El pasado verano estuve por los cerros al sur del Tajo y al este de Aranjuez, disfrutando de sus estupendos cerros yesíferos y de la vegetación que los conforma. Una de las peculiaridades de estos cerros en cuestión es la presencia de una de las mayores plantas propias de terrenos margo-yesíferos, el endemismo hispano-magrebí Vella pseudocytisus, más conocido en la región como “pítano”. Esta planta, prodigio de adaptaciones fisiológicas para poder competir en un medio tan duro como el aljezar (el yesar), es una joya botánica de unos pocos enclaves del sur de Madrid y centro-norte de Castilla la Mancha.
Este género es hispano-magrebí, teniendo varias subespecies, la típica es manchega y de las hoyas granadinas, habiendo desaparecido de Almería; luego está la subrespecie paui del centro y sur de Aragón. Pertenece a la familia de las crucíferas que tiene muy escasas plantas perennes, como ésta, el género Boleum en la depresión del Ebro y el género Euzomodendrón en Almería. También el género Vella tiene dos especies más aparte del pítano, Vella lucentina de los alrededores de Alicante y Vella spinosa en las sierras subbéticas.
Ya hace unos años advertí del peligro que corrían los pítanos madrileños por un proyecto hípico de gran envergadura que iba a afectar a la finca de Sotomayor, único lugar madrileño donde se encuentran los pítanos. Desde entonces probablemente su población se haya expandido ligeramente. El año pasado tuve le oportunidad de verlos y comprobar su buen estado de salud, pero desgraciadamente, en medio del verano, un gran incendio, casi impensable por tratarse de este tipo de medios yesíferos con escasa cobertura vegetal, acabó con la mayor parte de la población de esta especie tan importante.
El incendio, como de costumbre en los noticieros de la corte, pasó casi inadvertido como un incendio “de pastos”, que es como se refieren normalmente a cuando se quema algo que no es un bosque “verdadero”. Nadie habló del pítano y sí mucho de los medios logísticos empleados en una extinción que no pudo evitar el desastre biológico. Más triste todavía para los arancetanos, habiendo tenido lugar dos años antes, también en Aranjuez un poderoso incendio “de pastos” que se llevó por delante gran parte de la Reserva Natural del Regajal y Mar de Ontígola, con sus instalaciones y mariposario (una de la creación de esta reserva fue la abundancia de lepidópteros en peligro de extinción), instalaciones que al parecer, han desaparecido para siempre sin visos de reponerse.
Solo hace un mes volví a pasar por esta área de nuevo, después de aquel momento tan lleno de vida y de especies poco comunes en el centro ibérico. Ahora las laderas aparecían descarnadas, las muestras de erosión claras, incluso con algún desprendimiento en algún cantil o en los taludes de la Hoya del Moro, debido a las copiosas lluvias de este final de invierno.
El cambio vegetal era total, había desaparecido todo lo leñoso (retamas, almendros, pítanos) y las macollas de los espartos, mostraban solo sus bases carbonizadas y apenas reteniendo un suelo que prácticamente se habían llevado las aguas de la escorrentía. El suelo tiene una tonalidad desvaída que me recuerda que me faltan los numerosos líquenes que cubren estos suelos. Veo solo algún asomo de vida con la brotación de alguna Reseda, alguna Centaurea hyssopifolia o algunas anualitas.
Que cerca de lo desértico estamos, pero la vida se abre paso, lenta, muy lenta, pero poco a poco, aquí más lento aún que en otros ecosistemas quemados, entre tanto pítano quemado, fácilmente reconocibles por sus esqueletos ennegrecidos, veo alguno del que despuntan brotes floridos de sus pies, eso me anima. También me anima el saber lo fácil que es reproducir o trasplantar esta planta en este tipo de medios, aunque sé que no se va a presupuestar una recuperación tan lógica como ecológica, puesto que estamos en Madrid y aquí al dinero le salen muchos y buenos novios, y no se va a emplear en recuperar un medioambiente que nos da la salud a todos, cuando cunde mucho más si solo llega a unos pocos bolsillos.
Afortunadamente no todo es desastre, se ven rebrotar bastantes de las especies quemadas, como almendros, retamas y cierto porcentaje de pítanos, pero se ven muchos más calcinados que renovándose. También, con menos competencia, los geófitos han rebrotado con fuerza, al igual que las esparragueras, pero son especialmente abundantes, quizás demasiado, los gamones Asphodelus ramosus, el alhelí triste Dipcadi serotinum, los nazarenos Muscari comosum, e incluso encuentro algún escaso ejemplar de azafrán amarillo Sternbergia colchiciflora.
Tras el incendio también explotan las plantas nitrófilas por el temporal exceso de nutrientes de los suelos, y aquí, es típica, aunque poco conocida la presencia y abundancia de palomillas Platycapnos spicata o también las fumarias, a parte de los antes mencionados gamones.
Hay quien dice que la naturaleza mediterránea está preparada para la acometida de los incendios, pero no es tal, que pueda resistir y no desaparecer la vegetación por completo, no significa que esa vegetación esté preparada para el fuego, de hecho, un incendio es un desastre, una pérdida de biodiversidad y también de suelo fértil, algo muy escaso y valioso en estos suelos yesíferos, lo que a la larga y más en este tipo de suelos, hace que la recuperación sea mucho más lenta que en cualquier otro tipo de suelos y casi siempre con la pérdida de algún miembro de esa biodiversidad biológica.
Normalmente en los yesares, apenas tienen incidencia los incendios, siempre son muy puntuales y de difícil progresión, dada la escasa cobertura vegetal que los coloniza, con claros de costras de líquenes o yesos, con pies bastante aislados y separados de jabunas, jarillas de escamas, lepidios o centáureas, pero la primavera del año pasado fue francamente lluviosa y todo fue rellenado por bastante vegetación anual que permitió al fuego propagarse rápidamente, mucho más rápido que la acción de brigadas y maquinaria dedicadas a su extinción.
Estamos en la comunidad más rica, en la más habitada y en la que queda un menor porcentaje de terreno salvaje o, al menos, no urbano, con una supuestamente buena dotación de medios y vigilancia. Pero parece que para las autoridades administrativas, lo verde, lo natural, lo biodiverso, es el bosque, y mayormente el bosque serrano, concretamente los pinares o robledales de nuestras montañas del norte de la región. El sur, se trata de otra manera, se vigila de otra manera y, en caso de incendio, se actúa de otra manera. Eso parece deducirse de la grave incidencia de los incendios en el Madrid del sur y del este. Aquí no hay bosques (aunque haya unos extensos encinares y quejigares), para las autoridades lo que hay son secarrales, pastos sin importancia, cuando la realidad es que aquí se atesora una biodiversidad, sin paliativos, mucho mayor que la serrana, sin menosprecio de sus valores naturales.
Estoy más que harto de que se tarde en actuar ante cualquier brote, como si esos pastos, arbustedas o encinares tuviesen menos valor que un pinar serrano. Es una muestra del menosprecio, la poca estima a una naturaleza que es la que tenemos más cercana los madrileños y que es la que más debiéramos conocer y frecuentar. Pero cuando uno ve que estos lugares van desapareciendo, pasito a pasito, y que a nadie parece importarle, clama al cielo.
Hace dos años me acerqué a finales de enero a ver una de las floraciones más espectaculares y desconocidas de la naturaleza madrileña, la de las coronillas de fraile Globularia alypum en los montes al este del Jarama. Pues cual no fue mi sorpresa al encontrarme esos lugares que conocí florecidos espectacularmente, en un estado de ruina natural tras otro incendio veraniego, por los campos de Loeches y Campo Real. Hectáreas y hectáreas de campos, arbustedas, encinares calcinados y, como de costumbre, la crónica periodística de siempre, incendio de pastos y la cantidad de medios que se coordinaron para su control.
Uno de los mayores activos en biodiversidad que tenemos y que queda claro que no se valoran como se debería, son esos mosaicos de vegetación con pequeñas islas, normalmente con rocas o en cuestas, de vegetación en buen estado, algunas parcelas agrícolas en uso y bastantes más abandonadas, pero en claro proceso de naturalización. Este tipo de paisaje está más extendido de lo que parece y goza de una biodiversidad inmensa, donde la naturaleza se va expandiendo y explayando a sus anchas y apetencias, dando pie a una recolonización vegetal que ningún proyecto de renaturalización, por bien diseñado que esté, jamás podría conseguir. Pues bien, estos terrenos no entran en las categorías de suelos o espacios a vigilar, conservar, cuidar o mantener. Estos son los verdaderos “pastos” que tanto desdeñan frente a la sobrevalorada “superficie forestal”.
La Casa de la Monta y la finca de Sotomayor, ambos declarados Bienes de Importancia Cultural, pertenecen al declarado Paisaje Cultural de Aranjues, al que pertenece casi todo Aranjuez, con los elementos naturales y atributos históricos que lo configuran: atravesada por los cauces de los ríos Tajo y Jarama y sus sotos, integra gran parte de los sistemas de riego y estructuras hidráulicas tradicionales, la totalidad de las huertas, los jardines, el trazado de calles y plazas arboladas, el Palacio Real y el casco urbano del siglo XVIII., siendo el primer Paisaje Cultural español desde el año 2001. Quedaron fuera de la asignación del Patrimonio Cultural de Aranjuez, sin los cuales sería imposible concebir Aranjuez, y que actualmente se encuentran en severo estado de deterioro, ya que no gozan de la protección ni de la publicidad que sí tienen los integrantes del Patrimonio Cultural de Aranjuez, el Real Cortijo de San Isidro, la Presa del Embocador, la Presa de Ontígola y el Puente Largo de Aranjuez. Por favor, no más negligencias y malos cuidados para un patrimonio no solo español, sino mundial.


























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