martes, 31 de julio de 2018

La Sagra


              Hoy la entrada va de secarrales y mucho más de medio país tiene mucho que ver con ellos: Los “secarrales” tienen mucho más que ofrecer de lo que a primera vista pensamos, a menudo con mucha mayor diversidad que algunas zonas boscosas. Al aparente desierto veraniego, le sigue a una primavera esplendorosa y algunos pastizales, como muchos de la Sagra, son sin lugar a dudas, verdaderos reservorios de biodiversidad.



       La Sagra es una región toledana, aunque compartida por el norte con Madrid. Los límites geográficos son el río Guadarrama al oeste y el Tajo a sur y sureste; sus límites norte y este llegan al borde metropolitano madrileño, contactando con municipios como Parla, Pinto o Valdemoro. Lo que aúna esta región, son los relieves poco marcados y los amplios valles y vaguadas, en un área muy seca (no llega a los 400mm. anuales) y calurosa dadas sus bajas cotas altitudinales.



   Litológicamente estamos en materiales del mioceno medio e inferior, éste último reflejado en su abundancia de sales que a veces se mezclan con sus otras dos litologías principales, los yesos y las arcillas. Quizás las áreas más occidentales, vecinas al río Guadarrama, las menos "sagreñas", se caracterizan por tener otra litología, no menos deleznable, arenas y arcosas procedentes de la sierra madrileña, de carácter más silíceo frente al dominio basófilo o gipsícola del resto de la región.


Aspecto primaveral del aljezar, con atochar de esparto arriba y abajo el blanco lepidio de hoja estrecha

           La Sagra está vertebrada casi simétricamente en torno al arroyo Guatén, arroyo aparentemente desmesurado en terrazas y formas erosivas para el escaso caudal que acoge, pero es porque hace tiempo (geológico), el actual Manzanares trazaba su curso por él llegando hasta el Tajo cerca de Toledo, hasta que fue capturado por un pequeño afluente del Jarama. Con el lado sur del Tajo, existe cierta simetría casi en todo, respecto al valle del arroyo Cedrón (parte superior) o Melgar (parte inferior del mismo) que drena una gran cuenca arcillo-limosa, con una geología y clima, prácticamente idéntico al de la Sagra, mostrando una clara continuidad ecológica con ella; zona también rica en buenos saladares (Villa sequilla, Valdecarábanos o Dehesa de Monreal), incluso en mejor estado que los del norte del Tajo.


Una laguna-saladar del extremo noreste, ya en la Sagra madrileña

               Generalizando, esta región se define espacial, ecológica y estructuralmente, por sus estratos geológicos. En gran parte, al norte y noreste, está el estrato superior con los únicos niveles de cierta dureza, como pueden ser dolomías y sílex que marcan las cotas superiores de la comarca, con el monte isla de Magán y su fábrica de cemento en su base, destacando en toda el área suroeste y el cerro Batallones y aledaños al este; los estratos inferiores, comienzan una serie básicamente arcillosa, con margas en algunos casos y materiales arcillosos poco comunes como bentonitas o sepiolitas.

Lomas redondeadas sobre estratos arcillosos, de los pocos lugares sin cultivar gracias a la caza

          Más abajo comienzan las margas yesíferas y los yesos, para que finalmente, ya cerca del nivel de base del río Tajo, vuelvan a aparecer arcillas oscuras. Es por la riqueza en arcillas que tradicionalmente, la mayoría de los ladrillos madrileños, proceden de esta comarca.


Taludes arcillosos cercanos al Tajo, hábitat del raro Aizoon hispnicum

          La Sagra es una de las regiones más humanizadas de la península, pues el estar situada al sur de la capital española contribuyó poderosamente a ello desde los primeros tiempos de la corte, incluso Cervantes conoció de la prosperidad y se casó en Esquivias, ciudad, como otras localidades sagreñas, enriquecida por ser una buena despensa cerealista muy amplia y cercana a la capital madrileña.


Rodal de Ammi visnaga en el borde de un campo de cereales

                Su historial prehistórico es completo y posee, para desconocimiento general, el que hasta ahora es el mayor yacimiento paleontológico europeo, el del cerro de Batallones, aún a medio excavar y que en cualquier otro país contaría con un buen museo sobre sus grandes y numerosos hallazgos faunísticos. También y hasta que ardió en mayo de 2016, como todo el mundo preveía, existió el mayor yacimiento de ruedas de desguace que ha habido en España, el de Seseña en el Quiñón.


A pesar de cierto progreso mal entendido, la Sagra sigue conservando rincones de alto valor natural

                Ecológicamente, esta región está muy tocada, la expansión urbanística descontralada de la metrópoli madrileña, la industria de ladrillos y cerámicas, una casi pantacruélica red de autovías, peajes incluídos (aún en desarrollo) y la sobre-explotación agrícola que no deja de rebañar retazos al monte o a los arroyos, han dejado un paisaje humanizado bastante desolador. Dada la agresividad agrícola, paradójicamente, son los espacios en barbecho especulativo, las canteras abandonadas o las fincas reservadas para futuros desarrollos o infraestructuras, los que han ido recuperando sus antiguos valores naturales.


Tendidos eléctricos, autopistas y autovías, el AVE, la minería y una agricultura industrializada, afean los campos de la Sagra

              Incluso, en las escasas áreas montuosas, se impusieron en los 60’ monocultivos de pino carrasco que han dejado, en los pocos sitios donde prosperaron, unos montes verdes por fuera, pero vacíos y negros por dentro. Aún así todavía queda una gama paisajística interesante, que va desde los escasos retazos de encinar manchego a los olivares, pastizales, juncales y saladares de interior.


En las mesetas y sus peanas, de materiales más duros, se asientan olivares, pinares y restos de encinares

      Es ahí donde radica la riqueza de la Sagra, en una vegetación adaptada a una litología tan poco común como puedan ser su litología más especial, las sepiolitas, las arcillas, las margas yesíferas o las sales.

Llama la atención la abundancia de alcachofas silvestres en los materiales arcillosos

Incluso, muy dificil de ver, aún se puede encontrar, abajo, la rarísima Cynara tourneforii


                El espacio cultivado ocupa la práctica totalidad de las áreas arcillosas que son, sin duda, las más ricas y retienen más el agua, al menos para el cereal, pues al secarse se agrietan en bloques que cortan las raíces al retranquearse, soportando tras ello una  aireación que reseca aún más el terreno. Esto lleva a que las numerosas adaptaciones de las plantas termófilas a esta sequía añadida, acaben triunfando sobre plantas menos adaptadas.


El cardillo de las arcillas, Scolymus maculatus, muy diferente del también comestible Scolymus hispanicus

Por todo lo anterior, es por lo que hasta aquí pueden llegar especies de carácter sureño, a parte de las adaptadas a la compacidad de estos suelos pesados. Plantas poco comunes e interesantes de estos medios son: Amni visnaga, Cynomorium coccinum, Cirsium echinatum, Crepis alpina, Cynara cardunculus, C. tournefortii, Echinops strigosus, Kickxia lanigera, Malvella sherardiana, Ononis biflora, O. spinosa, Scolymus maculatus, Silene muscipula, etc. En los taludes arcillo-yesíferos destacan los endemismos Astragalus scorpioides, Rochelia disperma, Trigonella spp., etc. y si existe alguna influencia salina, en los rincones más térmicos y protegidos de la Sagra puede subsistir el aquí escasísimo Aizoon hispanicum. o 


El escaso Astragalus scorpioides puede hallarse en taludes arcillosos de la Sagra
Este año las Herniaria spp. abundan al pie de los taludes yeso-arcillosos
La belleza de cardos y cardillos desdice su fama de malas hierbas, arriba Echinops strigosus y abajo Cirsium echinatum

        Las lomas sin cultivar y pedregosas (dolomías, calizas o sílex), están cubiertas de unos variados tomillares y efedrales, con tomillos, astrágalos, salvias (S. argentea, S. verbenaca), linos (Linum suffruticosum, L. austriacum, L. strictum), coronillas (Hippocrepis commutata), zamarrillas (Teucrium gnaphalodes, T. capitatum), jarillas (Helianthemum angustatum, H. asperum, etc.), lastones (Stipa spp., Avenula spp., etc.) con alguna especie poco común, como Silene otites e incluso, al sur del Tajo, la muy térmica Fagonia cretica.


Aljezares con espartal, con albardinales a sus pies

          En los yesos las lomas aparecen blanquecinas y con poca cobertura. Aquí aparecen todas las especies clásicas del “aljezar”, los jabunales de Gypsophila struthium, los espartales en la lomas con menos suelo y al pie de los cerros y fondos de valle las espartinas o albardinales de Lygeum spartum; con algo más de humedad y finos que la retenga, aparecen los bolinares de Artemisia herba-alba y los tomillares saperos de Frankenia thymifolia que ya en los fondos de valle se enriquecen en acelguillas saladas Limonium spp. y no muy alejados de las escorrentías de fondo de valle, el verdadero protagonista de esta región y, a mi juicio, sin duda, quién ha dado nombre a toda la comarca, los grandes y blancos matorrales de Atriplex halimus, la "osagra", ahora en retroceso como también albardinales y limoniares.


Osagras a la derecha y las floridas Lavatera triloba a la izquierda, planta en la que vive el escarabajo avispa Plagionotus marcorum

        El otro protagonista del paisaje sagreño, también blanquecino, es el calamino o sisallo, la Salsola vermiculata un arbusto que daba sustento a las ovejas de estos campos y buenas cualidades nutritivas a su leche. Ovejas hoy en extinción, como si de un raro endemismo más se tratara.


En los fondos de valle se instala la osagra, centro, y en las bajas laderas el calamino, en primer término

            Las áreas salinas ocupan las áreas inferiores y de peor drenaje, es decir las de nulo interés agrario, pero no sé qué tipo de perversión existe en las ayudas agrícolas de la P.A.C. que salvo en áreas demasiado saladas o de interés cinegético, estos saladares o salobrales, han experimentado un dramático descenso en su superficie.


Saladar con Juncus maritimus y Sarcocornia carinata en tonos rojizos

                Aquí aparece todo un elenco de plantas adaptadas a luchar contra el suelo para conseguir su agua y no perderla. Prácticamente están todas las especies típicas, incluso llegan Arthrocnemum macrostachyum, Sarcocornia carinata y muy puntual y rara, al sur del Tajo, Camphorosma monspeliaca. Un elenco de plantas amantes de la sal que viene a reunir en su localidad peninsular más occidental, una serie de plantas dispersas por saladares del Ebro, de la Mancha y costeros.



                Aunque en esta región tan seca y con esa litología tan propicia, también aparecen humedales menos salinos, tampoco dulceacuícolas, pero con una buena representación de plantas que toleran con mayor dificultad la salinidad que muestran pastizales, ahora en desaparición y hasta hace poco bien  aprovechados por el ganado que no son ni la sombra de lo que en tiempos fueron; donde en paralelo al arroyo Guatén, corría una de las mayores cañadas que cruzan el interior peninsular de norte a sur, aprovechando los buenos pastizales de las arcillas en tiempos de mudanza ganadera y estos pastos y arbustos medio salinos.


Pastizal salino y praderas juncales al fondo

           Estos pastos son casi saladares, con buenos juncales y calveros en los que aparecen especies salobres como Aeluropus littoralisSalsola soda, Spergularia media, etc. y en las praderas juncales Lotus glaber, Tetragonolobus maritimus y el bellísimo lirio Chamaeiris reichenbachiana, antiguo Iris spuria.
               
Lirio de junquera y el amarillo Tetragonolobus maritimus en una pradera juncal del Guatén

                La superficie de saladares a uno y otro lado del Tajo, tanto en la comunidad de Madrid como en la de Castilla la Mancha, tienen tal entidad e interés que deberían estar estrictamente protegidos como Parque Natural o Nacional, no una o varias microrreservas como existen hasta ahora en la parte manchega (Saladares de Valdecarábanos y Villasequilla; Salobral de Ocaña), sino que debería hacerse extensiva su protección a los saladares de Aranjuez (Regajal, mar de Ontígola y Carrizal de Villamejor) y por supuesto a todos aquellos que existen al norte del Tajo, desde los cercanos al río, a los más cercanos al área metropolitana madrileña.




jueves, 21 de junio de 2018

Un año de Gladiolos



      Hay años malos y años buenos, pero muy de cuando en cuando sale un año excepcional. Este final de invierno y primavera de 2018, ha sido de estos últimos. Por supuesto que como dice el refrán, nunca llueva a gusto de todos. Lo que a unas especies les viene bien a otros les viene mal, pero en general la mayoría de las especies, sobre todo las autóctonas, han respondido favorablemente e incluso en algunos casos de manera totalmente explosiva. Uno de esos casos ha sido el de una especie prácticamente inexistente en toda el área central ibérica, el bellísimo Gladiolus italicus.


No es el único caso, por supuesto y afortunadamente, pero quizás sea el más llamativo. Desde hace años y más aun siendo una especie tan llamativa, le hago el mayor seguimiento que puedo y da algún resultado, pues desde un par de ejemplares aislados en mitad de una siembra que fue la primera vez que caí en que no era el típico Gladiolus communis, hasta llegar a descubrir lo que el año pasado eran siete poblaciones.

Gladiolus communis, no confundir con Gladiolus italicus

   Este gladiolo prospera casi siempre sobre sustratos volcánicos, cinco poblaciones sobre ésos y dos  sobre calizas, pero en su inmediata vecindad. Eso me llevó a incluir esta planta en el selecto elenco de la flora volcánica centroibérica, es decir, la del Campo de Calatrava, junto con alguna otra joya como el Allium nigrum, Cynoglossum clandestinum, Geranium malviflorum, Scolymus maculatus, Teucrium spinosum, etc.

El hermoso Allium nigrum comparte hábitat con el gladiolo, pero no ha sido tan explosivo

Hasta ahí una planta que me extrañaba enormemente que no hubiese sido herborizada en toda esta zona centro. Los únicos datos que conozco, son según Anthos, una población cerca del río Segura en Albacete y otro caso más sangrante, el de su lamentable extinción a manos de las autoridades medio ambientales madrileñas, en el tristemente célebre Centro de Transportes de Coslada, en el extrarradio madrileño; también de casualidad localicé un par de ejemplares en una zona caliza cacereña. Para una planta  llamativa y descarada como ésta, un claro indicador de que o no hay botánicos entre el público o que probablemente, salen muy poco de sus despachos.

Distribución de Gladiolus italicus en la península ibérica

Hasta ahí lo que consideraba normal, vistos los últimos veinte años, solo conocía el caso de una parcela, habitualmente con caballos pastando, donde en los años buenos llegaba a haber varios cientos de ejemplares, hasta que llegaba el arado y ponía orden en esa orgía floral. Pero lo de este año no tiene nombre ni parangón, un día me acerqué a ver esa parcela y en efecto, estaba llena de gladiolos.


     Pero también ví varias fincas que desde lejos cogían el tono rojo fucsia de la ingente cantidad de plantas floridas. De varios ejemplares en algunas dispersas y escondidas localidades, a cientos de miles en varios kilómetros cuadrados. Por contra, la mayoría de esas conocidas pequeñas localizaciones, no gozaban de esa ruderal orgía de los grandes campos de cereales y seguían teniendo pocos efectivos.

Pocos ejemplares en una localidad "salvaje" y húmeda, junto a la rara Thapsia transtagana

  El más común y perdón por la redundancia, Gladiolus communis, hasta hace poco con el más poético nombre de Gladiolus illyricus, es una planta de gran amplitud ecológica que he visto desde el nivel del mar, hasta los cerca de 1200m de Montes de Toledo, de ahí hasta los yesos del Tajo, los granitos del piedemonte serrano, las cuarcitas centroibéricas o en las calizas del páramo.


Gladiolus communis en una localidad del Sistema Central

 Para complicar la cosa, ambos gladiolos son bastante parecidos, si bien la ecología del G. italicus es basófila, algo termófilo y con gran apetencia por las arcillas, cosa que une localidades tan distintas como la de las arcillas verdes madrileñas y las volcánicas del campo de Calatrava.


Ambas especies tienen hojas muy parecidas, como espadas enhiestas (gladium), aunque Gladiolus italicus es mayor en todo, con las flores dísticas o sea mirando alternativamente en sentido contrario, cuando el G. communis casi las tiene superpuestas, con un ángulo solo ligeramente abierto. Las anteras de sus estambres mayores que sus filamentos y cuando fructifica las cápsulas son globosas, con estrías y relieves, y mayores que las del G. communis. Tallos, capullos, brácteas y frutos tienen una tonalidad algo vinosa o enrojecida, frente al tono general verdoso o solo ligeramente oscurecido de Gladiolus communis.


Me deja boquiabierto la capacidad de florecer de esta especie, en grandes sembrados muy trabajados, donde nunca he visto que asome ningún ejemplar, a pasar este año a contarse por miles de plantas. Solo puedo pensar que los bulbos siempre han estado ahí, profundos y que solo con unas lluvias intensas y continuadas han podido hacer llegar la planta a la superficie y completar una floración estirada varias semanas, vista la longitud y cantidad de flores ya pasadas en esas altas varas.
   

   Supongo que ahora a partir de ahora sí que algún botánico se habrá fijado desde su coche y que el mapa de Ciudad Real aparecerá punteado de localidades. Yo por mi parte, terminaré de meter esos viejos ejemplares aparcados a la puerta del herbario MAF, como parte de un pequeño arsenal de plantas raras.


Una planta que cada vez veo más clara de las arcillas, aquí mayormente procedente de materiales volcánicos. Esos bulbos son capaces de resistir el paso del arado y aguantar años enterrados. Por lo que he visto, su condición natural, su ecología, es la de las áreas bajas con bastante humedad, lo que también coincide con los lugares más ricos en arcillas y limos, las áreas de bordes de arroyos, tan demandadas por una agricultura cada vez con más apetito de tierras que arrincona los arroyos a su mínima expresión, y si no son importantes, incluso se pueden arar enteros aunque en época de lluvias, erosionen esos terrenos removidos.


Sigue siendo imperativo reservar áreas naturales en el entorno de esos arroyos volcánicos, algo aunque sea mínimo, pero por lo menos conservar alguna “muestra” digna de lo que hubo antes de que llegase el arado y los fitosanitarios de la cacería de subvenciones. Suele ocurrir ya con demasiada frecuencia entre botánicos que se preguntan desde la ignorancia más absoluta, cómo debió de ser tal o cual zona, antes de la intervención masiva de la moderna agricultura.



 Hace años, cuando nuestra naturaleza no era como lo es actualmente, nos reíamos de los botánicos ingleses porque decíamos que se iban a las cunetas de sus carreteras para poder estudiar su vegetación natural, dada su alta tecnificación agraria, ahora se da la triste paradoja de que todas nuestras cunetas se riegan con cantidades ingentes de herbicidas cancerígenos y ya no nos queda ni el consuelo de que persista algo de nuestra maravillosa vegetación natural en las cunetas españolas.


      Esto es general para todo el centro peninsular, pues la ausencia de arroyos y ríos verdaderamente naturales, cada vez es más dramática y nadie parece reparar en ello, como si fuésemos una sociedad insensible a este enorme desastre natural que llevamos decenios perpetrando. Luego maquillamos tanta destrucción con la plantación de cuatro pinos y encinas que durarán un par de temporadas, un día del árbol o del medio ambiente. Basta ya de hipocresía, años como éste en que vemos lo maravillosa que puede llegar a ser nuestra naturaleza más cercana, es cuando vemos el fuerte contraste de ver a las claras lo que estamos perdiendo y el lamentable paisaje que estamos legando a nuestros herederos.


El año ha sido espléndido y a pesar de todo lo que me he movido, me ha faltado tiempo y medios para moverme y ver todo lo que yo hubiera querido. Las orquídeas han estado masivas, sobre todo, las del primer turno y hace pocos días descubrí la mayor población de junco florido que he visto nunca, lo que tampoco es muy difícil siendo una especie en el umbral de la desaparición. Otras especies poco comunes, en el centro peninsular, también han estado espectaculares, como ha ocurrido con el rarísimo Astragalus scorpioides o como estamos viendo con el Teucrium spinosum que llega a adquirir portes arbustivos.


      No sé cuándo volveremos a ver otra primavera parecida, pues el año pasado fue un año de “libro” de lo que nos espera con el famoso calentamiento climático, primaveras que se acortan y abortan de golpe ante la irrupción temprana de temperaturas casi saharianas.



 Espero que no tardemos mucho en ser bendecidos con un año como éste y cuidar nuestro campo, valorar especies como ésta y recuperar campos y bordes de arroyos del centro penínsular para que cuando llegue un año tan bueno como éste, lo podamos fotografiar, oler, disfrutar y enseñárselo a nuestros hijos para que no sean tan "pasotas" y descuidados como sus padres y lo valoren y cuiden como se merecen estos buenos lugares de nuestros campos. No todo tiene que ser carne de arado, creo que es un derecho de todos conocer y disfrutar del buen estado natural del lugar en que hemos nacido.



jueves, 31 de mayo de 2018

Por la meseta cristalina de Toledo. Paseo por el río Algodor


                Esta es una región poco conocida , a caballo entre la depresión del Tajo y los Montes de Toledo, un verdadero puente entre una y otra región y la transición también, geológicamente hablando, de los últimos restos de la mesa de Ocaña - Tarancón, en la Cuenca de Madrid al macizo Hercínico o macizo Ibérico, en cuyo suelo nos encontramos; con ese cambio litológico de las calizas, margas y arcillas por un lado, a los granitoides y cuarcitas por el otro.


       El material que conforma esa clara y compacta región, es conocida geológicamente como la plataforma cristalina de Toledo, aunque hasta hace pocos tiempo se conocía como la comarca de la Sisla que es toda la región comprendida entre los Montes de Toledo y el río Tajo, con la Sisla Mayor, en cuyo extremo oriental, el delimitado por el río Algodor, he dado este paseo, y la Sisla Menor, ya más encajonada entre los montes y el río.



       Se trata de una meseta, elevada más de 200m. sobre el Tajo comprendida por materiales ácidos, fundamentalmente granitoides (pues hay granitos, granodioritas y migmatitas mayormente) y algunas alineaciones de cordales de cuarcitas que en su borde norte, en paralelo al Tajo, forman un rosario discontinuo de elevaciones aisladas que ha venido en llamarse como los Montes Isla de Toledo. Aunque realmente los montes isla, en sentido geológico son sedimentarios y serían otros: el monte de Magán, al norte de Toledo, reconocible por la cementera que ha acabado con su cubierta caliza cimera, u otros montes de los bordes occidentales de la Mesa de Ocaña en Yepes, Valdecarábanos o La Guardia.



      He recorrido parte del borde oriental de esta meseta cristalina, concretamente en entorno del río Algodor. Las rocas aflorantes por aquí, no son granitos, como poco más al oeste, ni cuarcitas, como al sur, donde podemos ver el castillo de Peñas Negras en Mora, en una cresta dominando esta industriosa ciudad, ni margas o arcillas como ocurre más al este y sureste. 


Roca de migmatita con las gramíneas Hyparrhenia hirta y las crucíferas en flor Coincya monensis

         Estamos sobre unas rocas muy parecidas al granito, son las migmatitas, una roca a medio camino entre las metamórficas y las plutónicas. Es como un granito deformado (gneis) en el que aparecen materiales transformados y sin transformar, dispuestos en bandas coloreadas de tonos claros, oscuros e intermedios dispuestos rítmicamente. A todos los efectos son rocas ácidas que se comportan como los granitos.


Tonos marrones de la migmatita en contraste con el blanco de Omphalodes linifolia.

          Pero estas rocas, incluídas los granitos cercanos, a pesar de su acidez muestran un compartamiento a nivel edáfico y botánico, bastante cercano a lo basófilo. Aquí está bastante reciente la denudación superficial que hizo aparecer estas rocas subyacentes, como son todas las rocas plutónicas, y además en condiciones tan xéricas, hace que los materiales tengan la impronta calcícola de miles de años de influencia de esa capa superior caliz.<400mm .="" a="" aumentar.="" b="" cenozoica="" comportarse="" cubierta="" de="" dejado="" el="" en="" eso="" esta="" hacen="" han="" hay="" i="" impronta="" lavado="" los="" manera.="" materiales="" mica="" nico="" no="" o:p="" ph="" por="" predominantemente="" qu="" que="" sicos="" suelos="" tiende="" una="" y="">
   Llama la atención que plantas típicamente acidófilas como las claverlinas, los escobones, los cantuesos, junto a otras, compartan espacio con especies típicamente basófilas, como las aquí dominantes Artemisia herba-alba , tomillos vulgares y otras. Y más llama la atención la presencia de especies como la abundante escoba blanca acidófila (Cytisus multiflorus). 



          Planta que siempre supuse que necesitaba una buena dosis de precipitación para prosperar y que en esta zona, creo no llega a los 400mm., mientras que en las peanas norte de Montes de Toledo, Gredos o en Extremadura, donde es abundante, la media de lluvia supera los 500mm.



           Otra planta, mejor dicho, árbol, que descubrí hace unos años, gracias a una magnífica entrada en el blog “En el Ecotono”, también aparece profusamente por aquí. Es el verdadero almendro silvestre que no “asilvestrado”, el Prunus webbii, un almendro, no reconocido unánimemente por los botánicos, nativo del sur (Italia y Grecia) y también suroeste (España) de Europa.



          Se cree que de la misma manera que griegos y romanos injertaron nuestros bastos acebuches para crear los olivares de aceite y aceituna, también fueron mayoritariamente injertados, pues sus frutos eran demasiado pequeños para que mereciese la pena su cultivo. Es curioso que tras validar la autoctonía de castaños y nogales, nadie quiera darle el certificado de nacionalidad a este arbolillo.



           Este almendro silvestre es muy fácil de confundir con un almendro asilvestrado que es lo que solemos ver mayoritariamente en montes y barrancos. Pero si ponemos atención no es tan difícil de identificar. Tiene un aspecto arbustivo, espinoso, seco y desaliñado y más ramas secas que verdes. Sus estrechas hojas y los frutos, son bastante más pequeños que los de un almendro asilvestrado. Las ramas se abren dejando ángulos cercanos a los 90º y a veces lo hacen en forma de abanico. Las puntas de esas ramas tienden  a terminar casi en pincho y sin hojas.



         Por suerte o desgracia, se suelen hibridar con almendros escapados, de los que hay bastantes por la zona, pero una vez vistos los primeros ya es fácil identificarlos. De hecho yo los he encontrado en algunos volcanes del Campo de Calatrava, donde además es tradicional que algunos de ellos lleven el repetitivo nombre de Arzollosa que es el nombre del almendro silvestre (y asilvestrado) en árabe y que en la Mancha ha perdurado, también bajo el nombre, menos común que el anterior, de “allozo”.



           Este año se nota que el campo sonríe a la cantidad de agua que le ha venido cuando más lo necesitaba después de la dureza del año y medio anterior a los últimos días de febrero, que fue cuando empezaron las lluvias de verdad. El Algodor no corría hasta mediados de marzo y ahora, ya ha llenado sus presas de El Castro y Finisterre. Comienzan muchas floraciones y otras ya se agostan, como ocurre con los primeros calores, aunque no sean muy fuertes.

Los dientes de león ya se han pasado hace pocos días

           Apenas hay unas pocas encinas y el árbol dominante es el almendro, con algunos ejemplares sueltos de olivos silvestres, más que acebuches propiamente dichos. 


Olivo silvestre entre arzollos o ayozos (almendros silvestres)

          La gama arbustiva pasa por las retamas, escobas blancas, jazminorros, espinos blancos en las vaguadas y negros en las rocas. Abundantes esparragueras y vegetación ribereña, con taray, algunos sauces y chopos.


Carrizales, con sauces y chopos en la vega fluvial del Algodor

             La vegetación tiene una cierta buena gama, porque aparentemente hay mucho esparto o artemisas, más propias de fases degradadas, pero la escoba blanca, jazmines, retamas locas y esparragueras podrían indicar lo contrario. También llama la atención la abundacia entre y al pie de los grandes bloques, de la gran labiada Ballota hirsuta, todavía sin florecer.


Ballota hirsuta en rellanos rocosos

      En las laderas, incluso altas, vecinas de río, me llama la atención, como también he visto en otras localidades, cómo remontan las laderas los tamujos (Flueggea tinctorea), quién iba a decir que es un arbusto ribereño. Quizás es que todos los ejemplares están conectados entre sí y se repartan un agua que, lógicamente, falta en esas, ya altas laderas.

En primer término tamujos remontando estas pedregosas laderas

          Eso ocurre con un tipo de vegetación bastante abundante en este tramo de la cuenca del Tajo. La vegetación relacionada con las arenas. Sobre esta meseta cristalina, el resultado de las alteraciones, es la arenización de estos granitoides y materiales parecidos, a lo que hay que añadir, las arenas de las facies sedimentarias procedentes del Sistema Central que llegan hasta el mismo Toledo, las arcosas.


Suelos arenizados con la bella compuesta Prolongoa hispanica

        Al norte de Toledo, esta formación sedimentaria toma un tono anaranjado, en la facies “Toledo” y un tono más blanquecino en la facies “Madrid” más cercana al río Guadarrama. Además hace tiempo, (geológico), el Manzanares venía a desembocar prácticamente enfrente de donde lo hace el Algodor, hasta que un pequeño afluente del Jarama, capturó su antiguo cauce aguas abajo del barrio de Villaverde, y todo lo que traía el Manzanares eran arenas.

Paisaje arenizado al pie de las rocas

           No hace falta fijarse mucho, ahora mismo es el momento de una pequeña, bella y abundante compuesta típica de las arenas no muy ácidas, la Prolongoa hispánica. Aunque el apellido es muy de aquí, el nombre es algo retorcido, pero es la margarita amarilla de las arenas. También, como no, aparecen sabulícolas clásicas como las pequeñas Malcolmia triloba, Linaria spartea, Rumex bucephalophorus o el Erodium aethiopicum, entre otras. Otro toque especial, aunque aún no ha llegado a su llamativa floración es la de la Pistorinia hispánica, planta muy parecida a un Sedum.


Tonos rojillos de Rumex bucephalophorus y abajo la Pistorinia hispanica aún sin florecer

             Este tipo de rocas tiene una buena colonización liquénica, destacando por el fuerte y colorista contraste con las rocas, los Acarospora de fuertes tonos amarillos.
            

                En unas lomas al borde de los berrocales y barrancos veo una tremenda colonización del cactus americano Opuntia streptacantha. Se escaparía de algún chalet y ahora avanza descontrolado, cerrando buenos espacios a otras especies nativas o incluso al paso humano. No es la primera vez que lo veo en medio del campo.


Esto va pareciendo un paisaje de la meseta central mejicana

               Rincón bastante desconocido, quizás debido a que a partir de principios de mayo es una zona muy calurosa y sin fuentes, aparte de lo quebrado del terreno, lo que, por otro lado, da pie a muchas sorpresas y todo tipo de rincones insospechados que habría que conocer, en este rincón de la geografía castellana.



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