domingo, 31 de mayo de 2026

Las flores del hayedo. Antes que las sombras oscurezcan su cielo

 


Los bosques del norte ibérico, representados mayormente por los hayedos, son el claro ejemplo de bosque atlántico o medio-europeo, pero tras la imagen veraniega de un espeso y continuo dosel arbóreo, subyace un estrato arbustivo apenas reseñable y un especial sustrato herbáceo que en los momentos del final del invierno y antes del crecimiento abusivo de la verde hojarasca, tiene su momento de gloria y esplendor.

Con la nieve cayendo al fondo, los bordes del prado se llenan de primaveras

    Esa pobreza en especies arbustivas y herbáceas no solo tiene que ver con la terrible sombra a la que deberían adaptarse, también deben competir con unas raíces arbóreas que copan el sustrato arbóreo con un cepellón de raicillas capilares dispuestas a captar la humedad y los nutrientes del compostaje de la hojarasca. Son las especies llamadas nemorales, adaptadas o tolerantes con todas estas limitaciones.

Esta enorme haya parece más un bosque en miniatura que un solo árbol

     Aunque pueda parecer lo contrario, tal explosión de vida arbórea acarrea una biodiversidad muy inferior a la que pueda aparecer en un encinar celtibérico o en unos yesares del Tajo. Existe mucha biomasa y muy verde, pero solo un puñado de especies se disputan esa biodiversidad, siendo el haya, la especie dominante en un 98% o más de toda la biomasa vegetal.

El hayedo domina casi la totalidad de los altos valles cantábricos

Pocas veces he estado en esos bosques cantábricos, pirenaicos o cuasi norteños, que no haya sido en el verano o en el otoño, por eso hace un par de meses disfruté lo mío por esas cantábricas latitudes. Ya me han dicho varias personas de por allí, de los pueblos de montaña, que para ellos el momento más especial del hayedo, no era el del colorido otoño que tanto y tan bien se vende en las imágenes de las redes sociales, sino el inicio, las primeras hojas, casi iluminadas, señalando con su brillante novedad, el alcance y los bordes de árboles y bosques. Casi llego, pero aún faltaban un par de semanas para ese momento, otra vez será.

Es el momento de cerezos y endrinos

He llegado en el momento en que las plantas herbáceas disponen de un breve periodo, entre los últimos fríos del invierno y la oscura sombra recién formada del hayedo en su nuevo traje verde primaveral. Es el momento de la floración de los geófitos, bien bulbosos o bien rizomatosos y de otros hemicriptófitos (plantas vivaces, pero sin órganos aéreos en invierno). Es un buen momento para muchas floraciones de plantas que solo se pueden reconocer ahora, muchas veces irreconocibles el resto del año a no ser para gente ya bastante experta.

Solo al final del invierno puedes ver en las Anemona nemorosa, abajo Scilla hyacinthoides

Tampoco, dada las previsiones meteorológicas, no es mal momento para encontrar algunas flores asomando entre la nieve, aunque con suerte, no ha sido tanta como para imposibilitar las excursiones o tapar las plantas, pero, como una espada de damocles, ha estado amenazando varias veces las rutas, a veces truncadas, no por la nieve, sino por la efusión líquida de potentes deshielos que dejaban impracticables algunos caminos.



Plantas que no conocía, como algún narciso, o plantas que sí conocía, pero solo con su veraniega ausencia de flores, han pasado ante mi cámara, que como es habitual, no da para meter tanta belleza en su rectangular mirilla.

Diente de perro y narciso entre la nieve

      Belleza, como la de las desbordantes hordas de primaveras (Primula veris y P. elatior con varias subespecies). Qué nombre más bien puesto y qué alegría contagian al ambiente en torno a pueblos, bordes de prados y caminos. De un tipo o de otro, son las protagonistas más abundantes de mis paseos.

Primula elatior subsp. intricata y P. veris subsp. columnae o algún híbrido

También, en los bordes de los bosques y vecindad de prados o sus vallados, son los cerezos y endrinos, los otros grandes protagonistas. Solo en este momento, es fácil apreciar de un solo vistazo, la abundancia de estos generosos árboles y arbustos que abastecen a la fauna local. Otros como los sauces, ahora llamativos, no son ni tan llamativos ni tan alimenticios.

Los sauces también reclaman la atención del paseante
No es una flor de la montaña, pero en sus áreas más térmicas puede aparecer el Himantoglossum

Solo en las áreas más bajas y térmicas de los bordes de los hayedos, encuentro una planta ahora, que en la meseta he dejado de ver hace más de un mes, la orquídea gigante, el Himantoglossum robertianum, acompañado a veces por otra como la Orchis mascula. También en los bordes del hayedo, en las rocas, aparecen otras flores incipientes que durarán aún varias semanas, las azuladas Globularia nudicaulis o alguna Petrocoptis pyrenaica.

Globularia nudicaulis y abajo, Petrocoptis pyrenaica
Abajo el enorme helecho Woodwardia radicans, en áreas sin apenas heladas

Ya empiezan a desarrollarse, los báculos expansibles de varios tipos de helechos, de los que llego a ver las enormes hojas de alguna Woodwardia radicans. En esos parajes, incluso ahora bastante sombreados, y eso que no han salido las hojas de los árboles, veo masas de ajos, de hojas de ajos entre los que asoman algunas pequeñas flores, me sorprende el ajo de oso, el Allium ursinum, con sus grandes y numerosas hojas con sus pequeñas flores entre ellas.

El norteño ajo de oso Allium ursinum
Narcissus triandrus subsp. triandrus

El festival de narcisos es importante, y eso que apenas han empezado los grandes narcisos trompeteros, de los que por aquí hay varios tipos que me costaría diferenciar, voy tras el N. poeticus, pero me parece que el trompetero que encuentro es el N. pseudonarcissus. Tipo trompetero, pero enanizado y creciento entre piornos o brezales, veo por primera vez el Narcissus minor, que hace verdadero honor a su nombre. También veo las claras diferencias de los narcisos pálidos, el Narcissus triandrus subsp. triandrus que es el norteño, mayor y con más hojas, frente al sureño N. triandrus subsp. pallidulus.

Mi sorpresa al comprobar el pequeño tamaño de los Narcissus minor

Continuando con las flores bulbosas, aparecen cubriendo buenos retales de suelo las fragantes hojas de las escilas o jacintos de bosque, la Scilla lilio-hyacinthus, solo empezando a florecer, pero tiene que ser un espectáculo en plena floración diez días más tarde. O también el diente de perro, el Erythronium dens-canis, con sus grandes flores rojizas y sus hojas punteadas de negro. También bajo las hayas aparecen las bellas hojas y blancas flores de las anémonas, la Anemona nemorosa, aunque un amigo me señala que también, aunque pocas veces, aparece la rara A. pavoniana.

La extraña flor del diente de perro. Abajo un atadillo de brujas

La anunciada lluvia y nieve, se hace de rogar y afortunadamente nos permite ver el bosque y parte de los picos en algunas buenas ocasiones, apareciendo un día muy distinto al amanecido con nieve y al atardecido con orballus y borrinas. Siempre hay que agradecerlo y más contra corriente o contra previsión de meteo. Tampoco el frío impide apretar el disparador de la cámara. El bosque, ahora solo nevado en las sombras, me permite jugar con sus texturas, su hojarasca o con el verdor incipiente de las nuevas hierbas.





En áreas de alta humedad, pero sobre todo, de alta pureza ambiental, como es la cercanía del límite forestal, del timberline sajón o el alemán krummholz, donde la limpieza del aire nos lleva casi a la embriaguez, puedo comprobar la holgada existencia de barbas de viejo Usnea barbata, esos largos líquenes que ya han dejado de existir en montañas ya en ambientes más contaminados, aunque en apariencia no sea así, como ocurre en el Guadarrama, de donde se conservan pliegos de herbario con líquenes de más de medio metro y que hoy en día brillan por su ausencia o enrarecimiento, debido a su vecindad con Madrid o con la urbanización serrana.




  Un refrescante viaje, y más viéndolo desde la distancia que impone la madrugadora ola de calor de este final de mayo de 2026 y que me hace valorar esos ecosistemas que, en un país como el nuestro, tendríamos que cuidar como si nos fuese la vida en ello, pues son reservas de agua, reservas de frescor, reservas de biodiversidad, para capear los ariscos tiempos que al parecer tenemos por delante.

Acebos casi supraforestales comidos en sus bases por los herbívoros

    Nunca ha quedado tan claro que tenemos, no la obligación, sino el deber de mimar nuestra naturaleza, a todas las escalas para que podamos ser más resistentes y que ella nos pueda echar una mano para lograr una supervivencia digna, tanto nuestra, como de todo el mundo vivo que nos rodea. Queda mucho por hacer. 
    



jueves, 30 de abril de 2026

El Incendio de Sotomayor en Aranjuez. De nuevo el pítano en peligro


      El pasado verano estuve por los cerros al sur del Tajo y al este de Aranjuez, disfrutando de sus estupendos cerros yesíferos y de la vegetación que los conforma. Una de las peculiaridades de estos cerros en cuestión es la presencia de una de las mayores plantas propias de terrenos margo-yesíferos, el endemismo hispano-magrebí Vella pseudocytisus, más conocido en la región como “pítano”. Esta planta, prodigio de adaptaciones fisiológicas para poder competir en un medio tan duro como el aljezar (el yesar), es una joya botánica de unos pocos enclaves del sur de Madrid y centro-norte de Castilla la Mancha.

Explosión de gamones en esta primavera posterior al incendio

      Este género es hispano-magrebí, teniendo varias subespecies, la típica es manchega y de las hoyas granadinas, habiendo desaparecido de Almería; luego está la subrespecie paui del centro y sur de Aragón. Pertenece a la familia de las crucíferas que tiene muy escasas plantas perennes, como ésta, el género Boleum en la depresión del Ebro y el género Euzomodendrón en Almería. También el género Vella tiene dos especies más aparte del pítano, Vella lucentina de los alrededores de Alicante y Vella spinosa en las sierras subbéticas.

Esqueleto de pítano delante del osario de retamas posterior, abajo un superviviente

      Ya hace unos años advertí del peligro que corrían los pítanos madrileños por un proyecto hípico de gran envergadura que iba a afectar a la finca de Sotomayor, único lugar madrileño donde se encuentran los pítanos. Desde entonces probablemente su población se haya expandido ligeramente. El año pasado tuve le oportunidad de verlos y comprobar su buen estado de salud, pero desgraciadamente, en medio del verano, un gran incendio, casi impensable por tratarse de este tipo de medios yesíferos con escasa cobertura vegetal, acabó con la mayor parte de la población de esta especie tan importante.

Con sus negras ramas se puede apreciar el pitanar que existía aquí solo hace unos meses

      El incendio, como de costumbre en los noticieros de la corte, pasó casi inadvertido como un incendio “de pastos”, que es como se refieren normalmente a cuando se quema algo que no es un bosque “verdadero”. Nadie habló del pítano y sí mucho de los medios logísticos empleados en una extinción que no pudo evitar el desastre biológico. Más triste todavía para los arancetanos, habiendo tenido lugar dos años antes, también en Aranjuez un poderoso incendio “de pastos” que se llevó por delante gran parte de la Reserva Natural del Regajal y Mar de Ontígola, con sus instalaciones y mariposario (una de la creación de esta reserva fue la abundancia de lepidópteros en peligro de extinción), instalaciones que al parecer, han desaparecido para siempre sin visos de reponerse.

Antes y después del incendio del Regajal-Mar de Ontígola también en lo mejor de Aranjuez

      Solo hace un mes volví a pasar por esta área de nuevo, después de aquel momento tan lleno de vida y de especies poco comunes en el centro ibérico. Ahora las laderas aparecían descarnadas, las muestras de erosión claras, incluso con algún desprendimiento en algún cantil o en los taludes de la Hoya del Moro, debido a las copiosas lluvias de este final de invierno. 

Área incendiada de Sotomayor, arriba casa de la Monta. Abajo erosión torrencial

      El cambio vegetal era total, había desaparecido todo lo leñoso (retamas, almendros, pítanos) y las macollas de los espartos, mostraban solo sus bases carbonizadas y apenas reteniendo un suelo que prácticamente se habían llevado las aguas de la escorrentía. El suelo tiene una tonalidad desvaída que me recuerda que me faltan los numerosos líquenes que cubren estos suelos. Veo solo algún asomo de vida con la brotación de alguna Reseda, alguna Centaurea hyssopifolia o algunas anualitas.

El endemismo manchego Reseda suffruticosa brotando en medio del desastre

      Que cerca de lo desértico estamos, pero la vida se abre paso, lenta, muy lenta, pero poco a poco, aquí más lento aún que en otros ecosistemas quemados, entre tanto pítano quemado, fácilmente reconocibles por sus esqueletos ennegrecidos, veo alguno del que despuntan brotes floridos de sus pies, eso me anima. También me anima el saber lo fácil que es reproducir o trasplantar esta planta en este tipo de medios, aunque sé que no se va a presupuestar una recuperación tan lógica como ecológica, puesto que estamos en Madrid y aquí al dinero le salen muchos y buenos novios, y no se va a emplear en recuperar un medioambiente que nos da la salud a todos, cuando cunde mucho más si solo llega a unos pocos bolsillos.

Valle despojado de su tarayal con laderas casi desertificadas

      Afortunadamente no todo es desastre, se ven rebrotar bastantes de las especies quemadas, como almendros, retamas y cierto porcentaje de pítanos, pero se ven muchos más calcinados que renovándose. También, con menos competencia, los geófitos han rebrotado con fuerza, al igual que las esparragueras, pero son especialmente abundantes, quizás demasiado, los gamones Asphodelus ramosus, el alhelí triste Dipcadi serotinum, los nazarenos Muscari comosum, e incluso encuentro algún escaso ejemplar de azafrán amarillo Sternbergia colchiciflora.

El gamón, ya abundante antes del incendio, tras el mismo queda solitario

      Tras el incendio también explotan las plantas nitrófilas por el temporal exceso de nutrientes de los suelos, y aquí, es típica, aunque poco conocida la presencia y abundancia de palomillas Platycapnos spicata o también las fumarias, a parte de los antes mencionados gamones.

Las ahora abundantes palomillas Platycapnos spicata, abajo en la base en masa

      Hay quien dice que la naturaleza mediterránea está preparada para la acometida de los incendios, pero no es tal, que pueda resistir y no desaparecer la vegetación por completo, no significa que esa vegetación esté preparada para el fuego, de hecho, un incendio es un desastre, una pérdida de biodiversidad y también de suelo fértil, algo muy escaso y valioso en estos suelos yesíferos, lo que a la larga y más en este tipo de suelos, hace que la recuperación sea mucho más lenta que en cualquier otro tipo de suelos y casi siempre con la pérdida de algún miembro de esa biodiversidad biológica.

Biodiversa ladera con espartal-pitanar-jabunal, una vegetación de los yesos casi ideal

      Normalmente en los yesares, apenas tienen incidencia los incendios, siempre son muy puntuales y de difícil progresión, dada la escasa cobertura vegetal que los coloniza, con claros de costras de líquenes o yesos, con pies bastante aislados y separados de jabunas, jarillas de escamas, lepidios o centáureas, pero la primavera del año pasado fue francamente lluviosa y todo fue rellenado por bastante vegetación anual que permitió al fuego propagarse rápidamente, mucho más rápido que la acción de brigadas y maquinaria dedicadas a su extinción.

La anualita Chaenorhinum reyesii, y abajo un superviviente, el raro azafrán amarillo

Estamos en la comunidad más rica, en la más habitada y en la que queda un menor porcentaje de terreno salvaje o, al menos, no urbano, con una supuestamente buena dotación de medios y vigilancia. Pero parece que para las autoridades administrativas, lo verde, lo natural, lo biodiverso, es el bosque, y mayormente el bosque serrano, concretamente los pinares o robledales de nuestras montañas del norte de la región. El sur, se trata de otra manera, se vigila de otra manera y, en caso de incendio, se actúa de otra manera. Eso parece deducirse de la grave incidencia de los incendios en el Madrid del sur y del este. Aquí no hay bosques (aunque haya unos extensos encinares y quejigares), para las autoridades lo que hay son secarrales, pastos sin importancia, cuando la realidad es que aquí se atesora una biodiversidad, sin paliativos, mucho mayor que la serrana, sin menosprecio de sus valores naturales.

Antes y después de un vallejo en la Hoya del Moro en Sotomayor

Estoy más que harto de que se tarde en actuar ante cualquier brote, como si esos pastos, arbustedas o encinares tuviesen menos valor que un pinar serrano. Es una muestra del menosprecio, la poca estima a una naturaleza que es la que tenemos más cercana los madrileños y que es la que más debiéramos conocer y frecuentar. Pero cuando uno ve que estos lugares van desapareciendo, pasito a pasito, y que a nadie parece importarle, clama al cielo.

Los geófitos o bulbosas, como los ajos (Allium roseum) apenas han sufrido el fuego

Hace dos años me acerqué a finales de enero a ver una de las floraciones más espectaculares y desconocidas de la naturaleza madrileña, la de las coronillas de fraile Globularia alypum en los montes al este del Jarama. Pues cual no fue mi sorpresa al encontrarme esos lugares que conocí florecidos espectacularmente, en un estado de ruina natural tras otro incendio veraniego, por los campos de Loeches y Campo Real. Hectáreas y hectáreas de campos, arbustedas, encinares calcinados y, como de costumbre, la crónica periodística de siempre, incendio de pastos y la cantidad de medios que se coordinaron para su control.

Antes y después del incendio de Loeches, parecen fotos de lugares distintos

Uno de los mayores activos en biodiversidad que tenemos y que queda claro que no se valoran como se debería, son esos mosaicos de vegetación con pequeñas islas, normalmente con rocas o en cuestas, de vegetación en buen estado, algunas parcelas agrícolas en uso y bastantes más abandonadas, pero en claro proceso de naturalización. Este tipo de paisaje está más extendido de lo que parece y goza de una biodiversidad inmensa, donde la naturaleza se va expandiendo y explayando a sus anchas y apetencias, dando pie a una recolonización vegetal que ningún proyecto de renaturalización, por bien diseñado que esté, jamás podría conseguir. Pues bien, estos terrenos no entran en las categorías de suelos o espacios a vigilar, conservar, cuidar o mantener. Estos son los verdaderos “pastos” que tanto desdeñan frente a la sobrevalorada “superficie forestal”.

El cromático tomillar sapero de Frankenia thymifolia, desaparecida de la base de los cerros

    La Casa de la Monta y la finca de Sotomayor, ambos declarados Bienes de Importancia Cultural, pertenecen al declarado Paisaje Cultural de Aranjues, al que pertenece casi todo Aranjuez, con los elementos naturales y atributos históricos que lo configuran: atravesada por los cauces de los ríos Tajo y Jarama y sus sotos, integra gran parte de los sistemas de riego y estructuras hidráulicas tradicionales, la totalidad de las huertas, los jardines, el trazado de calles y plazas arboladas, el Palacio Real y el casco urbano del siglo XVIII., siendo el primer Paisaje Cultural español desde el año 2001. Quedaron fuera de la asignación del Patrimonio Cultural de Aranjuez, sin los cuales sería imposible concebir Aranjuez, y que actualmente se encuentran en severo estado de deterioro, ya que no gozan de la protección ni de la publicidad que sí tienen los integrantes del Patrimonio Cultural de Aranjuez, el Real Cortijo de San Isidro, la Presa del Embocador, la Presa de Ontígola y el Puente Largo de Aranjuez. Por favor, no más negligencias y malos cuidados para un patrimonio no solo español, sino mundial.

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