viernes, 29 de mayo de 2015

El Mayor Enebral de Europa



                "Si los libros no mienten, aquí tenemos el mayor enebral de Europa, pero claro también habría que ver si los que hacen los libros mienten o no, porque hoy miente y engaña todo el mundo,…", así hablaba el paisano al que le preguntamos por el camino del enebral e iba a decir de qué libro se trataba cuando mi hermano le interrumpió con otra pregunta pertinente, y me quedé con las ganas de saberlo.


Berrocal  rodeado  de jaguarzos (Hallimium ocymoides)

            No sé dónde lo pone y tampoco me he podido informar. Pero desde luego el enebral de Viandar de la Vera, es uno de los mayores enebrales de España y si lo es, también lo debe ser de toda Europa, aunque yo pensaba que era el no muy lejano de Arbillas, pero en Ávila.


                El enebro es árbol rústico y duro por definición, no es común que forme masas puras, pues suele compartir su terreno, a no ser que el terreno sea muy malo, entonces ahí es el amo y señor. Suele aparejarse con la encina, dando un tipo de vegetación habitual y definitoria de los encinares silíceos madrileños, desde donde irradia hacia los pizarrales del sur de Ayllón y hacia las sierras nor-toledanas y valle del  Tiétar, donde ya toma otro cariz más luso-extremadurense.





                El enebral, no es una vegetación potencial, climácica, sino que depende de la dureza (pobreza) del sustrato y/o del clima; forma una vegetación permanente, propia de determinadas estaciones en las que por su exposición, edafología o sequedad, no están en consonancia con las condiciones edafo-climáticas medias de la zona.


La margarita Tolpis barbata, una habitual del pastizal anual del enebral

            A pesar de esto, en localidades tan favorables para el enebro,  como aquellas en que simplemente existe una falta de competencia, prospera de tal forma que compite con el robledal que es el verdadero árbol de las laderas "normales" de la Vera. Aunque después de ver los encinares de ladera veratos, creo que el enebral es un encinar del que sólo han quedado los enebros o son un paso previo para el encinar que vive en los suelos más difíciles de estas laderas.



                Esta competencia puede venir de la facilidad de dispersión de las bayas del enebro (gálbulas), que si sois aficionados a la nueva moda de la ginebra con “botánicos” os gustarán por el sabor que le dan, aparte de lo que ya lleven en origen. Tordos y zorzales, propios y emigrantes, son los que distribuyen efectivamente estas semillas. 


La dedalera (Digitalis thapsi) entre las ramas de un enebro

             Hasta aquí lo natural, pues de la mano del hombre lo que ha ocurrido es que se está abandonando, casi totalmente, el pastoreo de las cabras. Sigue habiendo muy buen queso de cabra en la Vera, pero cada día se ven menos cabras y cabreros por el monte. Si por un lado dejan crecer el monte, con la enorme expansión en los últimos decenios del enebral, principalmente; por otro lado el riesgo de incendio está incrementándose de la misma manera.


                Este gran enebral, no lo es tanto, es una mancha a tramos grande y espesa, pero hacia los extremos, Losar y Villanueva de la Vera se hace lineal y disperso, siguiendo las áreas más rocosas entre los 500 y los 900m. Hacia Madrigal y Candeleda, casi desaparece y llega a lo que antes pensaba que era el mayor enebral, el de Candeleda-Dehesa de Arbillas, parecido al de Viandar, pero no tan extendido por sus bordes como éste.

El roble Quercus pyrenaica en el mismo medio que el enebro, pero donde hay más suelo

                Como ya señalaba en otra entrada, el terreno del enebral señala un punto de casi no retorno en la dinámica vegetal. La vegetación climácica podía partir de un encinar o un robledal y por degradación y pérdida de suelo, se convertía en un enebral, lo que queda patente en muchos casos en los pequeños y en los escasos buenos encinares de estas laderas de solana de Gredos.


Pastizal anual al pie de las lanchas graníticas del enebral

         Un manejo oportuno del monte debería tender a la recuperación del encinar, pues sería la mejor manera de conservar y mejorar el estado de los suelos, en un lugar en que las fuertes y abundantes precipitaciones (en torno al triple de los requerimientos hídricos de un robledal) pueden barrer en un momento los suelos desprotegidos de estas verticales laderas.

El canchal de Sopeña rodeado de robles y enebros, al fondo izda. un pequeño encinar

                El enebral es relativamente pobre en especies vegetales, aunque ahora con la floración explosiva de esta calurosa primavera que aquí en la Vera, está entre las más secas de los últimos años, aparece como lleno de vida y colorido. Es la vegetación berroqueña, la de las pobres arenas silíceas con elementos occidentales, como la Euphorbia oxyphylla, o de mayor altura como el cerrillo, Festuca elegans, o de menor altura como los almeces Celtis australis.

Una de las pocas euforbias vivaces de suelos ácidos Euphorbia oxyphylla

                Estamos en el reino del berrocal, de las grandes lajas graníticas, los yelmos, los dorsos de ballena, los grandes bolos, las piedras caballeras. Aquí los suelos son escasos y arenosos, por eso la vegetación herbácea típica pasa por ser un cantuesar con mejoranas y, más degradado, da un ralo pastizal de hierbas turmeras, Xolanta guttata, la madre de las criadillas; una ínfima cistácea del mismo color de flores que la algo mayor y casi arbustiva Hallimium ocymides. Silenes, margaritas de todo tipo

Dos mini jaras, hierba turmera y jaguarzo, comunes en el ralo pastizal que deja el enebral


                En el berrocal también abundan  las dedaleras Digitalis thapsi, la resedácea Sesamoides purpurascens, acederas Rumex induratii, etc. En las lajas mayores, el agua chorrea largo tiempo por ciertos pradillos y lanchas, dando una vegetación peculiar de uñas de gatos Sedum pedicellatum, S. andegavense, S. arenarium, y con un poco más de suelo aparece el Hypericum linariifolia y el blanco Ornithogalum concinum.

El blanco Ornithogalum concineum

                Si cuidamos que no se produzcan los temibles incendios de verano, el enebral tiene garantizada una buena existencia. Ahora prácticamente no se le saca ningún provecho que no venga de la buena conservación de suelos y pastos, pero a partir de ciertas tallas añosas, cría una madera muy buena para todo tipo de trabajos rústicos.


A partir de la última casa de Viandar de la Vera comienza su gran enebral

            Antaño, era común, lo sé de la sierra del Piélago, usarlo vivo podándole convenientemente, para hacer los almeales, esos montones de heno que tenían que durar el verano y el invierno, dejando enebros sumamente altos, cuyas ramas empezaban a partir de los cinco metros; sobre ese tronco se apoyaba la hierba y se remataba con una buena sarta de retamas o escobas cruzadas.

El tronco de un enebro centenario casi se parece al del tejo


                La marcha con mi hermano y apuntada por teléfono por Alfon de Talaveruela, el mejor conocedor de estas sierras, terminó como de costumbre, en las puertas de lo mejor, a la entrada de la sierra. Con la promesa de unas buenas palizas para el cuerpo, otro día entraré en ese maravilloso mundo de gargantas encajadas, de cabeceras glaciares, de bosques impensables y de charcas esmeraldas.


              Para hacer un poco boca, de esas promesas aventureras, dimos con un buen bosquete de almeces, más de cien ejemplares de todos los tipos y tallas, se amontonaban en una recogida garganta, desde los mil metros hasta los ochocientos. La dureza e impenatrabilidad de esta garganta nos impidió recorrer este bosque, pero ahí está; no son árboles al pie de un lanchar o acompañando puntualmente a una garganta entre el bloquerío, es un buen bosque.
              
Bosquete de almeces y detalle de sus bayas, por eso aquí le llaman "bolero"




domingo, 26 de abril de 2015

Un Paseo por un "Canuto" Gaditano



            Hace poco realicé una  entrada sobre los bosques lluviosos ibéricos. Semanas más tarde, azarosamente, estuve por Algeciras y aproveché para acercarme a ver el interior de estas sierras gaditanas y “bucear” en lo mejor del bosque pluvial ibérico.



         Me ratifico, una vez visto el íntegro original, en todo lo expuesto en la anterior entrada; y aunque me han quedado muchas cosas por ver, ahora tengo una idea mucho más clara de la ecología de este tipo de bosques mediterráneos húmedos y calientes.

Scrophularia sambucina, una novedad para mí

            Estas sierras gaditanas tienen ventajas climáticas sobre lo dicho para las formaciones, “cuasi riparias”, del interior peninsular. De entrada apenas hiela en invierno y en los  veranos son algo más comunes los episodios nubosos, aparte de que los, casi constantes, vientos húmedos de un mar o del  otro, aportan la nada desdeñable “precipitación horizontal” de las abundantes nieblas orográficas y las rociadas matinales.


            El día prometía chaparrones, y alguno me cayó, pero en lugar de entorpecer la ruta, la hicieron mucho más acorde al verdor y a la frondosidad imperante por todos los rincones. Entonces se comprende mejor la enorme diversidad de helechos y musgos que crecen al amparo de esa humedad y que convierten estas serretas en un “punto caliente” de la biodiversidad de helechos, musgos y liquénes ibéricos, Canarias incluída.

Ruscos, helehcos y candilillos tapizan el suelo del bosque

           De hecho, con esta región tiene lazos innegables; y de hecho, hay quien incluye estos extremos del suroeste ibérico en la región macaronésica (Cabo Verde-Canarias-Madeira-Azores). Una muestra de los helechos poco comunes que aparecen por aquí son: Davallia canariensis - Phillitys sagittata - Culcita macrocarpa - Psilotum nudum - Pteris incompleta - Vandenboschia speciosa - Christella dentata - Diplazium caudatum; frente a otros más comunes.  


            El primer contacto con la vegetación algecireña me deparaba todo un botánico mundo nuevo, los espacios abiertos llenos del amarillo de unas  escobas que  desconocía (Stauracantha boivinii, Teline monspessolana, etc.), cunetas y baldíos llenos de plantas que desconocía (Scrophularia sambucifolia, Cerinthe major, Cynara baetica, Scilla peruviana, Asphodelus baeticus, Calamintha baeticus, etc).

La enorme Scilla peruviana en una cuneta del camino de acceso a la zona

Me interné primero por un arroyo principal, con una gran aliseda que prosperaba entre los grandes  bloques de arenisca, orlados de grandes y vistosas cárices; pero  ese día, con todo mojado, no me daba ninguna confianza saltar entre rocas y piedras mojadas. El suelo del bosque se encontraba tapizado de bellos geófitos blancos como  de ilustración de cuentos infantiles (Allium triquetrum).

Lágrimas de la virgen, un bello ajo forestal, fue la flor más abundante del bosque en estas tempranas fechas

            A partir de este río,  tomé el  arroyo que me interesaba con la intención de subir lo más que pudiera hacia la  montaña. Entre lo resbaladizo de las piedras ribereñas y lo selvático de ese primer kilómetro, tuve que desistir de esa idea y buscar los claros del bosque y, a ser posible, sendas en su  interior.


         Afortunadamente me vi en medio de un buen bosque, la mayor parte de él de quejigos andaluces (Quercus canariensis) que, allí  en donde había menos suelo, eran sustituídos por alcornoques o por acebuches.

Quejigos andaluces rodeados por alcornoques, más oscuros

            Pronto asocié la  imagen de la maraña de ramas a imágenes de la laurisilva de Garajonay. Claro que no ví loros (Prunus  hixa o P. lusitanica) pero si mucha vegetación lauroide: laureles, durillos o el labiérnago de hoja ancha (Phillyrea media). Pero lo que más diferente me pareció era el conjunto de lianas que subían o  bajaban de los troncos y que conseguía hacer el campo a través, casi impracticable. 


          Allí estaban impidiendo el avance de “la  botánica”, la hiedra, Hedera helix subsp. canariensis y sobretodo la pinchuda zarzaparrilla Smilax aspera, la parra Vitys  vinifera, los candilejos Aristolochia baetica, la madreselva Lonicera periclymenum subsp. hispanica, la nueza negra Tamus communis, etc.

Una maraña de zarzaparrillas y otros bejucos, impide el avance por muchos rincones del bosque

Bajo lo más espeso del dosel arbóreo apenas entra la luz, por zonas  a ras de suelo, apenas aparece vegetación herbácea. Me llamó la atención la  presencia del rusco, pero no solo el común, sino el que por el centro peninsular, solo crece en maceteros de sombra, el Ruscus hyppophyllum, junto con la rubia, aunque en una variante endémica de Rubia peregrina subsp. longifolia.

El aún no florecido lirio hediondo

      El suelo también se cubre de los lirios hediondos Iris foetidissimus, de lágrimas de la virgen Allium triquetrum y de un original candilillo, el Arisarum proboscideum y gramíneas y cárices varias.

El rusco y la rubia sureña, acompañados por polipodios

            Este clima del  Campo de Gibraltar ha conseguido variar ligeramente las especies a formas locales, como con ruscos, rubias, candilillos y también con el avellanillo, un arranclán, Rhamnus frangula subsp. baeticus, de hojas mayores que el común.

Las hojas recién estrenadas del quejigo gaditano (Quercus canariensis)
          O quizás ¿Ha sido el clima del interior el que ha cambiado a estas especies?, con un clima que ha ido amesetándose paulatinamente, pues partimos de climas fini-terciarios húmedos y cálidos que se han ido endurenciendo con el devenir de los tiempos hasta la actualidad.

El candilillo de los Alcornocales, una de las plantas más abundantes en lo más sombrío del bosque

            El ambiente húmedo y lo cerrado del bosque, creaban un ambiente fantasmal, además parece que el día frío y lluvioso, dejó el monte sin ningún visitante. Los quejigos andaluces iban progresivamente aumentando su tamaño según me internaba en el bosque, al mismo tiempo que se cargaban de musgos y helechos, a veces quedaba claro, que a estas iniciales alturas de primavera, tenían mucha más superficie foliar en la carga de helechos de sus troncos que en sus hojas

Un enorme tronco de quejigo tomado por el helecho Davalia canariensis
.
            Casi todos los quejigos andaluces tienen una forma parecida a encinas o alcornoques,  pero a lo bestia, en  contraste con los que yo conocía de alguna  garganta de Sierra Morena. Luego me enteré de que es  una forma debida a las podas para carboneo que afectó a estos bosque hasta no hace mucho tiempo.  


           Con carboneo o sin él, puedo decir que toda esta región posee uno de los bosques más variados e interesantes de toda la península, con una muestra de casi todos ellos. Pero no hay duda que están entre los mejores bosques mediterráneos lluviosos, junto con algunos del NE catalán o algunas serretas portuguesas litorales

Típico quejigo gaditano con porte en candelabro

Aparecen todas las queríneas marcescentes y esclerófilas, incluído el arbustivo Quercus lusitanicus, las formaciones de acebuchales, de puros a en buena mezcla con alcornoques, encinares, alguna pequeña mancha de pinar relicto de Pinus pinaster y llegando a contactar con los pinsapares de Grazalema. Los bosques de ribera muestran magníficas alisedas, fresnedas y en los más frescos “canutos” aparece el bellísimo rododendro.



Bordes de la aliseda orlados por Carex pendula
    Todo esto sin despreciar las faciaciones secas y termófilas de los palmitales costeros, a los “herrizos” o brezales de las pobres arenas cimeras, ricos en la rara carnívora Drosophillum lusitanicum. En fin, todo un compendio botánico ibérico y casi tropical que hay que preservar para las generaciones venideras.

Laureles entre los quejigos



martes, 31 de marzo de 2015

Los bosques lluviosos del centro peninsular


                Al hablar del bosque lluvioso no hay porqué referirse necesariamente al bosque tropical, al “rain forest” o bosque pluvial. Pero la idea general es esa y algunos de nuestros bosques si no tropicales, sí son sub-tropicales. Si las temperaturas no son tan calurosas todo el año, al menos son suaves en invierno y calurosas en verano; pero, eso sí, siempre con precipitaciones altas y mucha humedad; por eso aparecen en situaciones protegidas frente a la desecación veraniega. Este tipo de bosques es poco corriente en nuestra península, aunque lo debió de ser mucho más, en periodos algo más húmedos y, sin duda, menos vapuleados, por nuestra acción humana.


                Nuestros bosques húmedos abundan por todo el norte peninsular, pero bosques cálidos y húmedos, eso ya es otra cosa, y habría que irse a las áreas más térmicas y mediterráneas del norte. A las fragas atlánticas de los tramos bajos y algo encajonados de ríos gallegos y portugueses, o a áreas norteñas como el Jaizkibel y bajo Bidasoa en Guipuzcoa-Navarra, cerca de la frontera francesa; o por el contrario bajar al sur e internarse en los encajonados “canutos” de los Alcornocales gaditanos y otros arroyos húmedos de los montes pre-litorales portugueses.


                Pero todavía quedan también por el centro peninsular, pequeños restos de lo que debió ser el bosque húmedo ibérico, el de las zonas más térmicas y lluviosas del interior; con una flora además, muy homogénea. Una vegetación que pervive difícilmente en intrincadas gargantas de los Montes de Toledo, en sentido amplio, Sierra Morena y el sur del Sistema Central occidental.

Un pino cascalbo gredense (Pinus nigra) entre la aliseda y junto a la Charca Verde

                Probablemente Gredos reúna las mejores condiciones hídricas, pero el estado de conservación del bosque es mejor en los montes Oretanos y en la vecindad del Guadiana. Después de ver muchas de estas localizaciones, parece deducirse que estos valles suelen estar bastante bien protegidos de los vientos fríos y los desecantes del exterior de estos macizos, por lo que, no suelen aparecer en situaciones de borde, sino en el interior, en áreas de recovecos montañosos y encajonamientos fluviales.

En una aliseda cercana al Guadiana florecen estos narcisos

             El bosque potencial en el que se encuentran estas formaciones suelen ser robledales o, a menor altura, masas de quercíneas mixtas, como puede ser un encinar con quejigos en los suelos más profundos y alcornocal disperso. La arbusteda quizás sea lo más característico, ya que suele faltar a veces el dosel de robles o haber sido sustituído por pinares. 


Los durillos forman la parte principal de la arbusteda de estos bosques

         Esta arbusteda es básicamente lauroide, dominada por el durillo (Viburnum tinus) con madroños, hiedras, ruscos, brezos arbóreos y rojos, y al entrar más el sol, irrumpen una variada corte de jaras y genisteas, dominando Cistus populifolius, C. psilosepalus, C. salvifolius, Halimium ocymoides, Pterospartum tridentatum, Cytisus striatus y gran variedad de helechos con abundancia de Asplenium onopterisBlechnum spicant.

La carquesa aparece en los bordes menos húmedos de este tipo de bosques

                Es en las pocas localidades poco alteradas, donde aparecen los verdaderos especialistas de estos medios, los árboles, comandados, siempre cerca de los arroyos por el loro (Prunus lusitánica) y en algunos escasos puntos por el abedul oretano (Betula parvibracteata), en alguna localización y más escaso, puede aparecer el acebo (Ilex aquifolium), el tejo (Taxus baccata) por arriba, en áreas más frescas y el almez (Celtis australis) por abajo, en lo más caluroso. El laurel (Laurus nobilis) puede aparecer asilvestrado, aunque no en áreas ya más cercanas a la influencia oceánica.


El acebo se ve muy poco, tanto que éste pensé que era un loro

             En alguna localidad de Gredos llega a entrar el pino cascalbo (Pinus nigra). Otro de los grandes protagonistas, junto con los robles (Quercus pyrenaica) es el ribereño aliso (Alnus glutinosa), pues este tipo de bosques aparecen en el ecotono entre la vegetación potencial del robledal y la riparia aliseda, aunque en los lugares más térmicos y secos, como Montes de Toledo haya sido sustituída por un abedular o un quejigar.

Endrinos en flor entre el matorral de durillos

                En Montes de Toledo este tipo de bosques se localizan en las escasas gargantas encajonadas de aguas relativamente permanentes (Gévalo, Ríofrío, Estena, Pusa, Cedena, Guadarranque, Gualija, Ibor, Viejas, Guadalupejo, etc.). También aparecen, en menor  proporción, en gargantillas que van a dar al Guadiana de Los Montes. 


Macizo de helechos reales en una arroyo ciudarrealeño

         Estos vallejos oretanos tienen helechos en abundancia, destacando, aparte de los citados, el helecho real (Osmunda regalis), combinado a veces con el mirto de turbera (Myrica gale) y siendo  abundante la alta cárice Carex pendula, el lirio Iris foetidissima y Narcisus hispanicus. Abundan también los mestos y quejigos, los madroños arbóreos, Acer monspessolanum y el agracejo (Phillyrea latifolia), mezclándose ambas pistaceas, cornicabra y lentisco, entre abundantes ruscos.

Setos de ruscos entre brezos arbóreos

                En Sierra Morena, al ser menor la altitud y mayor la mediterraneidad, apenas aparece, al igual que tampoco lo hacen el tejo, el abedul y el loro. Pero existen varias gargantas que tienen casi toda la vegetación descrita, a la que se unen los únicos robles gaditanos (Quercus canariensis) de la meseta, junto con el endémico Narcissus muñozii-garmendiae. En el noroeste extremeño, algo parecido pasa, con el roble pedunculado (Quercus robur) y otros narcisos.

La vinca suele ser habitual en los suelos del bosque

              En Gredos, lógicamente solo se dan en la cara sur, aunque es sospechoso el toponímico del pueblo de Loros en el norteño Aravalle. El bosque lluvioso gredense aparece  principalmente en el tramo central, allí donde los interfluvios son más altos y los valles más retorcidos, es decir, entre Candeleda y Ramacastañas. 

A veces se ven narcisos extraños, como el de arriba, abajo Narcissus bulbocodium

                Una acompañante clásica gredense es la bellísima Paradisea lusitánica, junto con todo tipo de vegetación nemoral; dando la nota lluviosa y norteña, la grácil (Linaria triornitophora) y una serie de plantas poco comunes como Astragalus gerardii, Leuzea raponticoides, Serratula monardii, Epipactis helleborine, Ononis pinnata, Symphytum tuberosum, Lithodora diffusa, etc.

Un grupo de loros (Prunus lusitanica) entre robles y fresnos

Por regla general, al bosque potencial se le unen los elementos lauroides antes mencionados, elementos hidrófilos y abundantes lianas, como la parra silvestre, las hiedras, la clemátide de flor acampanada, etc. A esta vegetación boscosa le seguiría serialmente, una alta arbusteda lauroide, con abundantes durillos, madroños, ruscos y brezos arbóreos, incluso ocasionalmente el arrayán o mirto. 

Brezos de turbera (Erica tetralix), mirtos de Bravanta (Myrica gale) y robles al sur del Guadiana

   En un estado de mayor degradación, a ésta le seguirían otros arbustos de menor porte, con parte de las especies anteriores y arbustos más heliófilos, como el brezo rojo, la carquesa, jaras y algunas escobas. A esta arbusteda, le seguiría otra de menor talla, pero ya poco diferenciable del bosque zonal. 


El areal del brezo de Portugal (Erica lusitanica), define muy bien el área potencial de este tipo de bosques en el interior peninsular

  Es el jaral-brezal típico, con muchos elementos anteriores y brezos (Erica arborea, E. lusitanica, E. australis, E. scoparia y E. umbellata), jaras (Cistus populifolius, C. psilosepalus, C. salvifolius, etc.), jarillas, (Helianthemum umbellatum, Halimium halimifolium, Halimium ocymoides, etc.), Tuberaria lignosa, Polygala microphilla, etc. Estos últimos formarían el llamado nano-jaral-brezal. 

La jarilla Cistus salvifolius no es exclusiva de estos medios

                Mucho se ha hablado de la laurisilva canaria, pues bien, estos bosques serían los últimos coletazos de la laurisilva peninsular. Una vegetación que está en el límite de la desaparición, una vegetación que en épocas de mayor continuidad sería más rica y uniforme, que iría por todo el oeste peninsular desde Cádiz hasta el Bierzo y sur de Galicia. Una vegetación que repartiría por todo el occidente húmedo y térmico , aemás de todo lo citado, a rododendros, a helechos casi-fósiles: Psilotum, Vandesboschia, Culcita, etc. y a una buena gama de quercíneas caducifolias.

El robledal ha sido sustituído por pinos resineros, pero el sotobosque es de brezos y durillos

                Entre el descuido, cuando no destrozo, humano; las necesidades de espacio y recursos hídricos actuales (principalmente huertos, segundas residencias, áreas recreativas, etc.); la agresión más importante es la derivada de los usos cinegéticos abusivos, pues la elevada presión de corzos, venados y jabalíes, impide de manera tajante y clara, la regeneración natural del bosque. Para colmo, el más que previsible calentamiento del clima, hace que esta vegetación tenga sus días contados si no hacemos algo por remediarlo.



Las gargantas y valles donde prospera son de difícil aprovechamiento, no costaría mucho dejar este bosque a su albedrío o mejor aún, ayudarle a regenerarse. La iberia tropical no está tan lejos, ni es tan utópica, solo hay que reconocer los bosques que tenemos y darles el suficiente tiempo y libertad para que se desarrollen.

Lirios hediondos (Iris foetidissimus) en una pequeña avellaneda sur-occidental

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