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domingo, 30 de noviembre de 2014

La Rubía : Requiem por el Último Pinar Natural de Gredos

Parte del pinar de La Rubía años antes del incendio de Arenas

Lamentablemente esta entrada trata de la desaparición del último pinar de pino silvestre, genuinamente autóctono de todo Gredos. A falta de una mayor concreción sobre la naturalidad de otras masas pinariegas gredenses, temo que nos hemos de conformar con este último pinar, para terminar, a mi pesar, de dar la razón a aquellos que mantienen que en Gredos no hay pinares enteramente naturales.

Los  restos del pinar de La Rubía en la actualidad

Hablando de pinares, Gredos tiene dos caras, la oriental y la occidental, contrastando claramente por la presencia o ausencia de pinares y divididas a partir de un  meridiano que iría poco más al oeste de Hoyos del Espino en el norte a Poyales del Hoyo en el sur. Desde aquí hacia al oeste, la presencia de pinos es absolutamente puntual o claramente artificial de repoblaciones de resinero, Pinus pinaster en el sur, y muy poco de éste y Pinus sylvestris, en el norte.


En la mitad oriental destacan, en claro contraste con los robledales veratos, los extensos pinares que cubren todos los montes. El pinar mayoritario es de Pinus pinaster que ocupa parte del piso mesomediterráneo y las dos terceras partes inferiores del supramediterráneo, en ambas vertientes. Aunque al norte, a partir de Navaluenga hacia el oeste cede ante el robledal, no ocurriendo lo mismo en la orilla de solana del Alberche, donde de nuevo el pinar,  junto con la encina  y algo de roble, se enseñorean de estos territorios.

A saber cuantos años llevaba muerto este enorme ejemplar

Pero no todo son Pinus pinaster, en el extremo oriental del valle del Tiétar, también abundan, a pesar de un incendio que se cebó con una de sus mejores bosques, las masas puras o mixtas del piñonero, Pinus pinea que ocupan desde el fondo del valle hasta una altura de unos 700m. y también en los límites superiores del bosque, en el Timberline de los sajones, abundan los ejemplares o rodalillos aislados de los más antiguos pinos de la zona, vetustos troncos de Pinus sylvestris y de P. nigra, localmente llamados pinos albares y cascalbos respectivamente.

Rodal de viejos pinos negros en medio del pinar de resineros con enebros en Mijares

En la cara norte ocurre algo parecido, si bien los pinares de piñoneros comienzan muy al este, cuando el Alberche empieza a dar su curva hacia el sur, ya fuera de Gredos. En pocos lugares aparecen ejemplares y rodalillos de silvestres y de cascalbos, principalmente en el afamado valle de Iruelas, y en la otra orilla del Alberche, cerca de Navalacruz, una joyita natural que no sé cómo ha llegado hasta hoy, un frondoso pinar de Pinus nigra. Aquí cerca viene a morir una extensa zona que, como la compartida con Segovia, también se ha dado en llamar “de pinares”, con varios pueblos que se apellidan con ese topónimo y aunque aparece documentada la repoblación antigua de estos pinares, no se sabe a ciencia cierta, si se repoblaba sobre lo que anteriormente también fueron pinares.

Comunidad de pinar con cambrones (Echinosparto barnadesii-Pinetum ibericae)

En esta cara norte es donde aparecen los buenos pinares de pinos silvestres, en la zona “puente” entre los valles del Alberche y del Tormes, lo más alto y continental de toda esa falla que recorre Gredos de este a oeste. Los mejores pinares se encuentran en la cabecera del Tormes, a los pies del Parador de Gredos y también la joya botánica del pinar de Hoyocasero, cerca del Alberche. Todo lo demás son repoblaciones, como la magnífica de la falda norte del Torozo, en la caída del puerto del Pico o en la Cueva del Maragato (pugnando con robles); el resto de repoblaciones de silvestre, salpica toda esta montuosa región, como las celdas negras en un crucigrama.

Magníficos pinares silvestres entre Navarredonda y Hoyos del Espino

Pero todas estas masas de pinares silvestres están manejadas y explotadas silvícolamente, no llegan a la gran calidad de los pinares de Valsaín, nombre de su madera en serrerías y carpinterías. En los pinares del Tormes ya aparece el robledal hacia occidente, aunque cerca, al este, se encuentra el magnífico, aunque pequeño, robledal de San  Martín del Pimpollar y, algo más alto, el de Navalsáuz, casi rodeado de repoblaciones de silvestre que empiezan a tomar cariz de bosque.


Pulsatilla alpina var. apiifolia en flor bajo el dosel del pinar de Hoyocasero

Más significativo es el pinar de Hoyocasero, donde si no fuera por el manejo del bosque, el robledal se comería el pinar por sus pies, como queda de manifiesto donde menos se ha intervenido. Aun así, la riqueza y originalidad florística de este pinar, no se da en ningún robledal de la región y tampoco, y esto ya es más raro, en los cercanos pinares del Tormes, aunque hace un par de veranos sí encontré allí una de esas magnífica plantas hoyoqueseranas como es la Pulsatilla alpina. Lo que queda del robledal, aparece un “escalón” altitudinal más bajo que los pinares, en las riberas del Tormes y del Alberche o, ya muy por encima, en situaciones  rupícolas en bastantes localidades dispersas por todo Gredos, sur incluído, marcando el límite superior del arbolado, entre los 1800 y los 1900m.

En el límite superior del bosque (La Rubía), también aparecen pies de roble casi rupícolas

Muchos  años llevan  discutiendo los botánicos sobre la naturalidad de los pinares de Gredos, en franco contraste con los del Guadarrama, donde su naturalidad es incuestionable. Pero, obviando opiniones preconcebidas, a la luz de todos los  datos paleobotánicos actuales, no hay duda de la pretérita existencia de pinares en Gredos, hasta tiempos históricos y actuales. Este hecho es tan incuestionable como su retroceso y desaparición hacia el presente.

Los pinares del Guadarrama ocupando la mayor parte del piso oromediterráneo y mucho del supramediterráneo

  Los datos paleobotánicos proceden del análisis de los pólenes conservados en turberas y también de los llamados, por contraste, macrofósiles, es decir, piñas, hojas y las conocidas en la sierra, como “troncas”, es decir los tocones de grandes pinos que por una razón u otra se han conservado hasta nuestros días, enterrados o puestos al descubierto por procesos erosivos. Estas troncas se han hallado en zonas desarboladas actualmente como La Serrota, Zapatero y laderas y valles del cordal principal.

Varias troncas (recientes) sobre una turbera, ambas contienen abundante información paleobotánica

La hipótesis mayormente aceptada sobre el devenir de estos pinares sugiere que tras la retirada glaciar que afectó fuertemente a estas montañas, existieron varios períodos climáticos sucesivos, con un período preboreal, donde la dominancia de los pinares fue casi absoluta, seguido de un período subatlántico, en el que el pinar, perdiendo algo de protagonismo, cedió terreno ante especies menos continentales. 


Frondosas conviviendo y desplazando al pino silvestre en Lillo (León)

    Posteriormente llegó un periodo más cálido que inició el período actual, en el que la presión de las quercíneas, principalmente los robles melojos, hicieron retroceder los pinares a las áreas más altas, xéricas y continentales. En estas condiciones entra en juego, de importancia aún mayor que la climática, el hombre.

Como  La Rubía cientos de pinares debieron caer bajo la acción del fuego

La participación humana empezó pronto, con los  Vettones ampliando las áreas de pastoreo para sus rebaños de vacas y caballos, se cree que con ellos comenzó la transhumancia que sigue realizándose todavía hoy. A partir de ellos la deforestación fue galopante, a pesar de alguna medida protectora de los montes en siglos pasados. Sólo la táctica bélica de la “tierra quemada” podría compararse al dominio de La Mesta o a la plaga de los incendios forestales de nuestra época. El fuego siempre ha sido un factor importante, pero nunca tan continuado y reiterativo, como en las últimas cinco décadas.

La protección solo es real sobre el papel o sobre el cartel

Vista la tendencia ecológica de predominio de las quercíneas que solo han ido dejando a los pinos las tierras más altas, expuestas y escabrosas, y el interés comercial por los buenos fustes de pino silvestre, parece claro que la pervivencia de los pinares gredenses, ha sido mantenida por el hombre, al tiempo que también ha sido el causante de su drástica disminución. 



Observando la pujanza del robledal bajo los pinos de Hoyocasero y la limpieza y ausencia de vegetación bajo los de Navarredonda, no puedo decir que no sean de origen natural, pero sí, que están mantenidos artificialmente. No sé si podrían vivir aquí en buena compaña pinos y frondosas, como sí ocurre en el pinar de Lillo en la Cantábrica, pero la mano humana para el mantenimiento del pinar, es fundamental.


Puerto del Pico con el pinar natural al sur (izquierda) y el repoblado al norte (derecha), incendiados

Pero de todos los pinares de Gredos que he conocido, para mí, solamente uno es o mejor dicho, “ha sido” totalmente natural. El pinar de La Rubía en Cuevas del Valle, al oeste y por encima del puerto del Pico entre los 1550 y los 1850m. Lo conozco desde hace muchos años y casi lloré cuando fue arrollado por el incendio de Arenas de San Pedro en 2009. Un incendio que tras cobrarse una  vida, las autoridades decidieron dejarlo arder libremente, delante de las protestas y lágrimas de la gente de los pueblos que tuvieron que ver, cruzados de brazos, como ardían sus tierras.


La Rubía poco después del incendio de 2009

Tan incompetentes fueron que incluso el fuego pasó al otro lado de Gredos, a pesar de disponer de un  terreno tan favorable como eran los prados abiertos del puerto del Pico, pero ni  por esas. Al par de días del incendio me pasé por allí para ver el desastre, eché un ojo al pinar y me pareció que no estaba muy tocado, pues aún se veían verdear algunas de esas escasas masas de pinos.

Al ver esta imagen (es a color), pensaba que sobrevivirían muchos, pero estaban ya muertos de pie

    Pero craso error, los pinos tocados en más de un  20% murieron uno tras otro, de los 350-400 grandes pinos, solamente se habían salvado unos 70. Un desastre en  toda regla, en una  ladera que por sus características de orientación y la presencia de barreras rocosas, se venía salvando de los grandes fuegos desde hacía muchos años y esa era la razón de que los pinos resistieran en esta localidad.


Cuando  conocí este pinar, algo disperso  entre  el roquedo, me pareció una maravilla; entre ellos se contaban muchos individuos de pié, muertos por el rayo o por la edad, vetustos e impresionantes osamentas de antiguos dioses, solemnes vestigios vivientes de la antigüedad. En cierta excursión, en la que mi padre nos dijo a mi hermano y a mí que no volvía a salir con nosotros al monte por las palizas que le dábamos, nos topamos con una excursión de veteranos que estaban admirando boquiabiertos, como nosotros, la belleza de esos enormes pinos.


Entonces uno de los hombres que parecía especialmente conmovido nos contó: nunca olvidaré que yo fui uno de los que talaron cientos de estos magníficos árboles. La verdad es que imponía oírle hablar porque parecía estar conmovido y sintiendo en sus propias carnes, lo absurdo y terrible que pueden ser los actos humanos. Nos contó  que a mediados de los 50’ el ayuntamiento del pueblo no tenía un duro y que al alcalde se le ocurrió la idea de cortar los pinos de La Rubía para sacar un dinero extra para el pueblo. Casi todos los mozos fuertes del pueblo  subieron hasta allí para cortar los pinos, pinos de un pinar cuatro veces mayor que el que estábamos viendo.

Varias formaciones rocosas impiden o dificultan la progresión de los fuegos

Lo triste de esta historia era que cortar los pinos fue fácil, lo extremadamente difícil era sacarlos de allí. Nos habló de lo durísimo que fue el trabajo con los mulos, pues el valor de los pinos era el de los grandes fustes, no el del pino troceado. "En cuanto un tronco se nos iba un poco ya no había marcha atrás, había que dejarlo allí abandonado, sólo si estorbaba el camino de bajada, lo troceábamos; a los diez días comprobamos que solo sacábamos uno de cada tres pinos cortados, después de trabajar como negros".


A comienzos de los 50 el número de pinos era al menos el triple que en esta foto

El alcalde vió que el dinero no llegaba ni para pagar los jornales y se abandonó la empresa, el pinar reducido a una tercera parte ya no volvería a ser el mismo. Yo creo que ninguno de los que entonces admirábamos esos grandes árboles vivos o muertos en pie, lo hacíamos con tanto sentimiento o admiración como este hombre, nos contó que durante varios meses estuvo la gente de Cuevas subiendo con caballerías a trocear los troncos perdidos y atascados.



Hoy,  años después del incendio, apenas llegan a 70 los grandes pinos que siguen vivos, a pesar de ello, todavía se puede decir que es el mayor rodal de silvestres de la cara sur, aunque creo que hay algún rodal de su congénere cascalbo (Pinus nigra) por encima de El Arenal que supera esta cifra. Me llama la atención que en la cara norte, a pesar de tener un clima supuestamente más favorable, sólo haya algún rodal o pies aislados, cerca del límite del bosque en el valle de Iruelas y no por toda la cordillera.



La naturalidad de Pinus sylvestris var. Iberica en Gredos es incuestionable, hace poco se criticaba con dureza a los fitosociólogos por no avalar su naturalidad con ninguna comunidad vegetal como sí hicieron en el Guadarrama. Pero, como me decía uno de sus valedores, muéstrame algún pinar o más que puedas decir que son verdaderamente naturales y, ecológica y estadísticamente, te defino esa comunidad. Eso me decía cuando le insistía en la ausencia de comunidades vegetales del muy abundante Pinus pinaster, pero a ver quien pone la mano en el fuego por un par de localidades verdaderamente naturales, aunque se sabe claramente que este pino es autóctono.

La presencia del enebro rastrero aboga por la naturalidad de los pinares silvestres o negros, como el de la imagen

Hoy, con más datos, ya se han establecido comunidades vegetales naturales para casi todos los pinos ibéricos, faltan P. pinaster y P. pinea, pero ya Gredos tiene dos nuevas comunidades para P. sylvestris, el pinar con cerrillo, Festuca elegans subsp. merinoi, esa gramínea que describe a la perfección el piso supramediterráneo gredense y el pinar con cambrón, Echinospartum barnadesii, esa genistea pinchuda típica del piso supramediterráneo superior y oromediterráneo inferior de todo Gredos. También las hay para los pinares de Ayllón y Pela, en el extremo oriental del Sistema Central.

El cerrillo (abajo), define el pinar de silvestre supramediterráneo gredense (Festuco merinoi-Pinetum ibericae)

Por todo el sur de Gredos aún sobreviven enormes pinos silvestres y cascalbos dispersos por las laderas más protegidas, pero apenas tienen  relevo generacional. Acorralados por la promiscuidad del pino resinero y, principalmente por los  incendios, los clásicos del verano y, peor aún, porque tienen lugar en el límite del bosque, los incendios de piornal intencionados por intereses ganaderos que tienen lugar en otoño que van diezmándolos poco a poco hasta  hacerlos desaparecer.


Momento de la destrucción del pinar de La Rubía.     (golindelasenda.blogspot.com)

Los pinos negros son una joya  que  hasta podría ser una subespecie silicícola ibérica de esta especie, definida para los suelos básicos. Las autoridades forestales, a pesar del potente banco genético que representan, apenas los tienen en cuenta. 


En Gredos apenas hay unos pocos mostajos, la mayoría de ellos estaban aquí en La Rubía

    Sería teóricamente fácil y factible llevar a cabo una protección eficaz de estos rodales previniendo adecuadamente los fuegos en su entorno inmediato o limitando la instalación del pino resinero entre sus rodales, así como fomentando su plantación, sin aterrazamientos, en las zonas más querenciosas. Si dejamos todo a su libre albedrío, sin intervenir para proteger, ya podemos, de seguir como vamos, despedirnos de estos árboles que son los seres vivos más viejos y enormes de todo Gredos.



domingo, 31 de agosto de 2014

Abedulares Manchegos




            Sí,  has  leído bien,  aunque donde los abedules se encuentran no es la llanura manchega,  sí que se trata de Castilla la Mancha, en concreto, el oeste de Ciudad Real, en su porción norte y central,  y parte del suroeste de Toledo, sin llegar a Extremadura. También existen algunos abedules en altas áreas puntuales del Sistema Ibérico de Cuenca y Guadalajara, pero estos ya tienen otra ecología más en consonancia con la idea de bosque atlántico-alpino que los abedules suelen transmitir; pero estos otros, son los abedules más mediterráneos y termófilos del mundo al ser el abedul un árbol de distribución circumboreal y los pocos que hay en las montañas del Riff marroquí, están en altas cotas altitudinales.



            Cuando hace años, apenas conocía varias localidades en Gredos y me enteré de que en Ciudad Real había abedules, apenas me lo creía. Me dediqué a buscarlos infructuosamente por aquellas carreteras. Eso sí, descubrí la existencia de quien siempre, desde lejos, me engañaba con su blanca corteza y recto fuste, un álamo desdeñado por los estudiosos, entre el álamo blanco (Populus alba) y el temblón (Populus tremula) de tronco muy recto y corteza apenas maculada. Un “alamillo” oretano, de distribución poco más extensa que este abedul.

Alamillos oretanos con el  mismo aspecto y ecología que los abedules


            Posteriormente, viajando por los montes hacia el gran Cíjara, sí di con ejemplares sueltos, en alguna fuentes y cabecera de arroyo. Por fin los había visto y a partir de ahí fui descubriendo la mayoría de las localidades, menos dos o tres a las que intenté llegar, pero los altos vallados cinegéticos, la video-vigilancia o la larguísima aproximación que hacía necesario echar el día entero o pernoctar, me hicieron desistir, quedándome cerca.



            El abedul luso-extremeño, como le llamaba uno de sus descubridores, D. Manuel Peinado Lorca, no es exclusivamente oretano, aunque hay que señalar que lo de los abedules ibéricos son un galimatías en el que no ha quiso “mojarse” nuestra Biblia botánica, Flora Ibérica, pues prácticamente se adaptó Flora Europea a la península. Más acertada veo la escuela de Salvador Rivas-Martínez que, aparte de mostrar las pequeñas diferencias morfológicas entre las especies, sí establece unas diferencias ecológicas y corológicas muy claras, al menos en  Betula pubescens.



En la península hay dos grandes grupos de abedules, los más alpino-atlánticos, Betula pubescens (B. alba) y los más mediterráneos Betula pendula. Los primeros tienen las subespecies carpatica (pirenaicos), pubescens (atlánticos) y celtiberica (extra atlántico-pirenaicos). Betula pendula tiene las subespecies pendula y fontqueri, contando el primero con la variedad pendula y meridionalis, y el segundo con las variedades, fontqueri y parvibracteata. Los alpinos llegan a los Sistemas Central e Ibérico (Betula pubescens subsp. celtiberica), y los segundos son de las altas montañas andaluzo-rifeñas con irradiaciones hacia el norte, dándose el caso de que en algunas localidades puedan vivir ambos abedules, como en puntos del sur de Ayllón y el norte de Gredos; en esas localidades, los requerimientos ecológicos son distintos, asentándose unos en las pedreras y cauces encajados del límite superior del bosque, y los norteños en situaciones riparias o turbosas de cotas inferiores.



            El abedul que habita desde los montes de Toledo hasta el Guadiana es el Betula pendula subsp. fontqueri var. parvibracteata, son los abedules que viven en las condiciones más térmicas y mediterráneas del mundo, y han sobrevivido hasta hoy, casi milagrosamente, dado el buen estado de conservación de estas zonas del suroeste ibérico. Aunque algunas localidades, como su mejor y mayor población, la de Riofrío, se libraron de la repoblación salvaje con pinos por asentarse en terrenos demasiado húmedos para máquinas y pinos.



D. Salvador Rivas Goday llegó a conocerlos en el los cercanos Valle de la Viuda y el Gargantón, localildades que no superaron el atentado ecológico en  toda regla que supuso el aterrazamiento previo al pinar. Su areal se supone que fue mucho mayor en el pasado, constituyendo la clímax forestal de la vegetación de bonales y  arroyos iniciales de aguas puras, casi-permanentes, sobre suelos ácidos del sur de Gata y Gredos, Montes de Toledo y norte de Sierra Morena y estribaciones. Si el agua fuese más permanente sería desplazado por alisos o álamos, y si fuese menos permanente, tampoco podrían vivir, aunque viéndolos sobrevivir en pleno agosto o septiembre, parece creíble que puedan soportarlo todo.

Remanso con Potamogeton polygonoides y nomeolvides en el borde de un abedular


          Este árbol como he dicho es la cabeza de una serie de vegetación riparia exclusivamente manchega, desapareciendo el abedul, la etapa siguiente es una arbusteda higrófila comandada por dos especies, aparte de varios tipos de brezos y helechos, el hediondo, como llaman por estos montes al arranclán (Frangula alnus) y el espléndido y fragante mirto de turbera (Myrica gale), al que dedicaré alguna entrada para reafirmar el enorme valor y significancia de su presencia en estos lugares que aún está lejos de reconocérsele.

Rodal de mirto de Bravante (Myrica gale) en el  interior  de  un  abedular


En una ignota localidad puede verse (quien pueda llegar), una mezcla impensable, el abedul mezclado con el loro (Prunus lusitánica), no de forma puntual  como al norte de Montes de Toledo, sino  en una larga banda,  con el abedul en el contacto con la ladera y, mezclados y en paralelo, el loro, más en contacto con el arroyo. Pero esta coincidencia no es tan impensable pues su ecología es potencialmente la misma, de hecho creo que de no ser por la apetencia del hombre sobre su madera o por el ramoneo de sus hojas, en las cacereñas Villuercas compartiría el protagonismo de las cabeceras de los valles con las loreras. Su memoria ya casi se ha perdido, pero recuerdo pastores que me comentaban que daban el ramón del “aliso blanco” a sus animales a finales de verano, cuando apenas tenían qué comer.

Pajonal con arranclanes, brezos y algún madroño, atrás los abedules


A partir de la arbusteda de brezos, hediondos y mirtos, la vegetación viene a ser una mezcla entre la clásica vegetación riparia y la de los bonales, aunque quizás posee una peculiaridad distintiva en su orla espinosa, la participación en el zarzal-espinar de la bella trepadora Clematis campaniflora, una clemátide de apetencias termófilas de los arroyos del suroeste ibérico, como también ocurre con la parra silvestre.

La trepadora clemátide acampanada, acompaña a los abedulares más térmicos

Es más fácil ver abedules dispersos que abedulares, bosquetes hay solo en tres o cuatro gargantas del norte de Montes de Toledo, varios en Cabañeros, con mucho ejemplar disperso; alguno protegido por el silencio comprado por un moderno señor feudal de turno, uno cerca del Bullaque y otro en uno de sus tributarios (valle del Beato) y dos más al sur, el de los Horcones y, la localidad más celebrada, Ríofrío, donde llegan a bajar de los 600m. de altitud, ambos ya muy cercanos al río Guadiana.



La localidad de los Horcones, también conocida como Valdelapedriza o Santa María, ya era bien conocida por los lugareños antes de un trabajo botánico que los dio a conocer, de extraña adscripción geógrafica, sobre varias fincas dispersas y Piedrabuena, inmediatamente al norte del Guadiana. Una de las zonas clave para un futurible Parque Nacional del Guadiana y que recientemente acaba de ser adornada con una enorme pista de aterrizaje en las fincas de la familia Botín, familia que al menos en Cantabria, ha tenido en consideración los árboles singulares de esa tierra y que aquí poseen unas enormes fincas, dignas de ser Parque Nacional, con algunos de estos abedules.

Macizo de helechos Blechnum spicant acompañante típico de estos abedulares

Una característica típica de este abedul, consiste en la ausencia de pilosidad de las ramas jóvenes; un  día al acercarme al abedular de la Ventilla, pensé que debería estar confundido y que realmente lo típico era esa pilosidad (aún no sabía que a Betula alba le  llamaban B. pubescens). Poco tiempo después, leyendo un artículo sobre el abedul en los Montes de Toledo, descubrí que precisamente esa localidad era la única en que existía el otro abedul, Bétula pubescens subsp. celtiberica.


Canal ¿artificial? en el abedular  de la Ventilla

    Pero ésta es una localidad en sospecha, las aguas del bonal se ven (algo) dirigidas por antiguas canalizaciones y no hace mucho, a su vera había un variado plantel de especies exóticas, por eso hay quien dice que esos abedules fueron introducidos. Aún así la conjunción con el medio es perfecta y los abedules se han mantenido sin ningún tipo de artificialidad, lo que apunta, por otro lado,  a su naturalidad.



En una  buena turbera de los montes toledanos se re-introdujeron los abedules con un resultado magnífico y si no fuera por la desmesurada presión de los herbíboros, (no olvidemos que en su práctica totalidad se encuentran en grandes fincas cinegéticas), estaríamos hablando de un tipo de bosque en expansión. Pero ocurre todo lo contrario, apenas hay plantones, y eso que se trata de una  especie muy  prolífica, porque en cuanto nace un plantón, hay verdadera competencia por comérselo o por bañarse encima, como ocurre en estos lugares tan proclives a ser bañaderos de los jabalíes.

Bañera de jabalíes en un bonal con pajonal que alimenta al abedular


En principio las grandes fincas cinegéticas han sido un factor clave para su supervivencia, al conservar grandes espacios ajenos al mercantilismo agropecuario de quienes necesitan hacer productiva la tierra, pero hoy en día las altas densidades de jabalíes y ungulados, en prácticamente todas estas fincas (es más productiva la caza que la agricultura), están llevando a la decrepitud y falta de relevo poblacional de los abedulares, lo que apunta a un futuro muy negro para este árbol tan blanco, máxime si le sumamos el previsible efecto, del cambio climático.

Ejemplar centenario en una localidad sin apenas  relevo  generacional


El  abedul podría vivir casi en cualquier bonal o arroyuelo limpio, desde el sur de Gredos-Gata hasta  Sierra Morena, en Extremadura y en todo el oeste de Castilla la Mancha. No se le ha dado la  importancia que tiene y estamos cerca de quedarnos sin la cabeza de serie, sin la vegetación clímax de ese ecosistema de bonales y arroyos en buen estado de toda esta gran región. Ya se ha comprobado que es fácil y factible su recuperación, a pesar de los años hidrológicamente malos, siempre y cuando no se les agreda y se impida que los hervívoros esquilmen sus renuevos.

Nido de azor sobre un abedul


Desde aquí llamo a la sensatez (?) de las autoridades  responsables de velar por una  naturaleza que es  de todos, no solo de cuatro cazadores, generen o no, puestos de trabajo, en un medio rural que a pesar de la devacle poblacional sigue despoblándose. Con poco más que pequeños cercados temporales o algunas repoblaciones idóneas, podríamos contribuir a la salud y diversidad de un medio ambiente que posee especies tan señeras y llamativas como ésta.

Raíces del abedul impidiendo la erosión de los suelos estos años pasados de abundantes precipitaciones

"Dedicado a Lansky"

No he podido evitar introducir, aunque alargue esta entrada, una aclaración taxonómica de un estudioso de los abedules de esta región, Santiago Sardinero:


 - Desde el punto de vista taxonómico lo más simple es que hay dos niveles de ploidía: diploides 2n=28 (grupo pendula), y tetraploides 2n=56 (grupo pubescens, =alba).

Los pendulas eurosiberianos se caracterizan por tener sámaras largas y estrechas con alas grandes, lo que les da largos vuelos para colonizar nuevas localidades en climas templados centroeuropeos con lluvia de verano. Tienen las ramitas glabras. El limbo de las hojas es biseriado.

Los pubescens eurosiberianos tienen las sámaras más cortas y anchas, con alas más pequeñas y suelen estar asociados a hábitats más húmedos, como por ejemplo, turberas colmatadas. Tienen las ramitas peludas. El limbo de las hojas tiende a ser uniseriado.

Los dos grupos mantienen su independencia debido a la incompatibilidad sexual derivada de su diferente ploidía. Pero esta incompatibilidad no es insuperable. Existen bastantes trabajos que estudian fenómenos de introgresión bidireccional.

La adaptación más importante del grupo pendula en su camino hacia el sur, sería la progresiva disminución del tamaño de las alas y de la longitud de la sámara ("pubescenización de B. pendula). Así en las pedreras pirenaicas Moreno y Peinado describieron ya una B. pendula var. meridionalis, que luego se transforma en B. fontqueri y por último en B. parvibracteata. A medida que el hábitat se hace más pequeño debido a la aridificación del clima, las sámaras tienen que volar menos o "se salen" de su hábitat. En mi tesis conté cromosomas en los fonqueri gredenses, que en meiosis n=14, y en mitosis radicular 2n=28. Algunos entraban en parvibracteata, aunque no lo dije en el catálogo florístico. El óptimo de B. parvibracteata está en las cabeceras de los arroyos de los Montes de Toledo, asociados a aguas nacientes oligótrofas que no dejan de manar en verano. B. fontqueri en la Garganta de los Caballeros (Gredos occidental) está en umbrías pedregosas que recuerdan a las pedreras pirenaicas con B. pendulas var. meridionalis. En Somosierra hay un par de valles repletos de B. fontqueri. También en Sierra Nevada y el Rif norteafricano, de donde Rothmaler describió la especie. La vía de migración que me parece más verosímil para B. fontqueri sería desde el Sistema Ibérico al Sistema Central, Valle del Jerte y por Monfragüe llegaría hasta los Montes de Toledo; por el camino sus brácteas y sámaras se irían haciendo más pequeñas (parvibracteización de B. fontqueri). 

La adaptación más importante del grupo pubescens en su camino hacia el sur, sería la aparición de glándulas que aparecen junto con lo pelos típicos en las ramillas, así como la "biserración" del limbo foliar ("pendulización de B. pubescens"). Su óptimo, donde forman abedulares, son las turberas colmatadas como en La Ventilla (Cabañeros), turberas de Navalonguilla-Navalguijo (Gredos occidental). Individuos aislados salen por aquí y por allá.

Desde el punto de vista taxonómico, los tetraploides serían del grupo B. pubescens (2n=56) y los diploides serían del grupo B. pendula (2n=28). Peinado & Moreno, para las poblaciones de los Montes de Toledo, en Flora iberica lo que hacen es ir colgando táxones jerarquicamente hasta llegar a B. pendula subsp. fontqueri var. meridionalis, que es un salto enorme desde la descripción de B. parvibracteata como especie por Velasco (de especie a variedad). Una opción más moderada es el reconocimiento de B. fontqueri como especie y B. fontqueri subsp. parvibracteata como subespecie para las poblaciones de los Montes de Toledo. Serían los diploides iberonorteafricanos mediterráneos, un concepto muy bonito.

Del mismo modo se reconoce B. pubescens subsp. celtiberica como un tetraploide pendulizado, con glándulas y limbo foliar sub-biserrado. Un tetraploide ibérico, otro bonito concepto.

miércoles, 16 de julio de 2014

Los Bonales más sureños de Castilla la Mancha


            En una entrada reciente ya he hablado de los bonales, esas islas de vegetación húmeda en medio de la extensa sábana calcinada que son nuestros campos en verano. Algunos son poco más que unos amplios brezales con juncos, en los que se intuye la cercana circulación del agua bajo tierra, mientras que otros tienen en su interior grandes pajonales de herbáceas higrófilas o buenos trampales (turberas) en torno a aguas nacientes y regueros iniciales. Son estos últimos los que atesoran en estos micro-ecosistemas, verdaderas joyas botánicas y faunísticas.

Una de las plantas protegidas del bonal: Lobelia urens

            Si bien es muy raro encontrar estos ecosistemas fuera de las grandes y norteñas montañas ibéricas, como ocurre en las montes del oeste manchego, más peculiar aún resulta encontrarlos en la más baja y térmica comarca de los Montes de Almadén o Montes Sur de Ciudad Real, región a medio camino entre La Mancha, Andalucía y Extremadura. Aquí los bonales se encuentran totalmente desprotegidos al no existir una sola micro-reserva, como sí ocurre, afortunadamente, poco más al norte.

El brezo de turbera (Erica tetralix) entre hojas de otro brezo (Erica scoparia), abundante en todos estos bonales

            Solo algunos bonales se encuentran bajo el paraguas, muy difuso legalmente y más en la práctica, de tres Lugares de Importancia Comunitaria, concretamente los de: "Sierras de Almadén, Chillón y Guadalmez", "Sierra de los Canalizos" y el de los "Ríos Quejigal, Valdeazores y Alcudia"; coincidentes con ZEPAs, Áreas Críticas de la Cigüeña Negra y Zonas de Importancia para Águila Imperial y Buitre Negro.


Helechos (izqda.), brezo de escoba (arriba) y brezo de turbera (en medio), típicos de un  bonal

          Estas figuras de protección aunque velan por la protección de estos ecosistemas, se centran mayormente en la protección de las grandes aves. Los bonales de esta zona apenas han sido estudiados y ni siquiera inventariados, de ejemplo os muestro varias imágenes localizadas gracias a Iberpix.

Conjunto de bonales del extremo suroeste manchego

       Toda esta región estuvo capitaneada económicamente por Almadén y como esta capital sufre la debacle económica y poblacional que supuso el cierre de la mina más antigua del mundo, sin una visible alternativa económica, la mayoría de la población en edad laboral ha emigrado y los que permanecen, son guardeses de fincas cinegéticas, pastores o atienden los escasos olivos familiares.


La bella seta Hygrocibe miniata (gracias Valentín) prosperando en el verano del bonal

             Contrariamente a lo que se pueda pensar, el abandono no es bueno para la naturaleza, siempre íntimamente relacionada con el hombre, pues a más abandono, menor cuidado y mayor desfachatez de algunos terratenientes o aprovechados, por segar el pan para hoy y sembrar el hambre para mañana.

Nadie pudo impedir el drenaje en "pie de gallina" de este otrora magnífico bonal del que apenas quedan restos

La otra cara de la moneda, bonal recuperándose tras el abandono de la majada de la Cabrera

            Aquí aparecen fantásticos e impensables rincones boscosos; la nota general del paisaje es el de sus grandes dimensiones, con horizontes que se pierden en cadenas de serrezuelas y grandes manchas de un rico bosque mediterráneo, variado en toda su gama ecosistémica, donde destaca su magnífico estado de conservación. Llama la atención la abundancia de aguas superficiales debidas a una pluviometría significativamente más húmeda que el resto de Castilla la Mancha, muestra de ello es la abundancia de alcornocales, quejigares y pequeños, pero buenos robledales en las zonas más propicias.

Pequeño bonal entre grades pies de roble (Quercus pyrenaica) y algunos mestos

            Esta región registra muchos años, como el sureste de Albacete, las temperaturas estivales más altas y también los inviernos más suaves de la región manchega. La vegetación es el reflejo más claro sobre el terreno de esta bonanza climática, a pesar de los rigores del verano, por ello aquí abundan el alcornoque, el mirto (Myrtus communis) o la aliaga de tres espinas (Genista triacanthos).

Mirto común en plena floración

            Gracias a mi amigo Leovigildo Flox he podido disfrutar de un par de excursiones por lo más recóndito de estas serrezuelas, aunque ya hice antes algunas incursiones, las últimas salidas con él han sido clarificadoras de todo lo que puede dar de sí esta zona, aunque él es más experto en animales en peligro de extinción que en lo mucho y bueno que sabe sobre la vegetación de los bonales.


            Dado el poco grado de alteración que presenta toda la región podemos encontrar una buena cantidad de bonales, todos sin inventariar ni valorar, y dada también la bonanza climatológica, aparecen con rasgos diferenciadores del resto de los bonales en torno al Guadiana o a los más norteños de la provincia. Aquí ya es más difícil encontrar el arrayán de pantano (Myrica gale) e impensable la presencia de abedules (Betula pendula subsp. fontqueri), pero aparecen otras como las murtedas (de Myrtus communis). Aunque dada la gran cantidad y variedad de bonales (de raña, de ladera, de solana, de umbría, de valle, de bosque, etc.), es difícil sacar conclusiones de una vegetación que todavía puede dar sorpresas.

Dos buenos bonales sin visitar, uno de raña y otro (arriba-izquierda) de valle

            Con Leovi estuve en unos cuantos bonales y no pudimos llegar, por cancelas en los caminos, a alguno de los más interesante. En uno de ellos encontramos rodeando un pequeño bonal de valle, un espeso rodal de ciruelos silvestres (Prunus insititia), pero en el que más tiempo estuvimos fue en el Trampal de Santorrostrillo, en una zona donde en cada valle hay varias bonales: Trampal del Lobo, Trampal del valle de la Quejigosa, etc.

Leovi avanzando penosamente entre los pajonales

            En la aproximación al bonal, vemos que los pequeños arroyuelos cercanos también tienen algo de pajonal, con su zona más húmeda enmarcada entre zarzales, brezos y, sobre todo, mirtos, que ahora se encuentran en plena y fragante floración. La variedad arbustiva es apabullante y casi sin dominancia de ninguna especie: madroño, genista (Cytisus striatus), mirto, jara pringosa, jara cervuna, brezo de arroyo, brezo blanco, brecina, zarza, aulaga, coronilla de fraile, etc, y los árboles: alcornoques, quejigos, encinas y sauces.

Sauces, escoba estriada, jaras cervunas, mirtos, zarzas, aulagas, brezos, etc.

            Con el calor, la humedad y la espesura de arbustos y pajonal, su recorrido se hace muy fatigoso, además nunca sabes donde va a quedar el pie, si arriba o medio metro más abajo, si sobre blando, sobre duro o en medio del agua, de ahí le viene el nombre de trampal, pero merece el esfuerzo, pues siempre hay cosas interesantes que ver.


Como en casi todos, se han excavado balsas para la sed del ganado, silvestre o doméstico

          Primero se trataba de acercarse y buscar el lugar por donde entrar al bonal. Al llegar vemos varias vías de entrada demasiado enzarzadas como para avanzar, pero más abajo era factible, además nada más seguir el primer arroyuelo, algo despejado por estar pastoreado, topamos con un buen suelo de musgos esfagnos, entre los pajonales.

Sphagnum bajo el tapiz de la florida Anagallis tenella

            Nos internamos por el herbazal que está surcado por numerosos y pequeños cauces que embarran el terreno bajo las macollas de molinia, desde lejos vemos la parte central e inicial del bonal, dado el caótico abombamiento del terreno que apenas pueden contener la vegetación; al situarlo visualmente, se levanta un cuello de ese punto, es una corza a la que hemos sorprendido y que desaparece pronto entre la espesura.

Parte central del bonal, donde estaba escondida la corza

           Casi no se ven, pero quedan flores de la escoba de pantano (Genista tinctorea), luego vemos que es masiva por todo el bonal, apenas vimos al aulaga ratera (Genista anglica) dentro de bonal, pero luego vimos que todo el jaral-brezal circundante rebosaba de ella.


Masa de genista tintorera hace varias semanas en un bonal cercano

            Vamos comprobando que se trata de un bonal en toda regla, con toda su gama o catena vegetacional. Lo más abundante son los pajonales de Molinia caerulea, los brezos de turbera, escasa pero presente, algunas grandes macollas de Carex lusitanica. En los puntos de agua algo más profunda la Callitriche brutia, los pequeños y floridos céspedes de Anagallis tenella y, también en flor, la Scutellaria minor. 

Scutellaria minor en flor

            No encontramos plantas carnívoras, pero sí la protegida y casi orquídea, Lobelia urens. Los hipéricos están casi todos, Hypericum elodes, H. undulatum, H. linarifolium, H. perforatum e H. perfoliatum. En un bonal aguas abajo, hace un mes pude ver la rara Gratiola officinalis entre una multitud de serapias, satiriones (Orchis laxiflora) y genistas tintoreras.

La poco común Gratiola officinalis

          Todavía dio tiempo para ver algún bonalillo suelto y otro muy interesante por estar en una vaguada rodeado de algunos robles de muy buen tamaño, algunos de ellos mestos. Aquí vimos en el arroyo antes de llegar a él, un gran pie de avellano, probablemente naturalizado; como de costumbre algunos nacederos de aguas ferruginosas a juzgar por el color rojo de los bordes y los brillos metalizados de su superficie.


Stachys officinalis abundante entre el bosque y el bonal

           Nos sorprendió en medio del herbazal la florida abundancia de las otoñales campanitas blancas, Leucojum autumnale, también estaba en flor la betónica Stachys officinalis.

La primera vez que veo floridas las campanitas blancas, Leucojum autumnale, fuera de los inicios de otoño
            El calor empezaba a apretar y decidimos dar fin a esta intensa jornada por una de las regiones que conserva mejor su naturaleza de toda la península. No hace falta escalar montañas o viajar a tierras de mayor fama eco-turística, a veces los lugares de los que menos se oye hablar, son los que encierran las mejores sorpresas. Esta región, tan difícil de recorrer y tan lejos de cualquier gran ciudad o autovía, nunca dejará de sorprenderme.

Sorpresa, un avellano en el arroyo, entre un variado bosque mediterráneo

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