viernes, 31 de julio de 2015

A la Sombra de los Alisos



            Desde hace tiempo tengo ganas de hacer una entrada sobre alisedas, quizás más visual que botánica, pues las fotos suelen corresponderse con sesiones en esos días caniculares en que lo mejor es acogerse a su sombra, darse un baño y capear el calentamiento global unas horitas.


            La aliseda es uno de los bosques más unidos a mis correrías veraniegas, no en vano hace muchos años fui pescador, malo, pero eso me permitía recorrer las gargantas del sur de Gredos río arriba río abajo y descubrir cada uno de sus rincones.



       Buscando remontar las gargantas cuando las laderas se ponen difíciles, yendo algunas veces por medio del agua, en los estrechos, pero la mayoría de las veces, saltando de piedra en piedra. Otras, la excusa era la búsqueda de una buena poza, ya por el alto Tiétar, ya por las gargantas de la Vera, pero siempre entre alisos y cantos de oropéndola.


            Este año ya desde junio, el calor me ha ido empujando a su refrescante sombra, parece que los anunciados veranos del cambio climático se empiezan a cumplir: primaveras cercenadas bruscamente por golpes de calor intempestivos (recordar la Semana Santa, Mayo y Junio); y olas de calor africano con máximas inaguantables. 


El lúpulo (Humulus lupulus) se alza por encima de los zarzales en los huecos soleados

         Este verano, poco que añadir a este julio abrasador con medias (Media mensual, media de las máximas e incluso media de las mínimas) casi cuatro grados por encima de lo normal: (valores climáticos 1981-2010). Esto ha tenido su reflejo en las alisedas: el caudal y la cantidad de hojas de aliso en el suelo, muy similar al usual registrado a finales del verano.

Cientos de musgaños apiñados a la fresca sombra de una roca cercana al agua

            La aliseda es todo un mundo vegetal de la mitad occidental peninsular, desde el Cantábrico al estrecho de Gibraltar, pero siempre es un mundo de sombras y agua permanente, aunque este agua se encuentre bajo las piedras, como ocurre con alguna aliseda cerca de Cabañeros, sobre un río Estena inexistente en verano.

Al límite de la sequía el aliso contribuye poderosamente a sujetar con sus raíces las orillas de los arroyos

            Se trata de un bosque galería en el que hay que distinguir sus márgenes, el externo, hacia las laderas, poblada de una espesa orla espinosa arbustiva, son los clásicos zarzales, a los que se unen rosas, helechos y majuelos, que hay que atravesar para llegar al río; y el margen interno que da al agua, de niveles fluctuantes pero que casi siempre tiene una fresca vegetación de helechos o grandes macollas de cárices.

La gran Carex pendula es habitual en las alisedas más térmicas

             De las cárices la más común suele ser Carex elata subsp. reuteriana, aunque hay lugares en que la enorme Carex pendula le toma el relevo o con aguas estancadas la Carex paniculata subsp. lusitanica. En pocos ambientes, estas plantas graminoides, destacan tan poderosamente como en los márgenes húmedos de las alisedas.



            Los helechos se aúnan con la aliseda de una forma muy clara porque aquí es el único lugar donde, bajo su sombra y humedad, pueden conseguir las condiciones ambientales necesarias para su desarrollo.


Dryopteris filix-mas anclado bajo la aliseda

        En la parte externa, con el zarzal aparece abundante el helecho de pescaderos (Pteridium aquilinum) y en la parte interior, las simétricas macollas de los helechos macho o hembra, (Dryopteris filix-mas o Athyrium filix-femina) y más cerca del agua la gran Osmunda regalis.

El helecho real Osmunnda regalis, rodeada de plantones en una roca granítica porosa

            En lo arbóreo se puede colar algún fresno y en áreas altas y frescas algún olmo de montaña (Ulmus glabra); al igual que en las áreas más térmicas algún almez Celtis australis y ocasionalmente, en los Montes de Toledo y sur de Gredos, algún loro (Prunus lusitanica). 


El arranclán Frangula alnus, es un asiduo del sotobosque de la aliseda

       En lo arbustivo un acompañante fiel es el arranclán o hediondo (Frangula alnus), cuyo nombre específico denota la cercanía al aliso. Menos corrientes son los arbustos norteños, como avellanos, mundillos (Viburnum opalus).

Lysimachia vulgaris, espléndida, aunque este año ha estado bajo mínimos

            Del resto de plantas predominan aquellas adapatadas a vivir entre sombras (esciófilas) y no es infrecuente encontrar plantas norteñas en alisedas bastante meridionales, como Hypericum androsemum o Circaea lutetiana, pero las más normales son las plantas trepadoras, como parras silvestres, las madreselvas, lúpulo, clemátides, etc. ; y las amantes del agua como la Lysimachia vulgaris, vincetóxico, las salicarias y entre las macollas de cárices el Galium broterianum.

El Galium broterianum siempre crece entre las macollas de cárices

           En los últimos años, parece que consecuencia de una dulcificación del clima, el aliso está remontando los ríos en altitud, hace poco que entró en el alto Alberche, en la zona de las “Ventas” y en otras gargantas se ven pimpollos en alturas en las que antes no habitaba, es decir por encima de los 1200-1300m. 


La Carex reuteriana, la hierba acompañante de los alisos que también tiene siempre los pies en el agua

     Otro misterio corológico-climático es la ausencia de alisos al pie de la sierra madrileña, los hay hacia la Alcarria (Sorbe), hacia el Alberche (río Cofio), incluso hacia el sur (río Manzanares en el Pardo) o en fugas del Canal de Isabel II en Valdelatas; pero estos del sur no forman buenas alisedas.

Gran bloque sombreado lleno de hiedra y líquenes

            La sombra de las alisedas es la que mantiene relativamente fría el agua de las gargantas con su sombra, si no fuese por ellos tendría unos cuantos grados más y cambiaría sensiblemente el componente biótico, incluso se achaca a este factor la presencia de truchas, en lugares como las cacereñas Villuercas, Hurdes y Gata. Donde dicen que son las únicas partes de los arroyos que tienen truchas, como la clásica lorera-aliseda del Llano de la Trucha en Villuercas. 



     El aliso no solo refresca con su sombra, sino que bombea una buena cantidad de agua al ambiente para regular la temperatura de sus hojas, tanta que de hecho no pueden vivir si les falta, aunque sea mínimamente, el agua a sus pies.


           Existen, desgraciadamente, bastantes lugares que toponímicamente se denominan “la aliseda” pero en los que no hay un aliso, a pesar de reunir, aparentemente, las condiciones necesarias para ello; lo más probable es que no hayan podido aguantar alguna de las sequías severas que cada ciertos años golpean los campos ibéricos. 


Los golpes de calor se reflejan en la cantidad de hojas caídas en el interior de las alisedas

         Así ocurre en varias localidades de las sierras interiores cacereñas o de Sierra Morena y estribaciones. Serían fácilmente recuperables y eso interesa, tanto por microclima, como por la conservación del agua, (a pesar del consumo de los árboles), así como para fertilizar esos suelos dada la capacidad “nitrogenante” de los nódulos de las raíces del aliso.

Raíces de aliso abriéndose dentro del agua, aquí sin sus nódulos benefactores

            La aliseda no sólo es el bosque, es ese ecosistema completo, cambiante a lo largo de las estaciones, una imagen de cuando era más ornitólogo que plantólogo era la de marzo con los alisos cargados de dorados amentos y recorridos por grandes bando de lúganos. También entre alisos fue donde ví el primer visón americano hace ya muchos años. Hay varias rapaces que eligen este tipo de bosque húmedo para sus nidos, alguna vez ha sido el halcón abejero pero el más fiel es el azor, que pudiendo elegir, siempre le gusta esas alturas y la vecindad del agua.

La Scrophularia scorodonia es acompañante fiel de los alisos en casi toda Iberia

            Dada la facilidad para las plantas que posee el interior de la aliseda, también es uno de los ambientes más proclives a la colonización por especies invasoras; en el valle del Tiétar ya empieza a ser una verdadera plaga la planta de las pesetas la Lunaria annua, una bella planta de frutos en grandes sámaras que dejan como grandes monedas transparentes y que tienen una capacidad reproductora que ya desborda a la aliseda y está empezando a colonizar los melojares cercanos. También la jardinera Impatiens balfourii o no me toques, la azulita o blanca Tradescanthia fluminensis o la gran Phytolacca americana o hierba carmín.

La invasora Lunaria annua invadiendo el sotobosque, vista invernal

            Entre los árboles y aguas debajo de los pueblos es corriente ver, primero los nogales que nunca se sabe a ciencia cierta si son más naturales que naturalizados, y asiduamente los árboles jardineros clásicos, como arces, acacias y destacando el poderoso plátano, que aunque se plante en todo tipo de parques es un árbol higrófilo como el aliso, y da muestras de ello creciendo con un vigor inusual en estos medios.

Arces pseudoplatanus creciendo entre los alisos

            Esperemos que la cinta verde que las alisedas dibujan en el paisaje, un lugar perfecto para ver estas zigzagueantes líneas arbóreas son las Villuercas cacereñas, donde los alisos dibujan las cotas inferiores del drenajes de los valles. No sé que haría sin la fresca sombra, con o sin baño, de estos árboles en días como los que estamos “padeciendo”, que hacen que se requiera verdadero valor para salir de la aliseda.

Puede haber hasta 15ºC  de diferencia entre el interior y el exterior de una aliseda

P.D./ Ver la estupenda entrada de La Luz del Monte que sobre las alisedas ha realizado hace poco tiempo y que me terminó de empujar a realizar esta entrada largo tiempo aplazada

martes, 30 de junio de 2015

Los Arrabales Madrileños


        Existe un evidente desprecio de la comunidad científica en general, por los lugares cercanos, comunes, casi banales que son, al fin y al cabo, los que nos rodean. Predomina el mito, la idea clásica y preconcebida de que hay que buscar en la lejanía, en los paisajes primigenios, en las cordilleras o en otras remotas geografías.


               Es un tópico, pero es la realidad, casi todos tenemos metidos en la cabeza, la idea generalizada por el marketing comercial de tantas marcas y tendencias y, principalmente, del ideario cultural anglo-sajón dominante, del bucólico concepto de la naturaleza como algo permanentemente teñido de un verde rozagante, por supuesto, con montañas nevadas de fondo y usualmente con un lago en primer término, para que aquéllas puedan reflejarse, como ese dios sajón manda.

Linaria caesia en medio de las amapolas de un reseco talud de los Berrocales

               Pero la realidad es terca y es otra; vivimos en un país rico y cambiante, donde los mismos lugares son distintos en cada momento del año, incluso una misma primavera puede tener sucesivas etapas florales que no se parecen la una a la otra. Por otro lado, nos estamos empeñando en encerrar lo aparentemente natural, en lugares aislados y protegidos; reduciendo arbitrariamente la naturaleza, a esas escasas excepciones. 


Amapolas entre linos, Linum austriacuum subsp. collimnum, de un pastizal de los arrabales del sureste madrileño

              Pero es al revés, la naturaleza está incluso en lo más urbanizado, en los parques, en los solares, en todos esos campos que rodean nuestras ciudades y más allá. Al confinar lo natural en espacios "protegidos" es como si realmente diésemos por perdidos el resto de los espacios abiertos, como si no hubieran obtenido el "alto rango" de naturales.

La "carrera del caballo", ruta de los yonquis pedestres desde Vallecas a la Cañada Real

    Cuando las ciudades crecen desmesuradamente, casi contactando con otras vecinas, la naturaleza salvaje queda obligada a residir en esos espacios intermedios, a veces dilatados y corrientemente, menospreciados por la mayoría de los urbanitas, incluso por los más ecologistas, que presumirán de conocer al dedillo el Pirineo y de haber estado en Doñana, pero que no sabrían decir cuáles son las especies más corrientes y los lugares más ricos de su entorno inmediato en un radio de sólo, ¡de tan sólo!, 10 o 15 kms. a partir de su casa.

La harmaga (Peganum harmala) en el vértice geodésico Cumbres de Vallecas

               Yo, para bien y para mal, tengo la fortuna de vivir en Madrid, y puedo decir que conozco bien mis lugares cercanos. La geografía me llegó no como algo que se aprende, sino como algo genético y conocer todo el espacio físico que me rodea, se me hace una tarea indispensable. Vivo en el sureste de Madrid que, como muchos otros lugares encierra, en estrecha simbiosis, lo peor y lo mejor de nuestra rica naturaleza.

Dormidero de garcillas en una laguna del Parque del Sureste

               Mis vecinos, salvo algunos ciclistas, no conocen el entorno de mi ciudad y, tampoco muestran mucho interés, aunque de algunas excursiones de ARBA, del Chico Mendes, de Itinerarios Geobotánicos y de Semanas de la Ciencia, he visto como han surgido, y encantados, gente enamorada del lugar en el que viven, deseosos de conocer nuevos y cercanos lugares, donde disfrutar, investigar, hacer deporte o pasear, sin tener que alejarse demasiado de casa.

Un pequeño albardinal justo en el límite municipal sur de Madrid

               Pero si hay maravillas naturales cercanas (Parque del Sureste, Carrascal de Arganda, juntas de ríos, Marañosa, etc.), los desastres no están lejos: la humeante “región vertedero" de Valdemingómez, la verguenza social de la Cañada Real, el desastre especulativo de los grandes “ensanches y P.A.U.s” del crecimiento excéntrico capitalino; la proliferación de infraestructuras impactantes y los espacios mineros (yesos, sepiolitas y áridos) con sus instalaciones, abandonadas o no.

El enorme P.A.U. de Los Berrocales, tras una Salvia aethiopis, retomado días antes de las elecciones después de tres años sin movimiento, antes campos de cultivo ricos en especies

Estos espacios del sur de Madrid eran, hasta hace muy poco, campos de cereales, cuestas y oteros con pequeños arroyos. Pero ahora tienen sus suelos totalmente removidos, planificados cartesianamente en avenidas y rotondas, solo señaladas; urbanizados, pero abandonados. Recomiendo ver todo el borde sureste madrileño Google o en Iberpix, os llevaréis las manos a la cabeza por su desmesura.


Un tractor faenando por unos campos, ¡Aún sin urbanizar! que acumulan una biodiversidad impensable

Este planeamiento no tolera la insolencia de la topografía; oteros, altozanos e incluso montes, son desmochados para rellenar zonas bajas o dejar a las máquinas trabajar sin contratiempos y facilitar la tarea a arquitectos obtusos, con vértigo crónico por la diferencia de cotas.

Los últimos restos del Alto de las Peñuelas -un magnífico enclave botáncio y arqueológicopara el recuerdo- antes de su costosa desaparición

Otros espacios como los bordes del Ensanche de Vallecas, con aisladas edificaciones de cientos de vecinos, pero como en tierra de nadie, tienen sus parques y avenidas más externos abandonados y degradados; mal común del despilfarro inmobiliario, achacado a la crisis, pero son los “flecos” urbanos que sin crisis estarían igual, aunque no tan deslabazados como ahora.

Parques abandonados en el entorno del Ensanche de Vallecas, las plantas nativas van retornando a sus terrenos

Todos los bordes de los caminos, carreterines y pistas por donde puede pasar un vehículo,  se han convertido en lineales campos de escombros caseros, y no tan caseros, por aquí vierten ilegalmente hasta los ayuntamientos. 


      Hay que agradecer la inestimable ayuda de la ex-lideresa madrileña que dijo que iba a potenciar la recuperación de residuos en Madrid, y para ello no se le ocurrió, sino duplicar las tasas de recogida de escombro en los vertederos, consiguiendo que si antes mucha gente vertía en los caminos, ahora lo hacen prácticamente todos (comparar cualquier imagen de Google Earth con lo que veáis ahora). 

Estado en el que se encuentra el vértice geodésico Cumbres de Vallecas, ahora por debajo de las escombreras de Valdemingómez

      Siempre he pensado que un alcalde debería coger la bicicleta y darse un paseo por los caminos inmediatos a su ciudad para ver la verdadera realidad de su “lugar en el mundo”.


  También existe un arbolado e idílico río Manzanares, hasta que lo hueles, o ves la vegetación dominante, hiper-nitrófila y unas infraestructuras desmedidas y entrecruzadas: M-45, M-50, AVE, alta tensión, autovías y radiales de pago, incluso hay una abandonada, entre Mejorada y Loeches que no lleva a ninguna parte y no consigo imaginar su intención.

Una radial de peaje (he visto los puestos de cobro) que no sé adónde podría llevar

Pero incluso en medio de este caótico panorama surge la vida, en forma de una nueva colonización, incluso acabo encontrando algunas plantas poco comunes o muy poco comunes, y una fauna que va de la común a la insospechada...


sin palabras

 Y sin duda, el gran valor que aquí cobran los últimos enclaves de la vegetación poco alterada, por ser lo último de su específica raza y por su efecto “semillero” para las inmediatas zonas vecinas. Esa mezcla en un lugar de variada litología, con cuestas a rayas, verdes o rojizas; los blancos yesares o los tostados arenales, bien del Manzanares o intercalados en los llanos, a la que responde, cuando se lo permiten, una vegetación fuera de lo común, máxime al verla tan cerca de la urbe.

Mezcla de Serrátulas, Klasea flavescens y Serratula pinnatifida en una zona sin alterar demasiado

En esta lacerada región se encuentra la vegetación más “castiza” de Madrid, una que dará que hablar en este blog más adelante. Hace  años Salvador Rivas-Martínez resumía la ecología de Madrid diciendo que la sierra llegaba hasta más abajo de la Universitaria, y de ahí para el sur, ya todo era La Mancha.

Dos plantas muy poco comunes en Madrid, Achillea odorata y Achillea ageratum

 No le faltaba ninguna razón, aunque nos hayan alterado el significado de “manchego” llevándolo políticamente, bastante más al sur. Pero la vegetación de la que estoy hablando, es precisamente  la que nace en ese contacto, en esa región de mezcla (como todo lo madrileño), entre la Sierra y la Mancha.

Un bello coleóptero sobre una planta que hacía más de un siglo que no se veía por Madrid, el Allium nigrum

La vegetación está dominada por los grandes espacios de pastizal, un pastizal muy rico y variado, aunque sujeto al golpe de los esporádicos arados, de unos espacios más especulativos que productivos, el famoso “barbecho  industrial” en espera de unas recalificaciones que ya se han producido.


Macizo de Scorzonera angustifolia en un pastizal

 Los árboles son escasos y naturalizados, como almendros y pinos carrascos, los neófitos Ulmus pumilla que  de olmo tienen poco o el paraíso, Eleagnus angustifolia  tampoco es raro en las zonas bajas. Solo aparece lo verdaderamente autóctono en las zonas bajas (tarajes y olmos) o en los bordes montuosos (coscojas y encinas).

Pumilas al fondo, algún almendro y el gran Astragalus alopecuroides en primer término

Apenas hay arbustos, reducidos a retamas, esparragueras y alguna aliaga, pero sí plantas vivaces de gran tamaño, bellos cardos como las Klassea flavescens, Phlomis herba-venti, Astragalus alopecuroides, Plumbago europaea, etc., a parte de las abundantes especies nitrófilas y ruderales en una amplísima gama como no lo hacen en ningún otro  lugar madrileño.

El Echinops strigosus, bello cardo de la zona de mezcla entre la Sierra y la Mancha

No  faltan  en esta zona las típicas afecciones que ocurren en casi toda España, la usurpación de caminos, las infraestructuras que cortan sin alternativa los antiguos caminos o la pérdida del patrimonio de vías pecuarias de todo rango. Valga de ejemplo la Cañada Real, verdadero pasillo urbano en medio del campo.

Al fondo derecha, un tramo de la Cañada Real, a izquierda el vertedero madrileño, fuente de los numerosos cánceres de Rivas

  En la Cañada Real ya me han preguntado demasiadas veces que si vendo mi bici; creo que si estuviera menos curtido, directamente me dirían, “trae acá pacá esa bici,  pringao”. Hace  pocos años no tenía reparo en  atravesar sus peores tramos, pero eso ha  ido cambiando a peor.


Parte de la ciudad vertedero de Valdemingómez

        El tramo cercano a la carrerera de Valencia, se ha vuelto verdaderamente peligros, con los yonkis en plena faena en las cunetas, tenderetes de cuatro tablas para el negocio, centinelas al tanto de polis y trifulcas y mal rollo generalizado.

Por aquí, Valdemingómez, pasaba un arroyo, arriba cientos de cigüeñas esperan al camión de la basura

Rodeando precisamente estos andurriales, existen áreas naturales verdaderamente interesantes, pero el ambiente de escombrera es omnipresente, ya sea por la presencia de las montañas artificiales de escombros de Valdemingómez o por la presencia de residuos en todos los bordes de caminos.


Andryala ragusina, un indicador de suelos arenosos en medio de estos llanos

    En el verano o sea, de mayo a octubre, prácticamente aquí se instala una nube de humo permanente, a los numerosos incendios de pastos y rastrojos, se le une el pestilente humo de la quema de plástico para sacar el cobre de cableados robados en todo Madrid o el humo cancerígeno de los residuos de Valdemingómez.


Pero hay más que suficientes rincones, especies o cosas por descubrir en estos despreciados rincones madrileños, cada día que me doy un paseo por estas zonas encuentro algo nuevo e interesante, neófitos insospechados, plantas en peligro, localizaciones de especies perdidas en los archivos de los primeros botánicos de la escuela del famoso Cerro Negro madrileño.

Población desaparecida de Lepidium cardamines en el término municipal madrileño

 Lo triste es que de a poquitos, de a pequeños mordiscos, la nada va comiéndose rincones y espacios muy valiosos, el rincón de los Lepidium cardamines ahora es un terraplén, pero aún así sigo encontrando joyas tan o más llamativas. Hay que poner en valor lo que tenemos, defenderlo y salvarlo de la especulación, para disfrute de todos, para poder respirar mejor en una ciudad cada vez menos humana.


Incluso en la escombrera más cutre, puede aparecer la belleza, en este caso de una mata de acanto


               
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