Estamos en el macizo de Somosierra, con su cima más alta en el pico Cebollera (o Tres Provincias) a 2.128m, situada al noreste del pueblo de Somosierra, pues hacia occidente del puerto los cordales no llegan a los 1.900m, como en el Colgadizos 1.883m, aunque también a este tramo, entre el puerto de Navafría 1.774m que lo separa del macizo de Peñalara 2.430m y sierra del Guadarrama, y el puerto de Somosierra 1.445m, también es denominado como Montes Carpetanos. Ya hacia el este del puerto, se suceden la Sierra de Ayllón, que engloba los macizos del Pico del Lobo de 2.274m y del Ocejón 2.046m que se prolonga en cordales o sierras ya más bajas hacia oriente, como la sierra de Alto Rey 1.952m, sierra de Pela 1.521m y, finalmente Altos de Barahona 1.265m y Sierra Ministra 1.312m que ya contactarían con el Sistema Ibérico.
Este rincón madrileño es de lo más variado y ricos de toda la sierra, que llega a ser una cuarta parte del territorio madrileño. Aquí entre orientaciones variadas y la gran altura media de la zona, se llega a conformar un microclima que hace esta región más cercana al norte cantábrico que a la sierra de Madrid, algo parecido ocurre con el cercano valle del Paular, cuya orientación y protección contra el calor, hace que en estos territorios se asiente una vegetación de marcado carácter norteño. Muestra clara de este aspecto es la presencia, no de acebos, sino de auténticas y genuinas acebedas que nada tienen que envidiar a las cantábricas.
Igualmente ocurre con otras especies, no hay en todo Madrid, aparte de esta acebeda, ningún otro abedular y ningún otro avellanar de semejante entidad, en esta zona, de la que tampoco muy alejada, está el hayedo de la cabecera del río Jarama. Clima y una litología de micaesquistos y otras resistentes rocas metamórficas, contribuyen a la riqueza en manantiales y áreas húmedas que han hecho de esta región una zona muy rica en bosques y en pastos ganaderos de montaña. A pesar de ellos también aparecen numerosas repoblaciones forestales con pinos silvestres que afean, con sus rectilíneos contornos, los bordes externos del homogéneo pinar.
Bien es verdad, que el pinar aquí también es autóctono, pero es de cotas más altas que las actuales, sobre suelos por encima de los 1.650m o topografías más expuestas al frío en cotas menores o también en terrenos más rocosos o pedregosos; no en vano un cercano monte en las laderas orientales de este valle lleva el topónimo de La Pinilla 1.821m, como la vecina área y estación de esquí de La Pinilla, en Ayllón. En el entorno de esas alturas es donde debería estar el difuso límite entre la vegetación del roble Quercus pyrenaica, que es quien verdaderamente domina todas estas laderas hasta las cotas bajas, más cercanas a Buitrago 950m., o cotas inferiores, donde ya empiezan las encinas.
En las áreas inferiores, más que encinares hay encinas sueltas en las exposiciones de solana, ocurriendo un habitual ecotono entre robles, encinas y fresnos en lo más húmedo de estos pedregosos pagos situados entre los 800 y los 1000m. donde se hace sentir la continentalidad de este alto interior peninsular. Aquí también es muy frecuente en los fondos de valle una inversión de pisos de vegetación, estando los robles en las áreas más bajas y afectadas por los fríos anticiclónicos y las encinas en áreas poco más altas, pero alejadas de ese estancamiento del frío de las grandes o pequeñas “navas”.
La Acebeda de Robregordo se salvó de ser roturada y plantada de pinos al ser un monte comunal de este municipio, su dehesa boyal, el lugar de los vecinos donde podían disponer para tener su ganado particular, muchas veces caballerías de tiro y carga, en un lugar cercano a sus vecinos sin tener que pagar arrendamientos. Es relativamente pequeña, de unas 30has. pero densa y rica en arroyos, el principal el Madarquillos, y fuentes para abrevaderos.
Ocurre por zonas que el robledal aparece con un subvuelo de acebeda, a modo de orla o espeso acompañamiento del roble. Se trata de una conjunción bastante característica, como si el acebo fuese propio del cortejo del roble en lugares más frescos y húmedos, pero con su crecimiento ilimitado, no como las otras especies del cortejo habitual del robledal, finalmente acaba compitiendo con el o completando un espeso bosque, cuyas copas están señaladas por el roble, pero con una espesa acebeda que llega hasta los 7-8m. de altura bajo el dosel del roble. Esto mismo lo he podido comprobar en el magnífico Monte Ijedo en Cantabria, donde a la sombra de un espeso robledas de Quercus petraea, aparecía una acebeda aun más espesa que hacía de este monte un lugar casi impenetrable.
Se notó mucho hace años, la prohibición de la corta de ramas para su venta en navidad en la madrileña Plaza Mayor, lo que junto con una disminución de la carga ganadera y del acopio de leñas para los hogares, ha permitido que en las últimas décadas, la superficie y número de acebos haya ido en aumento, tendencia visible para cualquier observador acostumbrado a pasar a lo largo del tiempo, por el puerto de Somosierra, viéndose cada vez más ejemplares que progresan a pequeños rodales, en las laderas orientadas al oeste según se sube el puerto. Su progresión ya es más lenta, pero acontece, en el interior de los pinares, siendo usualmente respetado dada su protección, en los tratamientos silvícolas de los mismos, aunque es más apreciable en las laderas norteñas de la sierra, ya en Segovia.
El acebo es un árbol totémico, duro, valioso, venerado por los primeros pobladores europeos, de donde el mismo J.R. Tolkien los alaba en su Señor de los Anillos, con la pareja de acebos gigantes que guardaban las puertas de Moria, en Eregion (La Acebeda).
Fuera de mitologías varias, incluso las reinventadas, posee el gran valor de ser una prolongada fuente de alimento para las aves en la época más desfavorable del año, (aquí es de los pocos sitios donde se podría ver el camachuelo), amén de crear en su espeso interior, buenos espacios libres de nieve que aguanta por encima de sus copas, creando verdaderos refugios para la fauna de gran tamaño y el ganado. Protección que en estos tiempos cambiantes ahora es más usada para esquivar el mediodía veraniego que aquellos nevazos invernales.
En esta excursión fuimos buscando precisamente la nieve, algo que, a pesar de toda la caída días antes, fue desapareciendo rápidamente en un par de días de sol, luego volvería a caer con generosidad y en repetidas ocasiones, pero esas primeras, tras las navidades, eran una novedad después de años timoratos en nieve por las áreas bajas de esta zona. Subiendo desde Madrid, cada vez la nieve aparecía más lejos, incluso las cimas tenían muy poca cantidad, incluso subiendo desde Buitrago, tampoco la había hasta que fuimos acercándonos a Somosierra, entonces empezó a aparecer y abundante, en los primeros valles de orientación este, acto seguido, comenzó a nevar, incluso ya aparcando, el suelo estaba totalmente congelado.
Ese era el ambiente invernal perfecto para apreciar, por contraste, la negrura de las acebedas en este níveo paisaje. La nieve y las numerosas bolitas rojas de los acebos rememoraban la reciente navidad, el interior de la acebeda, era una bóveda negra llena de pequeñas ventanas al blanco fulgurante, sin que se colase ni un solo copo de nieve. También, cómo no admirar las tonalidades del pinar nevado, haciendo destacar las cortezas asalmonadas de los árboles, y ya, si aparecen tejos entre el pinar, el espectáculo está servido.
Había bastante ganado por la zona, pero afortunadamente no en el interior de la acebeda. Digo afortunadamente porque no sabía que el ganado se comía las hojas del acebo. Es de todos conocido el hecho de que las hojas pinchudas del acebo, sirven para protegerse del diente de los herbívoros y que crecen solo hasta determinada altura para esquivarlos, pero pude comprobar con asombro, como las vacas las comían sin ningún miramiento, en ejemplares jóvenes totalmente pinchudos. Sé del paladar de las vacas que es duro e incluso difícil imaginar, como les gustan las hierbas más duras, como las carquesas (Genista tridentata) o como se usa mucho en Galicia, para mullir los establos, el tojo (Ulex europeus).
La única economía que aquí se le saca al monte, es este uso ganadero y la caza, pero no estaría de más proteger esos jóvenes acebos y más sabiendo que es buena comida para las vacas en los momentos desfavorables del año. Incluso para la misma caza, es refugio y comida para todo tipo de animales. También como muchos árboles de climas más húmedos que el general clima actual madrileño, es bastante malo para quemar en verde, por lo que hace de retardante en propagación de los fuegos, verdadero peligro, junto con el calentamiento climático, de este tipo de ecosistemas.
Las áreas vecinas a la Acebeda de Robregordo están trufada de espacios, especies, y lugares de interés, normalmente desde el punto de vista botánico. La Dehesa Bonita de Somosierra es una joyita botánica en unos blandos y forestales suelos, más parecidos a los que hay en las húmedas montañas atlánticas que a lo que hay por estas latitudes. Incluso paisajísticamente está el valle de cabecera del segoviano río Duratón que en sus nacientes (viene del pico Cebollera) es madrileño aunque alimenten al Duero. Este río al introducirse en los relieves cársticos del sur de Segovia, se acompaña de vetustas sabinas, con todo su cortejo de especies vegetales, tan difíciles de ver en el ámbito madrileño.
En estos rincones del extremo norte madrileño existen puntualmente especies de orquídeas o de rosas, que solo se encuentran en esta esquina madrileña, también para completar la imagen bucólica de esta región, sirva de ejemplo la cascada de los Litueros, en el arroyo del Chorro, una de las fuentes del Duratón. Aunque no entre en la Parque Nacional del Guadarrama, laguna difícilmente explicable, su valía hace que por lo menos, gran parte de esta área se encuentre protegida, estando incluida dentro de la Zona de Especial Conservación (ZEC) Cuenca del río Lozoya y Sierra Norte, que forma parte de la Red Natura 2000.


























