viernes, 30 de junio de 2023

Excursión botánica por Somiedo

 

    Hacía bastante tiempo, y siempre es demasiado, que no iba por la Cantábrica, en concreto por la zona de Somiedo. Un placer breve, pero intenso. Esta vez en compañía de la gente de la Sebot, la sociedad española de botánica, que en su versión trialera se denomina Sebota. Gente de mal vivir, buen comer y mejor beber, predispuestos a un disfrute montañeril y botánico, porque sí, la botánica, y más en estas fechas y en estos lugares, es un verdadero disfrute porque parece como si por cada rincón del monte hubiese pasado previamente a nuestra visita, un equípo de fantásticos jardineros con las mejores ideas y la mejor paleta cromática que pudiera pensarse.


    Hemos tenido suerte, las previstas tormentas apenas nos han rozado o han caído fuera de horario campero, aunque más de uno, entre ellos el que suscribe, ha cambiado la piel como los lagartos, y parecía que el sol no pegaba, entre tanta nube y tanto trueno. Incluso haciendo cumbre de poco más de dos mil metros, las nubes nos han respetado, aunque, por ejemplo, apenas nos dejaron ver el lago del Valle (de Somiedo) un breve instante y parcialmente, pero desde luego ahí arriba, hubiera sido el peor sitio para que nos cogiera la nube que una hora más tarde pasó por Saliencia.

Cabecera del valle de Saliencia

    Fueron dos días intensos, el primero por los lagos de Saliencia y los Picos Albos, y el segundo por unos valles cercanos al Puerto de Somiedo, aunque por tierras leonesas. Dos valles distintos y caras de una misma moneda, la vertiente atlántica asturiana, de los valles de Somiedo y la vertiente continental leonesa, valles de Babia. Imposible decantarse por una o por otra, dos mundos montañeses, ganaderos y salvajes a un mismo tiempo. El país de las brañas, como el título de un magnífico libro sobre esta zona y que, como yo, tampoco podía decantarse por ninguna de las dos vertientes y dio el título que mejor definía esta gran y salvaje región.


    Empezamos el itinerario por el collado de la Farrapona, donde al día siguiente se esperaba una buena afluencia de personal a una carrera de montaña. Hemos vuelto a tener suerte con la “no coincidencia” y nos adelantas a ratos algunos corredores que van entrenando o estudiando el recorrido, aunque nosotros apenas les vemos, pues nos cuesta levantar la cabeza del suelo, como sumisos adoradores de Flora o discutiendo de los caracteres en que se diferencia una planta de otra también muy parecida.

Geranium subpratense

    La montaña está impresionante, nada que ver con los paisajes amarillentos que hace poco más de un mes teníamos por la meseta, o con la ola de incendios que hace un par de meses tuvieron por media Asturias. El tiempo meteorológico nos ha dado un buen respiro, a todos, a la naturaleza y a los seres como nosotros, que se pasean sobre ella, un regalo inesperado cuando el año pasado por estas fechas ya estábamos inmersos en una durísima temporada de incendios y records de temperaturas para un mes de junio. Ya los tiempos de un comportamiento climático esperable o casi predecible, pasaron, y hay que dar las gracias a cada inesperado regalo meteorológico que nos pueda venir, y sobre todo, a sus maravillosos efectos en el mundo que nos rodea.


    Siento el exceso de latinajos de los que se va a llenar esta entrada tan botánica, tan cantábrica y tan florida. Pero es que todo lo que hemos visto ha sido espectacular, tanto por su belleza, como por la rareza o la singularidad del gran elenco de plantas que pudimos observar. Un montón de ojos expertos sobre el terreno ha sido una fuerza escrutadora que no dejaba pasar prácticamente nada fuera de nuestro botánico foco de atención. Incluso las plantas menos llamativas como gramíneas, juncáceas, cárices u otras, también nos atraían y algunas, tendrán su correspondiente latinajo. A quien le parezca una entrada demasiado técnica, que se quede con las imágenes, aunque merecería la pena, dada la belleza de la mayor parte de estas especies, quedarse con sus nombres para no olvidarlas.

El alhelí Erysimum duriaei y un nomeolvides

    Me encuentro fuera de mi ambiente cercano, no estoy acostumbrado a ver estas joyas botánicas tan norteñas, a lo sumo son cosas que tengo vistas por las cimas del Sistema Central o por el Ibérico, si acaso. Aunque he venido mucho por Asturias, de muchas desconozco sus nombres o he venido huyendo de los calores mesetarios en otra estación menos florida que ésta, porque ahora y hasta mediados de julio, se puede decir que es la primavera de esta zona montana-subalpina.

Aquilegias con Euphorbia hyberna y el raro helecho Botrychium lunaria

    Las humedades de la cuneta del camino y los numerosos arroyos que bajan de las cumbres, nos introducen en un mundo casi acuático, de vegetación tipo turbera o borde de arroyo, con sus sauces de aquí, Salix cantabrica, sus dorónicos, sus pedicularis (que aquí tienen un buen número de especies distintas y algo complicadas de determinar, P. pyrenaica, P. mixta, P. pedicellata, etc.), sus ranúnculos, algunos amarillos (R. gouanii, R. platanifolius, etc.) otros blancos (R. adonitifolius, etc.), estos últimos casi confundibles con las pulsátilas. Aún sin flor puedo ver uno de los mayores ajos peninsulares, el Allium victorialis, de peciolo mayor que el de A. ursinum, que también vive aquí en esta tierra de osos, como pudimos comprobar a la bajada, oteando con prismáticos la vertiente del otro lado de la montaña.

La orquídea Coeloglossum viride y calderones Trollius europaeus

    También vemos calderones (Trollius europaeus) y en este mundo tan húmedo y sombreado es el mundo de varias saxífragas, que en estos montes tienen una increíble cantidad de especies, al igual que ocurre con el endiablado mundo de las alquémilas, donde, de momento, prefiero no meterme.

La orquídea Nigritella gabasiana y Phyteuma orbiculare

    Las lomas tienen un escobonal de la genista de aquí (Genista obtusirramea), con brezos blancos (Erica arborea) y rojos (E. australis), estamos en el límite del bosque, no sé si natural o por acción humana, aquí ya no llegan los hayedos, sino abedules, serbales (casi todos Sorbus intermedia) y arbustos como el pudio (Rhamnus alpina) y ya otros de menor tamaño y adaptados a soportar grandes nevadas como Juniperus nana, la escasa J. sabina, Genista hispanica, Daphne laureola y algún tejo suelto por los roquedos. Entre estos arbustos aparecen plantas de buen tamaño como las Digitalis intermedia, las gencianas (Gentiana lutea), lechetreznas (Euphorbia hyberna), etc.

Sorbus intermedia y megaforbio ligado a un arroyo

    Empiezan a aparecer un lago detrás de otro, unos más profundos, otros casi colmatados, estos últimos son los que más llaman nuestra atención, la flora higrófila que poseen nos sitúa, más que en las altas montañas europeas, en la taiga. Así lo demuestra un junco, el único estolonífero, Juncus balticus que coloniza pocos puntos de Europa a parte de Siberia o el Báltico. Acompañada de otras raras ciperáceas como Blysmus compressus, Carex lepidocarpa, etc., amén de Pedicularis varios y ranunculaces, como el flotante Ranunculus peltatus.

Juncal de Juncus balticus y Geum palustris abajo

     A partir de aquí comenzamos a subir a los Picos Albos, aunque la vista al otro lado del cordal es un poco desalentadora por las nubes que contiene que apenas permiten atisbar el lago del Valle. La cuesta se las trae, pero buscándole las vueltas pronto llegamos al Pico Albo occidental, allí me sorprende comprobar que hay un arbusto cimero, un agracejo Berberis vulgaris subsp. cantabrica, a poco más de 2000m. 

Cima de los Picos Albos y abajo, muy abajo el lago de Somiedo

    Bajando en el primer puerto, veo una matilla blanca que para mi bien podría tratarse del Edelweis cantábrico, se trata de la rara Antennaria dioica, una planta adaptadísima a soportar las duras condiciones de estos portillos más alpinos que subalpinos.

Antennaria dioica y un cojín de Silene acaulis

 Más abajo atravesando inestables pedreras doy con un par de ejemplares de la bella Linaria alpina, aquí en la subespecie filicaulis foto movida por mi inestabilidad y prisas que me resisto o publicar movida, pero es que..

Linaria alpina e Iberis carnosa

    Vemos también un arbolillo que aquí no levanta más de un palmo, adaptación al frío y la nieve, tanto aquí como en la tundra, se trata de sauces enanos, algo que no llega más al sur. Entre lauréolas enanizadas y jarillas, es difícil descubrirle. Vamos volviendo a un mundo más vegetal que pétreo, en los pastizales de cerca de los lagos empezamos a ver en esos prados tan húmedos algunos bellos juncos lanudos y orquídeas, a decenas. 

Hacia la cumbre y lagartija serrana casi en la misma cumbre

    Ya empieza a flojear la luz por culpa de las nubes y de las primeras gotas y truenos que nos ponen las pilas para no rezagarnos. Apenas puedo hacer fotos y estoy viendo joyitas de las que no suelo ver casi nunca, orquídeas como Orchis ustulata, O. incarnata, Gymnademia conopsea, Anacamptis pyramidalis, me pierdo ver por primera vez la rara Ophrys insectifora, pero bueno la lluvia arrecia, aunque nos perdona al cuarto de hora, justo cuando encontramos a otros compañeros disfrutando del chiringuito de la Farrapona.

Orchis ustulata y Gymnademia conopsea

    Al día siguiente subimos al Puerto de Somiedo, cambio de aires a un mundo todavía más ganadero, llenos de grandes pastizales de verano, ahora comenzando su primavera en tan altas cotas, muchas plantas vistosas aún no han florecido, pero otras muchas están en ello. Vamos a ver la flora de los ambientes de turbera, entre las que se encuentra una planta endémica solo de estas montañas, una hiel de la tierra, el Centaurium somedanum, planta que por muy poco pudimos ver, tras buscarla intensamente, pero había tanto entre lo que elegir que solo podíamos salir contentos de allí.


    Casi todas las cabeceras de valle se encuentran en áreas llanas con zonas de descarga de agua, con nacederos y cuando los arroyos adquieren alguna consistencia, en medio de estas largas navas, lo que hacen es culebrear en cientos de pequeños meandros que en montaña se suelen llamar aguas tuertas, de lo retorcido que están los cauces, creando ambientes húmedos con todas las variantes e inclinaciones.


Arroyos meandriformes y el pequeño Centaurium somedanum

   Un verdadero paraíso para estas plantas tan especiales adaptadas a estos húmedos ambientes. Gentianella campestris, Phyteuma orbiculare, Euphorbia polygaliphylla, la rarísima Lycopodiella inundata, un helecho mucho más parecido a un musgo, no tanto el Equisetum variegatum, las orquídeas, la flor del cuclillo (Lychnis flos-coculi), en pocillas la carnivora casi transparente Utricularia minor, el Polygonum viviparum, etc.

Geum urbanum floreciendo

    En la parte algo más seca de estos humedales, un matorral bajo y blancuzco formada por la poco común Potentilla fruticosa empezando a florecer con sus flores amarillas que en una primera idea me parecían los amarillos Halimium de áreas más sureñas.

Setos de Potentilla fruticosa y abajo, puerto de Somiedo

    Un disfrute cantábrico, gracias a estos lugares, sus vistosas plantas y la buena compañia de gente venida de los sitios más dispares para una reunión que espero sea la primera de las muchas que se deberían organizar para botanicólicos, aunque hay gente que realmente estaba trabajando o llevándonos a sus lugares de trabajo, fuera de ordenadores, aulas o laboratorios.  A estos altruistas organizadores solo darles las gracias por estos días inolvidables.


miércoles, 31 de mayo de 2023

La desaparición de la vegetación atlántica de Montes de Toledo

 


      Esta es la crónica y las disquisiciones que me vienen a la cabeza, sobre una magnífica excursión por un alto vallejo de los Montes de Toledo o Montes Carpetanos, donde hacía muchos años que no volvía, con su disfrute por la belleza sobrecogedora del lugar y las odiosas comparaciones con mi remota anterior visita. Con mis compañeros Pascual y Eduardo, a los que agradezco algunas fotografías, hicimos una larga y trabajosa ruta por el río que se vio recompensada por la agreste belleza del lugar, a pesar de lo seco que estaba todo y eso tras haber escogido este rincón como uno de los menos afectados por la falta acuciante de lluvias que llevamos acumulada desde hace meses, aunque en todo el día no dejó de amenazarnos una lluvia que ya si que nos cayó en el viaje de vuelta.


Desde aquella primera vez este río me ha cautivado como uno de los parajes ibéricos, que hay más de los que parece, menos intervenidos por el hombre que jamás he visto, con una vegetación mediterránea subhúmeda claramente autóctona, por no decir climácica. La vegetación forestal es una buena mezcla confeccionada mayormente por quercíneas, como el roble (Quercus pyrenaica), el alcornoque (Quercus suber), el quejigo (Quercus broteroi/faginea) o la encina (Quercus rotundifolia).

Buen ejemplar de mostajo, aunque los había mucho mayores

Quercineas acompañadas en estos montes con el magnífico mostajo (Sorbus torminalis) que da nombre fitosociológico al robledal supramediterráneo luso-extremadurense (Sorbo torminalis-Quercetum pyrenaicae), árbol que vemos en portes majestuosos y así llamado en esta zona que no hay que tomar por su congénere el verdadero mostajo (Sorbus aria) muy escaso, pero también presente en estos montes, lo que a su vez ocurre e igualmente escaso, en Sierra Morena, donde sí es algo más abundante otra rareza arbustiva, la abulaga (Echinospartum ibericum) que los tres ejemplares escondidos en un cortado a salvo del diente de los herbívoros de Montes de Toledo.

Mezcla de arce, cornicabra, enebro y labiérnago

  Entre el conjunto de arbolillos, como los abundantes enebros, a veces de portes majestuosos, los arces (Acer monspessulanum), los hediondos (Frangula alnus), nombre más ciudadrealeño que toledano. Entre las especies arbustivas destaca poderosamente el madroño, con ejemplares casi arbóreos, en medio de un jaral-brezal con amplia variedad de especies de ambos géneros (Cistus y Erica), donde destacan ejemplares casi tan arbóreos como su propio nombre específico, de Erica arborea, también cornicabras (Pistacea terebinthus), escobones de Genista cinerascens y Cytisus striatus, olivillas (Phillyrea angustifolia) y hiedras, zarzas, ruscos y helechos en las áreas más frescas y sombreadas.

Ejemplares casi arbóreos de brezo blanco

A toda esta riqueza arbustivo arbórea se une un, no menos rico, estrato herbáceo, aunque este año tan raro, con un invierno-primavera sin apenas agua (al menos hasta ahora), el suelo aparece descarnado con solo algunas pocas hierbas y plantas venenosas, como puedan ser los gamones (Asphodelus albus), el resto de especies o bien no han salido, han salido y se han secado o se las han comido los herbívoros, de los cuales solo hemos visto una cabra montés, que yo pensaba que no habitaba estos montes, y los restos óseos de un corzo entre las piedras del río.

Ruscos recomidos a la derecha y pared con helechos (Asplenium trichomanes)

          Pero a pesar del verde y la fragosidad imperante, no hay que dejarse llevar por las apariencias y hay que centrar la atención en los más que numerosos indicios que apuntan a que no es oro todo lo que reluce. Como he señalado, apenas asoma el fundamental estrato herbáceo; rosales y ruscos, a pesar de su aparente dureza, están fuertemente recomidos por la fauna. El fondo del valle tiene las grandes macollas de las cárices totalmente comidas y muchas de ellas ya secas y muertas. No hay sauces o solo aparecen en lugares muy verticalizados. Todo el lateral del cauce está surcado de raíces desnudas, mayormente de fresnos que apenas pueden retener el sustrato de cantos rodados. Muchos árboles, principalmente los atlánticos, incluso los robles, muestran individuos o  ramas secas. Estuvimos un rato antes viendo los acebos del Risco de Las Paradas y se encontraban en un estado lamentable, estos del río están mejor, pero tampoco para tirar cohetes.

Cárices recomidas cuando deberían tener este otro aspecto:

      La desaparición de los tejos es flagrante, pudiéndose haber perdido aproximadamente un 60% de sus efectivos en el entorno de treinta años, desde aquella primera excursión que realicé por estos lugares en aquellos años que ni existía el Parque Nacional de Cabañeros, también tras lo que me han comentado otros amigos (como Rafa Gosálvez que los ha seguido).

Haces casi musculares del tronco y raíces del tejo, abajo un magnífico cadáver

        No me cabe duda de que el tejo está siguiendo la misma suerte que han corrido los pocos abedules que había en esta garganta y que en aquel entonces podía apreciar incluso en algunas cunetas de la carretera que recogían algo de agua, casi lo mismo puedo decir de los sauces y arranclanes (Frangula alnus). Presión cinegética más presión climática, igual a enrarecimiento hasta la desaparición.

Magníficos ejemplares de tejos cercanos a la orilla del río

                Pero la cosa va mucho más allá de lo meramente botánico, también todo el lecho del río se ve perjudicado, precisamente por la falta de contención debida a la acción de las raíces y la protección de la vegetación, factores imprescindibles que mantienen físicamente el lecho del río cohesionado (ese conjunto de rocas, finos y cantos rodados) apegado a su sitio, como atado y contenido por una urdimbre vegetal de raíces y tallos de diferentes grosores y profundidades que retienen toda esa ingente cantidad de sedimentos, mayores y menores que el río moviliza y que sin esa retención, serían mero material móvil temporalmente aparcado en estos lugares.

Raíces de fresnos al aire casi sin poder contener la erosión, abajo ya ni raíces

Entre las especies vegetales capaces de realizar esta labor de contención del lecho mineral,  cohesionando el bloquerío ribereño e incluso soportando las terribles avenidas que cada ciertos años se producen, están las cárices (principalmente Carex reuteriana), grandes plantas graminoides con un potente sistema radicular y también los fresnos, con largas raíces leñosas que recorren el fondo del valle casi en paralelo al cauce.

Fresno en medio del cauce y abajo, restos en formato tabla de surf

 Muy importantes también los sauces (Salix atrocinerea), aunque faltan o escasean aquí, probablemente por haber sido diezmados por los herbívoros, y cuya capacidad de agarre e incluso de retención de nuevos materiales aportados por las avenidas, es sobresaliente, siendo capaces de sobrevivir, gracias a su resistencia y tenacidad, a las fuertes arroyados de coladas de agua, barro y bloques.

Gilfer entre macollas muertas de masiega en un abedular en recuperación de Cabañeros

En navas y rellanos, en nacederos que promueven aguas quietas (estagnantes), tienen un gran papel las masiegas (Molinia caerulea) que, en estas fincas de caza mayor, son sistemáticamente diezmadas y consumidas por los grandes herbívoros. Su aspecto decadente de grandes y altas macollas calvas y oscuras como penitentes, previo a su completa desaparición, es una señal inequívoca de calentamiento climático, como así vengo comprobando en el suroeste de Castilla la Mancha, así como de hídrico circulo vicioso de estos lugares, pues su papel de cobertura y refugio de otras especies de flora y fauna, fundamental igualmente por contener y aminorar la fuerza de las avenidas.

 


   Todo tiene que ver con la superpoblación de herbívoros que se comen todo lo que asoma. Desaparecido el lobo, los elitistas cazadores de estas gigantescas fincas se han erigido en reguladores de las poblaciones de corzos, venados y jabalíes, con el moderno añadido de cabras montesas y muflones. A pesar de no necesitar hacer producir rentas a sus latifundios, de no tener que recurrir a sobredimensionar las poblaciones de estas especies "ganaderas", es usual la alimentación artificial, entre otras prácticas, para multiplicar la población de la cabaña cinegética. Ni que decir tiene que en periodos de sequía, su efecto devastador sobre la vegetación se ve multiplicado, pues no dejan vivir nada de nada (rosales, ruscos, cárices, masiegas, abedules, tejos, etc.). Me decían guardas de la zona que no hay regeneración arbórea atlántica en ningún lugar de Montes de Toledo, salvo en cerramientos artificiales.

Gran ejemplar de mostajo, esta vez si que se trata de Sorbus aria

       Otro tema candente es el de los grandes cerramientos de las fincas, muchas veces no cumplen con los tamaños mínimos de malla que pueden encerrar a otros animales distintos de los cinegéticos o, como mínimo, impedir el cruce de poblaciones de diferentes lugares. Esos vallado muchas veces cercan los ríos por un lado y por el otro, quedando ríos y arroyos entre vallas, quedando grandes herbívoros atrapados de por vida esa pequeña franja lineal, solo pudiendo moverse arriba y abajo, pereciendo en las riadas y limitados a ramonear comiéndose toda la vegetación de esa franja vegetal. Muy a menudo, en ambas orillas, al otro lado de la valla, suele trazarse un camino, bien de comunicaciones o bien como para llevar a los cazadores a sus tiraderos o para sacar las piezas cobradas. 

Profusión de caminos en un valioso fondo de valle ocupado por robledal

    Ya el colmo se da cuando por los bordes del cauce va un camino público o una vía pecuaria, con lo que ya pueden ser tres los caminos que jalonan el estrecho fondo de valle, fondos de valle que suelen ser las áreas más ricas botánicamente de todo el espacio, debido a su alta humedad y a los buenos suelos cargados de los finos acumulados en las bases de las laderas.

Bases de las laderas descarnadas por el ramoneo y la sequía

La ausencia de lobos desde los años 70 en estos montes, hace que la fauna se apalanque en determinados lugares que suelen coincidir con áreas húmedas con buenos pastizales, lugares que son los más castigados por la persistencia en el ramoneo de los herbívoros, el escodado de las cuernas de los venados o el hozado de las jetas de los jabalíes. Al desaparecer la vegetación herbácea y no existir regeneración en arbustivas y arbóreas, se va consumando la desaparición total de estas islas de verdor en medio de estos montes tan mediterráneos. 

Helechos (Blechnum spicant) de altos requerimientos de humedad ambiental

Con la desaparición de la vegetación, desaparece el atemperamiento que lo boscoso produce en su inmediato entorno y la pérdida de la capacidad de retención de los suelos al perder materia orgánica y permitir la exposición total de esos suelos fértiles lentamente generados con el paso del tiempo, a los fenómenos erosivos que finalmente arrastrarán el suelo y dejarán en su lugar, móviles sedimentos y cantos rodados que potenciarán el círculo vicioso del calentamiento y la desertización sin paliativos.



 

Montes de Toledo versus Sierra Morena

 

Yendo más lejos, exactamente 110 kms más al sur, todo lo aquí reseñado podría decirse para Sierra Morena, a la que en principio íbamos a ir de excursión, pero que, vista la previsión de lluvias, decidimos cambiar por Montes de Toledo. Sierra Morena es muy parecida en casi todo a Montes de Toledo, mismo tipo de relieves apalachenses, misma litología paleozoica cuarcítica-pizarrosa, idéntico sistema de propiedad de grandes y presuntuosos latifundios cinegéticos, con similares formaciones arbustivo-forestales e idéntica fauna asociada, aprovechamientos pastoriles, apícolas y cultivos de cereal y olivos en los piedemontes.

Típico roquedo cuarcítico, al fondo las negras nubes de las que nos libramos

Pero botánicamente Montes de Toledo es algo más forestal, quizás por esa ligera altura media superior de sus montes (en torno a 150m) y por un aprovechamiento pastoril menos intensivo, aprovechamiento que siempre ha llevado parejo la quema del monte en rondas de 5-6 años, lo que ha llevado a extensiones inmensas de jarales en ambas cordilleras (v. gr. comarca toledana de La Jara) y que ha sido la causa de la extinción de los pinares naturales de pino resinero Pinus pinaster (salvo poco más de un rodal en Sierra Morena).

Difíciles de ver, una pareja de reales

   Esa pequeña superioridad forestal y altitudinal de Montes de Toledo ha posibilitado en lo faunístico que exista en sus bosques el halcón abejero (Pernis apivorus) o en sus gargantas el lagarto verdinegro (Lacerta schreiberi) o el mirlo acuático (Cinclus cinclus). Las diferencias son ya algo más claras en lo botánico, faltando en Sierra Morena el grupo de árboles atlánticos presentes en Montes de Toledo (abedul, acebo, tejo y loro) que no es fácil de explicar a quien, en principio, compare ambas regiones tan similares. Pero parece clara la existencia de una frontera biogeográfica que parece que ahora esté trasladandose al Sistema Central.

Esta variada imagen florística podría estar tomada en cualquiera de las dos cordilleras

A pesar de que en Sierra Morena se recoja una ligera mayor precipitación que en Montes (en torno a un 10-15%, compárese las estaciones de San Pablo de los Montes 915m, algo más alta, con Fuencaliente 700m), su altitud media menor y su posición latitudinal más sureña, hacen que los veranos puedan ser un poco más duros que los de Montes. También Sierra Morena se alimenta más de lluvias atlánticas de los vientos ábregos del suroeste que también, pero menos, afectan a Montes de Toledo, donde sí que es mayor, por otra parte, la precipitación de nubes convectivas en la época cálida que contribuyen a paliar en algo, el calor y la sequía estival.

Estratos cuarcíticos cortados por la corriente y detalle de ripple marks

  Esa, aparentemente pequeña, diferencia climática ha sido la gota que ha colmado el vaso de la resistencia de esas especies a su extinción. No pensemos en medias, pensemos en sequías severas, de varios años, para entender el enorme aguante que tienen que soportar estas especies atlánticas viviendo en un mundo tan mediterráneo, sin contar con la presión antrópica por pastoreo o por reiteración de fuegos en el antiguo manejo del monte.

Añoso ejemplar de enebro entre las cuarcitas

Estoy seguro de que lo que ahora estamos viendo en Montes de Toledo, es exactamente lo que pasó hace varios siglos por Sierra Morena, la desaparición de las especies atlánticas más comprometidas por el endurecimiento del clima. Veo por aquí algunos grandes enebros que, en un primer golpe de vista y al estar situados cerca del río, tomo por tejos, como me he confundido también más de una vez por Sierra Morena y a pesar de saber que allí no había tejos. 


  Además, no me cabe duda de que acebos y tejos ha habido hasta hace relativamente poco en Sierra Morena, solo hay que acudir al Quijote, cuando se habla de los adornos con ramos,  como se conocían entonces, que solían confeccionar los pastores con brillantes ramas de tejo, pues Cervantes, aparte de un perfecto conocedor de los árboles ibéricos, también era un buen conocedor de Sierra Morena, sus numerosos viajes de Madrid o Esquivias a Sevilla, que por aquel entonces se realizaban por Fuencaliente, así lo atestiguan. También conozco por Sierra Morena el arroyo de La Lora, en un lugar teóricamente ideal para la existencia de loros (Prunus lusitanica) o el monte y el arroyo de Los Tejos en montes muy capaces de haberlos tenido.

Negros troncos de brezo entre pedrizas consolidadas y musgosas

Estamos viendo desaparecer por momentos la riqueza forestal de carácter atlántico de Montes de Toledo y por ende, de Sierra Morena. El calentamiento del clima existe, pero no le podemos culparle de los males que aquejan estos paraísos naturales. Como siempre hay que acudir a la sobreexplotación de los recursos, la famosa avaricia que rompe el saco, para ver donde está la raíz final de los males que aquejan a nuestros montes, y eso que esta región no es famosa por sus incendios forestales. 


  Aunque estos montes tengan dueño  son un verdadero patrimonio natural de todos y producen una buena parte del oxígeno que respiramos, por otra parte son, aunque no se lo reconozcamos, una de las mayores señas de identidad de la península ibérica. Se trata del genuino monte mediterráneo aderezado de unas lluvias algo superiores a las normales en la meseta, lo que posibilita la existencia de unas especies y bosques que no nos podemos permitir el lujo de ver desaparecer. El monte necesita ser cuidado de una manera verdaderamente exquisita en estos tiempos que vivimos, mientras tanto nosotros cada vez nos tratamos y tratamos a todo y a todos, con la menor de las consideraciones. Seamos conscientes del valor de lo que todavía tenemos en nuestra piel de toro y cuidémoslo como nos deberíamos cuidar a nosotros mismos. Nuestros hijos y nuestros nietos deberían conocer esta maravillosa naturaleza que nosotros hemos conocido. Es un verdadero lujo contar aún con estos bosques, cuidémoslos.

Salud y campo


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