cosas no salgan como tienen previstas.

Antes y después

    ¿Por qué esta nueva diatriba, tras la rabieta de mis últimas entradas sobre Valdemingómez y sobre el Plan de Actuación Urbanística de Los Berrocales? Pues porque a mediados de noviembre han hecho desaparecer el magnífico arroyo de los Migueles, entre Vicálvaro (ermita de la Virgen de la Torre) y Rivas. Ya se había destrozado su lado oriental, el PAU de Los Ahijones y su lado occidental, el PAU de Los Berrocales, pero el arroyo con los años de abandono, había recuperado una vegetación única de todo punto de vista. Pero yo aún tenía la vaga esperanza de que este corredor fluvial, sería tenido en cuenta y “relativamente” conservado, como zona verde, para dar función al arroyo como desagüe superficial y como corredor ecológico, entre el Parque del Sureste y el cerro de Almodóvar.

Zona con nacederos antes de ser barrida del mapa

    Llevaba tantos años recuperándose, desde el abandono agrario en los años 80 y la construcción del metro a Arganda paralelo a su cauce que prácticamente lo había logrado, recuperando poblaciones de plantas casi extinguidas en Madrid y con un amplio cauce era un hervidero de vida, tanto vegetal como animal, con una vieja zanja-drenaje muy colmatada y contoneada por un cauce verdaderamente renaturalizado.

Parte central del arroyo de los Migueles, con una alberca donde un día encontré un corzo ahogado

    Lo dominante en el ahora defenestrado arroyo eran los grandes juncales churreros, con bosquetes  de tarayales y tramos de grandes zarzales. El juncal tenía una vegetación muy completa, incluso con una buena población del rarísimo lirio Iris spuria, actual Chamaeiris reichenbachiana. En su parte externa descubrimos una población del rarísimo Teucrium spinosum y al pie de las laderas era común Malvella sherardiana, en la lista roja española por su peligro de extinción.

Malvella sherardiana, la malva más rara de la península en el lugar donde más abunda, los Berrocales
Schoenoplectus glaucus, un raro junco en un lugar impensable

    En las áreas más húmedas, la presencia del alto junco Schoenoplectus glaucus junto con una buena gama de juncáceas salinas, al igual que otras especies como Blackstonia perfoliata, Samolus valerandi, Centaurium tenuiflorum, Senecio maritimus, etc., también las grandes flores de las Lavatera triloba, con sus inseparables escarabajos avispa en su interior, malvaviscos Althaea officinalis, incluso esparragueras de Asparagus officinalis.

Flor de Lavatera triloba y su hospedante el escarabajo avispa y Hoplia chlorophana en los Migueles

    Por supuesto, como zona alterada, grandes cantidades de cardos, cerrajas, viboreras, cicutas, etc., pero todo, poco a poco, acercándose a un buen estado ecológico y a las puertas de Madrid, a las puertas de los bulldozers de los que proyectan nuestros futuros, responsables de la naturaleza que se nos fue y se nos sigue yendo sin que tengamos conciencia de todo lo que estamos perdiendo.

Una de las muy escasas poblaciones de Iris spuria en Madrid o la península

Una toponimia perdida:

    Abajo de la ermita de la Virgen de la Torre, se reúnen dos vallejos para formar el de Los Migueles, son el de la Marañosa que viene del cerro Peñuelas, también llamado del Espinillo o los Castillejos, y el de los Ahijones, cercano a la lagunilla temporal de las Estevillas. Más abajo está la zona de Junco Redondo no muy lejos del despoblado de La Fortuna, y en la reunión de los arroyos, en la ladera este, la cueva del Vaquero, nombre que nos habla de pastos que debieron ser abundantes y buenos, pues Los Migueles tuvo el gráfico nombre de arroyo de Los Prados. Entre el arroyo de Los Ahijones y la Cañada Real Galiana, el cerro del Tesoro (quizás por hallazgos relacionados con la vecina mayor necrópolis visigoda de Europa); la colada de Las Peñuelas o de Las Cabras y el Camino Viejo de Vicálvaro a Arganda que iba por su margen derecho. En fin, geografía histórica que no de ficción; por cierto, Los Migueles fueron unos célebres bandoleros que habitaban una de las numerosas cuevas de este yesar, dedicándose a cosechar carteras y enseres de los viajeros de la cercana carretera de Valencia.




   El arroyo de los Migueles todavía tiene un interesante y atribulado recorrido hasta desembocar en el Manzanares ya cercano al Jarama y todavía, tiene más cosas que contar en este blog. El futuro no lo han arrasado aún estos aprendices de diseño urbano.

(Muchas gracias a Rubén de Pablo y a Emilio Blanco por varias de las mejores fotos de esta entrada)

Anexo Gráfico Cañada:

Un par de fotos, tomadas del único Diario que ha querido ver lo que está pasando con la Cañada Real, igual que yo he visto barricadas de neumáticos ardiendo en las rotondas, cuando Madrid y casi todos los medios lo ignoraban o miraban para otro lado.

Antidisturbios vigilando y abrigadas mujeres de manifestación







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