viernes, 31 de diciembre de 2021

Las Tierras Coloradas

 


       Por un golpe de capricho y por el vicio que le tengo últimamente a la vegetación de las arcillas, hablando con uno de los mejores conocedores de la serranía de Cuenca, me recomendó un sitio muy especial, ni grande ni espectacular, pero con unos colores fuera de lo común, colores tan protagonistas que el lugar se conoce como las Tierra Coloradas que yo asocié directamente a unas tierras altas y coloradas por sus rojizas arcillas.


     Situado en un lugar también muy poco conocido, pero mucho mayor, la Tierra Muerta de Cuenca, cuyo nombre evoca imágenes que ya dicen bastante de estos terrenos, vastas mesetas altas y sin agua, no tan altas como el interior de la serranía, donde ya tienen un toque alpino que garantiza campamentos de verano en torno a fuentes y sombras de grandes pinos, y por supuesto, tierras mucho más secas que éstas, un lugar donde casi solo aguantan las duras sabinas.


Me dio la ventolera y cogí el coche muy de madrugada y tras empollarme mapas e imágenes me fui para allá sin pensármelo, eran unos días tras unas buenas lluvias pre-otoñales y todavía no había empezado el frío habitual en esos altos parajes y pensaba que con suerte, podría encontrar una otoñal primavera, como empezaba a darse en algunos lugares secorros, pero bendecidos por el agua de unas lluvias septembrinas que habían teñido el campo prematuramente de verde, aunque lástima, octubre salió seco y truncó esas primaverales esperanzas.


Empecé a internarme por el monte al poco de pasar Cuenca capital, atravesando la ciudad desde el Júcar y el Huécar, hasta salir por lo alto del castillo y a partir de ahí, a disfrutar como un extranjero. A partir de cierto punto, ya todo me empezó a parecer igual, las pistas forestales se multiplicaban por donde solo tenía que haber una, hasta que decidí dejar el coche al borde de la carretera. Entonces comencé a andar y, como me temía, ni cobertura ni satélites ni leches.


Como viene siendo habitual, tiré de intuición geográfica encomendándome a San Cirilo, el patrón de los que han perdido el hilo, y me puse a andar monte a través, una maravilla, pero me estaba empezando a dar "yu-yu" eso de que todas las sabinas, preciosas por cierto, todos los pinos y todas las rocas, fuesen iguales o muy parecidas a todo lo que mirara, mirara para donde mirara. Es en estos casos cuando uno se acuerda de que siempre es mejor ir acompañado, pues ya me veía saliendo hecho polvo, por el lado de Valencia o el de Teruel, pero bueno, en saliendo ileso, mejor hacerlo solo que no llegar ni a intentarlo.


       Por supuesto que no vi a nadie en todo el día, ni siquiera oí vehículos, ni perros ni nada. No es la primera vez que me veo en el laberinto de la serranía de Cuenca-montes de Albarracín, muchos años atrás gustábamos de ir con la bici por esta región, durmiendo por la noche junto al coche y con brújula y mapas y, con todo y con eso, nos perdíamos, todas las pistas se parecían, todos los valles se parecían y había más pistas y más valles de los que señalaba el mapa.

Mineralizaciones fisurales en un paquete de lutitas (arcillas compactadas)

       El monte me parece magnífico, básicamente es un sabinar con retazos de pinar salgareño, con ejemplares añosos de troncos dibujados por sus grandes escamas blanquecina, pero el lugar está en un punto intermedio. Las sabinas a veces aparecen formando bosque, incluso en un punto encontré un chozo sabinero, no el clásico chozo con una sabina centenaria en su centro, pero sí con el tronco de la vieja sabina en una esquina soportando un par de muros y con su porte protegiendo la que hace un par de décadas, sería una buena cabaña.

Restos de lo que fue un chozo sabinero

       Me muevo todo el día en el entorno de los 1400m, siempre por el piso supramediterráneo, en un lugar con ciertas peculiaridades climatológicas, primero, la de su extremada continentalidad, tanto que aquí cerca está el llamado "triángulo del frío", la verdadera nevera peninsular, en el triángulo y zonas adyacentes, formado por Teruel, Calamocha y Molina de Aragón, donde casi siempre se han dado las menores temperaturas en áreas pobladas ibéricas.

Paisaje en piel de leopardo dibujado por la circulares manchas de la sabina rastrera Juniperus sabina

     Ocurre también que es aquí donde están los pueblos ibéricos más altos, salvo alguna Bética excepción y se encuentran rodeados a esas alturas superiores a los 1600m en un entorno cuasi oromediterráneo, dominado por un peculiar paisaje formado por las sabinas rastreras, Juniperus sabina, es el llamado "paisaje en piel de leopardo".    


      No siempre se dan aquí las temperaturas más bajas, pero estadísticamente, sí que lo hacen, baste de ejemplo la pasada Doña Filomena que dejó -26.5ºC en Torremocha del Jiloca o 25,7ºC en Molina de Aragón; la otra peculiaridad climática es que aquí la lluvia se reparte por igual entre las cuatro estaciones, con un verano, por lo menos hasta hace pocos años, que recogía una cuarta parte de su precipitación anual en sus típicas tormentas veraniegas.


       De camino voy viendo que aparece muy escaso algún quejigo Quercus faginea, por esta zona llamados generalmente robles, e incluso algunos pocos arces Acer monspessulanum. El matorral de agracejos Verberis vulgaris por doquier y cambrones de Genista pumilla y toda una buena gama de matas y tomillos, entre rocas y céspedes crioturbados. Solo en un par de puntos, recomidas o mermadas por las malas condiciones de clima y terreno, veo alguna coscoja.

Un agracejo, verdadero protagonista de la serranía, todavía con sus últimas hojas arreboladas

     Empiezo a echarle el ojo a la vegetación que esperaba ver y no, no hay primavera pre-otoñal, una flor no hace primavera, pero mi adquirido conocimiento en botánica forense, me va señalando lo peculiar que es la vegetación de este lugar.

Una flor no hace primavera, pero aquí aparece esta florida jarilla Fumana procumbens

       El caso es que remontando un arroyo parece que al final voy llegando a esos rojizos terrenos y en efecto, me voy quedando boquiabierto con el colorido y ese peculiar ecosistema en un lugar tipo albero de plaza de toros con grandes pinos y sabinas en los tendidos de sol y sombra. 


     Me meto a indagar sobre esas arcillas o arcillas con arenas, no son unas arcillas al uso como las de esta gran región calcárea en que aparecen numerosas arcillas por descalcificación de las calizas o dolomías y que ocupa las áreas bajas, sobre todo de los poljes o cubetas entre lomas y mesetas. 


     Esto que estoy viendo tiene un antiguo origen estructural, probablemente del Weald como se llama geológicamente al Cretácico basal del Sistema Ibérico que se caracteriza por buenas acumulaciones de arcillas que tuvieron lugar en tres episodios consecutivos (formación Cortés, Huérguima o Contreras) dentro de este período, pero no sé a cuál adjudicárselas, si es que es una de ellas.


    Empiezo a echarle el ojo a la vegetación que esperaba ver y no, no hay primavera pre-otoñal, una flor no hace primavera y voy notando lo peculiar que es la vegetación de este lugar. Como ejemplo una planta adaptada a ver desaparecer el suelo bajo sus horizontales y pequeñas ramas, es la jarilla Fumana procumbens, que aquí por el salto de varios centímetros entre sus ramas y su descubierta raíz nos señala una importante denudación debida a la erosión de un sustrato tan débil.

Levantando sus horizontales ramas sobre el suelo que desaparece bajo ellas, un montón de matillas de Fumana procumbens

       La verdad es que estoy bastante verde en las plantas propias de esta región, ya me gustaría venir con Juanma o con Óscar e ir empapándome de acertados latinajos, hoy tirando bastante de botánica forense, algunas cosas raras empiezo a encontrar, una peculiar Arenaria que creo A. erinacea, también entre el empradizado y estas arcilla, una Armeria que creo sea la endémica A. trachyphylla.

Arenaria erinacea

     Llevo unos pocos años viciado con la que creo que es la vegetación de las arcillas, quizás más centrado en las madrileñas, pero viajando más allá sigo viendo muchas coincidencias y variantes, por eso quería ver estas arcillas, para intentar reconocer su vegetación antes de que todas las plantas estuviesen "fanés" por las heladas otoñales.

     Al poco encuentro una planta propia de un todo un género que se puede considerar como argílico, los Carduncellus, un género de bellas flores azules en apretados capítulos. Hay algunos que crecen en arcillas de descalcificación en zonas altas y medias, como este C. monspelliensium, aunque cerca aparece otro más norteño de parecida ecología, C. mitissimus; de zonas más bajas o de arcillas con yesos intercalados es C. hispanicus y de arcillas con mucho magnesio C. cuatrecasasii, aunque si a eso le sumamos unas arcillas muy expansivas, tenemos el teóricamente extinto C. matritensis.
El pequeño Carduncellus monspelliensium abunda por estas arcillas

     Otras especies que veo, quizás están más relacionadas con las arenas, plantas como Arenaria erinacea o Armeria brachyphylla lo son, pero una muy propia de estas altas arcillas ibéricas es un bello y níveo endemismo, la artemisa, ajenjo o hierba cominera como llaman popularmente  esta aquí blanquísima Artemisia pedemontana, una planta que puedo comprobar como es capaz de autorregarse gracias a su fría tonalidad que consigue empaparse de rocío a poco que bajen las temperaturas nocturnas. Ahora puedo comprobar como estas plantas están empapadas y chorreantes, mientras que sus vecinas, más oscuras, simplemente aparecen secas.
Artemisa pedemontana adaptadísima al viento desecante de estas altas mesetas, pero por la mañana cargada de rocío

    También veo tomillos que no conozco, muy laxos y de ramas largas, algunas vellosillas (Hieracium spp.), auténtico galimatías taxonómica donde no pienso meterme. Incluso me comentaron de estas arcillas que por aquí aparece otra especie de un género tan raro como específico de las arcillas como es Hohenackeria, si bien la que aparece en estas arcillas es H. exscapa y la prácticamente extinta es H. polyodon de arcillas magnésicas tan expansivas como las madrileñas.
Un desconocido tomillo (para mí al menos)

     Una región donde los árboles, sometidos a esas duras condiciones del páramo, tardan tanto en crecer y de forma tan retorcida, es como para dejar esa madera en el monte, para siempre, para que su hojarasca y restos, den unos buenos pastos ganaderos a esa cabaña que todavía sigue aprovechando esos montes, desde ganado bravo que sigue en trashumancia, aunque a muchos no les quepa en la cabeza, a las ovejas que aún usan la cañada real conquense.

     Pero ya se va viendo cada año más ganado de escopeta y menos del tradicional, lo que no es tan bueno, porque aquí siempre la avaricia rompe el saco y se lleva la carga animal, hasta extremos muy superiores al límite de lo que da la vegetación de la zona de para alimentarles sin salir seriamente comprometida.


     Deberíamos cuidar esta enorme y salvajes extensiones de terrenos como si fueran el gran aljibe, la fuente del agua que va a dar vida a una buena parte de Levante, del sur del Ebro, del Tajo e incluso del Guadiana, preservando esta esponja verde que son sus bosques y matorrales.


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