Los paisajes yesíferos al sur del Tajuña,
tienen una impronta muy especial que pocas personas valoran como se merecen.
Para empezar, se trata de un interfluvio entre el Tajo y el Tajuña en cuyas
partes más altas, con otras litologías como calizas o arcillas por encima de
esos yesos, dan lugar a buenas zonas de cultivo y, por lo tanto, es el lugar
donde se asientan los pueblos, como Villaconejos,
Chinchón y Valdelaguna. El resto de las áreas, ya inferiores, son los famosos
yesares del Tajo, tanto los de este río, como los del Tajuña o del Jarama.
En esta entrada, voy a hablar de los
cerros y barrancos cubiertos de grandes espartales vertientes al valle del Tajuña,
muy similares en casi todo, a aquellos otros barrancos vertientes hacia el Tajo
al sur y, por lo tanto, algo más secos y calurosos, con una mayor impronta
salina y una vegetación más acorde con esto, como buenos albardinales, tarayales y
salobrales, formaciones protegidas como hábitats prioritarios de interés
comunitario de la Red Natura 2000.
Estas tierras apenas están frecuentadas, a pesar de situarse a pocos kilómetros del gigante demográfico madrileño. Estos campos se encuentran mucho menos valorados que la cada vez más saturada sierra del Guadarrama, y considerados más como unos “secarrales” que como una naturaleza salvaje en buen estado de conservación. Es algo lamentable, pero por contra, algo que se agradece, cuando tras largas horas de recorrido por sus campos y barrancos, no te encuentras prácticamente con nadie, lo que también, hace de estos territorios una zona de vertidos y desmanes de todo tipo sin la vigilancia que, aunque poca, tiene la vecina área del Parque Regional del Sureste, que no sabemos por qué, su tenue manto de protección, no acoge a estas áreas entre el Tajo y el Tajuña, tan necesitadas de protección, como las lagunas y arroyos salobres o sus grandes albardinales.
Por el norte se extiende la feraz vega
del Tajuña, aunque está cambiando su tradicional uso agrario, en otro
múltiple, de esparcimientos de todo tipo y con una camuflada función residencial,
acrecentada por la desmesura de los precios de la urbe. Antiguas casillas de
aperos, aprovechadas para poder vivir; pequeñas urbanizaciones ilegales,
incluso aglomeraciones de furgones, sirven de vivienda a quien no puede
permitirse la “libertad” de Madrid capital o, mejor dicho, el Madrid del capital.
Pegada a la vega, aparece una línea de escarpes y cantiles yesíferos, con cuevas,
desprendimientos, etc., cantiles que se prolongan hacia el sur,
siguiendo la intrincada red hidrográfica que lleva a las llanuras cultivadas de
las áreas superiores del interfluvio.
Domina estas amplias extensiones de
terreno una gramínea de gran talla, antaño fuente de material para diestros
artesanos, el esparto, del que aún quedan alguna muestra de su cultura en
lugares como Villarejo de Salvanés y tiendas de su artesanía en Chinchón. Pero hay más variedad, todavía hay lugares con restos de encinar y de coscojar, las
áreas mejor conservadas; en otras se repobló con pino carrasco con desigual
fortuna, algo lamentable sobre los yesos, donde la repoblación sirvió para
romper la estructura de suelos y laderas y, con mejor fortuna sobre calizas, es
decir, en las escasas áreas culminantes, donde incluso se puede presumir
la autoctonía de un viejo pinar, el de la Encomienda, al noroeste de Villamanrique de Tajo aunque perteneciente a Villarejo de Salvanés aunque, con el último cambio de propiedad, devenido en criadero de
venados.
Esta vega del Tajuña está casi totalmente utilizada agrícolamente, este es un río muy constante y de caudal enjuto y, al contrario que su vecino Jarama, no acostumbra a abandonar nunca su cauce. En su vecindad existen varias zonas lagunares, pero casi todas muy colmatadas y llenas de carrizos, entre ellas la Laguna de San Juan. Esta vega contacta directamente con los cantiles, dejando un vega muy recortada y vertical en la margen izquierda del río, mientras que la norteña es mucho más tendida. En uno de esos promontorios destaca el venido a menos, castillo de Casasola que, aunque en estos yesos, arquitectónicamente inestables, merecería una seria restauración, como también se debería hacer en otro castillo situado más al sur, el castillo de Oreja, en una línea de fortificaciones y ermitas que jalonan el valle del Tajo, prácticamente cada 10-15 kms.
Los cortados hacia el Tajuña, muestran
toda la geomorfología típica de los cantiles yesíferos, sus numerosas fallas “panameñas”,
que muestran paquetes verticales, en una línea de futuribles derrumbes, algunos
enormes. También cerca de esos cortados, aparece una muy reciente,
geológicamente hablando, torca o dolina que, aparte de ser una joya geológica, también
se ha convertido en un lamentable vertedero que muestra a las claras, las
relaciones del “Homo ibericus” con su inmediata naturaleza.
A partir de aquí, hacia el sur, empieza
un maremágnum de retorcidos barrancos que en ocasiones llegan a alcanzar los
50m. de profundidad. Por aquí discurren los arroyos de Calabazas, del Montero, de los Olivones
u Olivas Altas, del Pastor, de la Purga, de la Tobosa, Valdemalea,
Valdegutiérrez, Valdezarza, Valjondo, Valtarroso o Valtamosa; uno de ellos, el
de Villacabras, el arroyo principal, se origina en la antigua fuente de
Villacabras, un histórico lugar que ya he visitado varias veces y que ahora
acusa, un par de buenas primaveras, en que la vegetación ha impedido el paso a
algunas de sus cisternas que dieron lugar a una pequeña, aunque internacional
industria, la del agua de Villacabras.
Estas aguas medicinales, sulfatadas y
calci-magnésicas, purgantes, eran recogidas de varias galerías excavadas en la
roca y subidas en cántaras, a depósitos, donde posteriormente eran cargadas en
cubas y transportadas, primero a Villaconejos y luego a Francia, donde primero
lograron la autorización para la venta, embotelladas en frascos y vendidas allí.
Posteriormente fueron declaradas de utilidad pública aquí en España, pero no tuvieron el éxito deseado y fueron agonizando hasta su triste estado actual.
Otro hito en estos paisajes es la visible Casa del Montero, también en lamentable estado de abandono, a pesar de haber sido una construcción señera del ocio cinegético de finales del XIX e inicios del XX. Casi es la referencia para no perderse por estos montes tan laberínticos y similares. No se puede decir lo mismo de la omnipresente cementera de Morata, situada en la parte alta del páramo entre Tajuña y el Jarama, y fuente de contaminación de sustancias tóxicas, debido a las basuras y residuos que queman en ella, parece que lo de menos es la fabricación de cemento.
Más referencias históricas las tenemos en los numerosos búnkeres de la zona, importante en la famosa batalla del Jarama, donde estaban las posiciones republicanas que intentaban cubrir la ruta valenciana de suministros para una capital sitiada.
Al otro lado del Tajuña ya hay más trincheras de mayor importancia, incluso el monumento a las Brigadas Internacionales, que aquí dejaron a muchos de sus miembros, muy cerca del cruce con el ramal que enlaza con la A-3.
Parte de esta zona pertenece a Villaconejos,
famosa localidad melonera, donde hoy es difícil ver ese afamado arrope frutal,
aunque tras informarme, parece que los de Villaconejos no eran famosos por sus
melones, sino por lo bien que los cultivaban y vendían, en otros lugares, incluso lejanos. Parte de la zona norte y oeste de esta región, pertenece al mayor
municipio de Chinchón, que casi parece englobar a Villaconejos por este lado y
llegando por el norte hasta los altos del Pingarrón y el Butarrón, al otro lado
del río Tajuña, marcando un artificial límite que delimita el llamado Parque Regional del
Sureste, del que parece que la comunidad de Madrid, tiende a desentenderse,
para mayor "libertad" de usuarios y propietarios.
Estamos en el reino de la vegetación de los
yesos, el aljezar, lo gipsícola. Aquí las plantas tienen que sacar su elenco de
adaptaciones para poder medrar en un medio tan hostil y tan seco, y existe toda
una gama de vegetación gipsícola, desde la mejor formada, con encinas y
efedras, hasta la exigua vegetación de la costra de los yesos, pasando por espartales,
tomillares con jabunas, vegetación semi-rupícola o incluso salobre.
Se trata de una riqueza y biodiversidad
biológica, de la que llevo tiempo alardeando en esta página y que no me cansaré
de mostrar y poner en valor, pues es necesario cuidar la buena naturaleza
madrileña. Naturaleza que debemos conocer como parte de nuestro ancestral
paisaje, usos y vida de nuestros predecesores. Estamos perdiendo toda una
cultura popular en favor de una globalidad mal entendida de la que solo salen
ventajosos, los que nos la venden y no vemos lo que vamos dejando atrás, que ya
empieza a ser demasiado.
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