jueves, 12 de mayo de 2022

El almendro silvestre mediterráneo

 

Ejemplar prácticamente puro de almendro mediterráneo, Prunus webbii, en las barrancas del Tajo

Llevo varias entradas en las que hablo de los almendros silvestres, de los arzollos o allozos, que ambos nombres tienen en nuestro acervo cultural tradicional el almendro salvaje, y no estoy hablando de almendros (Prunus dulcis) escapados de cultivos o de retazos de antiguos almendrales caídos en desgracia. No, estoy y he estado hablando siempre de almendros naturales, del almendro mediterráneo o al que se podría considerar como el almendro ibérico, de contar con un probable genoma ya diferenciado de los marroquíes, italianos, griegos o turcos. Árbol y especie a la que considerar como a una encina, una jara, un labiérnago o cualquier otra especie propia de nuestros montes.

La impactante belleza de los arzollares es una de sus mejores bazas

       Desde aquellas entradas en las que ya vaticinaba su naturalidad en el solar hispano, (apoyadas también en una encomiable entrada en el blog de Salvador Feo García “En el Ecotono”). Con el paso del tiempo han ido cayendo en mis manos algunas publicaciones, he ido viendo más de estos supuestos almendrales silvestres y hace mucho ya que no me cabe la menor duda, sobre su absoluta naturalidad ibérica. 


     En esta entrada y con licencia excesiva por mi parte, voy a “fusilar” un magnífico trabajo (El almendro mediterráneo [Prunus webbii (Spach) Vierh., Rosaceae]: una especie olvidada de la flora ibérica con potencial agronómico) de un grupo de investigadores (D. Correa, P.J. Martínez-García, M.J. Sánchez-Blanco, J. López-Alcolea, C. Jiménez Box y P. Martínez-Gómez) que siempre van un paso por delante de lo que a menudo van nuestras altas autoridades botánicas, pues esta especie ni siquiera es mencionada en Flora Ibérica, a pesar de haber sido recogida por insignes botánicos sobre especímenes ibéricos o de haber sido minuciosamente descrita en la Flora d’Italia. Solo algún otro autor, avezado o muy viajado, ha tenido a gala apostar por su naturalidad, como Jesús Charco que también los ha visto a menudo por el Magreb, donde tanto ha trabajado.

Jóvenes prácticamente espinosos como defensa frente al pastoreo

       Desde aquí agradecer a estos trabajadores botánicos del este y sureste ibérico, tan curtidos en el campo, viajados y en contacto con otros botánicos del ámbito mediterráneo, siempre interesados también por la etnobotánica y disfrutones de unas sierras donde naturaleza y hombre han estado muy unidos desde tiempos remotos, como mínimo desde los moriscos. Sierras que son puntos calientes de biodiversidad mundial, tanto de la natural como de la manejada, y donde hay que hilar muy fino para hablar con propiedad de cualquier especie vegetal, por humilde que ésta sea. 

Secuenciación de muestras-A. muy mezclados, B. poco hibridados y C. Prunus webbii puros o casi. Derecha: tamaño almendrucos. (En el artículo mencionado)

     En ese grupo incluyo también a aquellos que osaron definir como especie al avellano español, Corylus hispanica Miller ex D. Rivera y cols. (Diego Rivera Núñez, Concepción Obón de Castro, Segundo Ríos Ramírez, Caridad Selma Ferrández, Francisco Méndez-Colmenero, Alonso Verde López, Francisco Cano Trigueros, etc.) o a otros estajanovistas de la materia verde, como Máximo Laguna o Pablo Ferrer y en especial a Carles Jiménez Box. Y que sirva, no como odiosa comparación, sino como aliciente a otros botánicos más centro-ibéricos para que se esfuercen por mantener el listón donde se debe.

La primera vez que vi un almendro así, sabía que no estaba frente a un almendro común. Otro ejemplar prácticamente puro de los volcanes del Campo de Calatrava

       Este almendro no es tan simple de diferenciar, pero a poco que se practique un poco, en seguida es fácil dar con sus caracteres diferenciales. Se trata de un almendro curtido por la intemperie y los problemas de supervivencia, por eso en él veremos muchas de las necesarias adaptaciones para bregar con los extremos climáticos, con la sequía o con unos suelos muy poco generosos. 

Ramificación divaricada en Prunus webbii

      A diferencia del almendro que todos conocemos, este es menor, como entre los dos y los cuatro metros y una de sus principales características es su peculiar ramificación, con las ramas formando ángulos de nacimiento divaricados, es decir, cercanos a los noventa grados, a veces en una desordenada y masiva ramificación y, casi siempre, acabados en pincho, no espinas, pero casi, pues son puntas de ramas que al secarse alcanzan una consistencia prácticamente espinosa. Las hojas más pequeñas, pero sobre todo la gran diferencia está en el fruto, el almendro normal tiene almendrucos superiores al tamaño del pulgar, pues el arzollo tiene el almendruco como del tamaño de la uña del pulgar, además y a diferencia del almendro común, son muy persistentes.

Como se puede ver, aún quedan pequeños almendrucos del año anterior.

       Por supuesto, no estamos comparando vis a vis el Prunus webbii con un almendro de cultivo, del cual puede llegar a haber decenas de varietales, sino con Prunus dulcis asilvestrados, apocados, incultos y con trazas de asilvestramiento. El gran problema de estos almendros es la hibridación y aquí, el gran perjudicado es nuestro Prunus webbii y no al revés, por eso la complejidad en el campo es tremenda, pues ahí aparece toda la gama de especies asilvestradas o más o menos hibridadas, cuanto más se reúnan los caracteres antes descritos, tanto más puro genéticamente será el Prunus webbii que veamos, pues entre los dos extremos existe toda la gama fisonómica y genética posible. Además, Prunus webbii en fondos de valle o lugares fértiles puede alcanzar tallas mayores de lo dicho.

Uno de los numerosos montes denominados "El Arzollar" del Campo de Calatrava

       Prunus webbii es un árbol íntegramente mediterráneo, ocupando desde el centro de Anatolia hasta la frontera sur portuguesa, por el norte de África ocupa todo el Magreb, es decir de Túnez al sur del Atlas. No tiene nada que ver con esa tradición tipo Arca de Noé, donde todo frutal, por definición, viene de aquel Creciente Fértil donde estuvo situado el famoso paraíso terrenal y del cual, también por arbitraria “definición” viene todo lo que nos llevamos a la boca y que no vino de América con Colón. Ese territorio de ocupación mediterránea muestra un vacío en Libia y Egipto, a pesar de ser también Palestino, lo que muestra que la posible vía de expansión pretérita se produjo en la crisis climática del Messiniense, donde pudo cruzar de Grecia e Italia hacia Túnez por tierras entonces emergidas, y del norte de África, a la península. Otro punto a su favor ha sido el numeroso hallazgo de macro-restos en yacimientos antropológicos, desde los 400 hasta los 2000 años A.C., lo que elimina su posible introducción romana, aunque es muy posible que éstos, usasen, como hicieron con los acebuches, el material autóctono como porta-injerto de las nuevas variedades orientales más productivas.

Arzollar puro situado por encima de una gran mina de puzolanas de material vocánico en La Yezosa, Almagro

       En España ya en 1863 Bourgeau lo cita (con pliego) del sur de Talavera, donde no solo hemos comprobado su existencia, sino su abundancia, como queda reflejado en algunas de las fotos. Hasta finales de los setenta no se cita de nuevo con un buen trabajo en los Montes de Toledo orientales (Felipe, A.J., Socias, I. y Company, R. 1977). Aun así, ha sido obviado en publicaciones oficiales o políticas forestales. El tiempo pondrá a cada uno en su sitio, pero este almendro es más nuestro que la siesta. Prunus webbii busca terrenos térmicos en general de la mitad sur y de la mitad oriental española y lleva muy mal la hibridación, o sea que mejor buscarlo alejado de áreas clásicas de cultivo, aunque actualmente asistimos a una exponencial expansión de su cultivo que hace peligrar esos valiosos y antiguos genes. 

Cultivo de Prunus dulcis abandonado hace años, ver ramificación no divaricada

       Las áreas más clásicas en el interior peninsular (en las áreas bajas surorientales existe mucha hibridación), son los Montes de Toledo orientales, donde destacan, aunque no sean montes sino mesas y barranqueras, los arribes del río Algodor, los barrancos del Tajo, desde sus extremeños arribes, hasta la misma ciudad de Toledo, aunque buscando, también los hemos visto en cortados sobre el Jarama e incluso el Henares. Otra muy buena zona es el Campo de Calatrava, tanto en pedrizas cuarcíticas como en manifestaciones volcánicas, siendo muy vulgar el topónimo Arzollar. También abunda en áreas relativamente altas y abarrancadas de las sierras subbéticas, tanto en Jaén como en Granada y en los barrancos de las Hoyas. Es indiferente edáfico, pero donde más los he visto es sobre materiales sedimentarios y obviamente, de manera puntual, en los volcánicos.

Varios arzollos del Algodor con la poco común presencia de Cytisus multiflorus

       Conozco bien las tierras volcánicas del Campo de Calatrava y siempre me llamó la atención la abundancia de arzollos y su espectacular floración fini-invernal. Si me preguntasen por una vegetación característica de los volcanes de esta región, diría que la vegetación potencial, casi más que un encinar, sería la de un arzollar, al menos corroborado estadísticamente en la actualidad. Supongo que en un más o menos remoto pasado, se trataría de un encinar, pero el uso y abuso antropógeno sobre estos fértiles terrenos, ha conducido a la desaparición o rarefacción de la encina y, por contra, a una cierta potenciación del arzollar, mucho más adaptado y resistente que la encina, al menos en sus primeras fases de vida.

Arzollar subrupícola en Manotera o El Arzollar en Piedrabuena (CR)

       En esos mismos terrenos, tampoco es raro ver pedrizas al pie de roquedos cuarcíticos, cuajados de almendros silvestres. Esa tierra calatraveña es una mezcla a partes iguales entre ambas litologías, cuarcitas y rocas magmáticas, y también de calizas manchegas, donde también aparecen almendros, pero en esos terrenos, a veces con cultivos de almendros, ya no está claro el origen de los almendros, probablemente, almendros perdidos o muy contaminados genéticamente con las variedades cultivares.

Otro monte-volcán llamado El Arzollar en Alcolea de Calatrava (CR)

       Estamos ante una buena oportunidad, un árbol que puede darnos alimento, pues al igual que con las bellotas, las hay amargas y las hay dulces; con un valor genético al que también se le puede sacar partido, para combatir enfermedades, para hacer mezclas y obtener varietales más resistentes, etc. Pero donde cuenta con un valor potencial altísimo es en cuanto a su uso en repoblaciones, tanto del árbol en sí mismo, con la plantación de arzollares en terrenos poco productivos o en climas donde lo arbóreo se encuentre en su límite. Pero donde tiene un gran potencial es como facilitador, es decir, su uso como vehículo para potenciar otras repoblaciones, su media sombra, su creación de suelo y un ambiente propicio para el desarrollo de especies más exigentes en sus inicios, o como para cobijar a la fauna en terrenos ahora desarbolados.

El ganado y la fauna puede sobrevivir en mejores condiciones en un entorno arbolado como es el arzollar que no en terreno despejado

       Tal y como vienen los tiempos, con un innegable calentamiento, con una galopante pérdida de suelo fértil, con episodios climáticos violentos, cada año más numerosos, tenemos que jugar la baza del almendro mediterráneo sí o sí. Tampoco es desdeñable el valor turístico que puedan tener los arzollares en su época (mediados-finales de febrero-inicios de marzo). Buscando almendros en la web, sin querer he localizado páginas web turísticas de Francia, fomentando la visita a almendrales del sureste, mallorquines o levantinos, turismo que por aquí solo hemos aplicado a los cerezos del valle del Jerte, pero quede bien claro que estos almendros no les van a la zaga en absoluto a esos cerezos, y muestran un mayor potencial, pues esa floración, empieza en Enero en lo más meridional y térmico y acaba a mediados de marzo en lo más frío, que en el caso del arzollo son las zonas térmicas del Maestrazgo.

Al fondo los restos de la fortaleza medieval de Alarcos, cuya ladera oriental llamada El Arzollar, posee una de las mejores formaciones de almendro mediterráneo de toda España, lugar digno de una microrreserva o al menos de ser Monumento Natural de interés botánico-paisajístico
       

lunes, 31 de enero de 2022

Cerro Gordo, Granátula de Calatrava

 


       Esta entrada no es personal, es el ligero acompañamiento fotográfico a un gran trabajo literario, el de Pedro A. González Moreno, al que en su día también acompañé con mis fotos, en su maravilloso texto de El Sueño de las Aguas Desbordadas, que al igual que con éste otro texto, comparto y siento plenamente, reconozco mi imposibilidad de llegar a esa casi poética explicación de unos sentimientos que vienen dados por la comunicación con un paisaje y una naturaleza que nos vienen calando muy hondo, aunque muchos mortales no vean en ello más que rastrojeras y rempojos.


El texto no es actual, yo esperaba hacer una visita, digamos que oficial, con cita previa y guías con sus geológicas explicaciones y con esas fotos, y las que ya tenía de años, hacer esta entrada, pero no lo he podido cuadrar, pero el lugar sigue esperando, no solo mi reconocimiento, que ya lo tenía, sino la voluntad de que esta información llegue a cuantas más personas mejor y que conozcan, el interior, los entresijos y tripas geológicas del vulcanismo ibérico menos conocido. También mi agradecimiento a la multinacional como LafargeHolcim, empresa que no duda en dejarse millones y esfuerzos en devolver a la naturaleza y a la sociedad, parte de los beneficios que de ella ha extraído, siendo un ejemplo, frente a unas empresas que por desgracia son la mayoría, que no llegan ni a cumplir con unos mínimos no solo éticos, sino los obligados por la legislación vigente.


       Pedro Antonio González Moreno   -   15 Abril 2016 en el Diario Lanza (Ciudad Real)

Por fin, tras varios años de espera desde que se hizo pública la realización del proyecto, hemos sabido que el volcán Cerro Gordo va a convertirse en un lugar visitable. Una iniciativa de la Asociación para el Desarrollo del Campo de Calatrava que, con la colaboración del ayuntamiento de Granátula y el Grupo Geovol de la Universidad de C-La Mancha, hará posible que estos parajes de nuestra tierra sean mucho más conocidos.


Quienes venimos disfrutando, desde hace años, de las espectaculares vistas panorámicas de este cerro, sabemos de su singularidad y de su rara belleza, por eso debemos aplaudir dicha iniciativa, que debería hacerse extensiva a otros espacios naturales de nuestra región. Ojalá este cerro oretano, transformado ahora en un auténtico museo volcánico, llegue a convertirse en un santuario de peregrinación turística, y no ocurra lo mismo que con otros dos lugares muy próximos (el poblado ibérico del Cerro de la Encantada y la necrópolis visigoda), que también en su momento fueron acondicionados y rehabilitados, pero que hoy permanecen sumidos en un incomprensible estado de abandono.


Con ese deseo y con la intención de rendir mi personal homenaje a este cerro volcánico, recupero ahora alguna de las páginas que hace tiempo escribí sobre él y que, desde la admiración y la pasión más decididamente reivindicativa, incluí en uno de los capítulos de “Más allá de la llanura”: Frente a la cueva de La Encantada, exultante, solitario y como ensimismado, con las suaves pendientes de su silueta cónica, y tal vez herido en su orgullo más profundo, entre los cerros oretanos destaca, con cierta desamparada majestad, el Cerro Gordo.

Coladas vertiendo hacia el sur-sureste

Contemplado desde el cerro de La Encantada, el paisaje que rodea a este volcán se vuelve de una insólita, cruda y desolada hermosura. Una vasta y agreste extensión de cerros grisáceos, por cuyas laderas descienden rastrojos que semejan cauces de azufre. Mirando hacia poniente desde los riscos de La Encantada, si no fuese por la negra curva de la carretera, se diría que estos parajes se encuentran perdidos en mitad de la nada.


Por aquí solo se ven las motas aisladas de algunos chaparros, hazas de tierra negruzca y el cono volcánico del Cerro Gordo, con su graciosa hilera de árboles rampantes que ascienden por su ladera. Todo adquiere, en esa dirección, la apariencia de un mundo ancestral y precivilizado, con una orografía de líneas sinuosas y formas convulsas donde no se advierten huellas de la mano del hombre: tan solo las huellas telúricas de la geología.


Desde arriba, desde la pedregosa cumbre del Cerro Gordo, se puede contemplar la más completa y asombrosa panorámica del Campo de Calatrava. Es el gran mirador que se abre, en un vastísimo círculo, hacia lejanos horizontes donde la belleza se transforma en una prodigiosa ondulación de conos y colinas volcánicas, y donde los únicos rastros visibles de civilización, hacia el norte, son los de Almagro y Bolaños. Desde aquí se repiten, aún más espectaculares y sugerentes, las vistas del Cerro de la Encantada.

Al noreste del volcán, Almagro y el comienzo de la gran llanura manchega

Y otra vez se asiste al impacto cromático de los amarillos que se curvan en las lomas, se derraman por las pendientes como cauces de lava, o estallan como escorrentías de oro líquido entre los cerros. Es el imperio de los amarillos, que se vuelven quietos y rectilíneos en el llano, o quedan aprisionados, a manera de doradas lagunas, entre las laderas. Amarillos agresivos, que tal vez Van Gogh ni siquiera pudo soñar en sus más delirantes pesadillas; y dorados que parecen de hueso calcinado, hueso de tantas culturas que regaron estos campos con su sangre.


Hacia el oeste, desde el Cerro Gordo se contempla un insólito paraje que transmite la sensación de encontrarnos en medio de un mundo inhóspito que aún estuviese a la espera de ser colonizado. En medio de este entorno solitario, que parece extraído de las páginas más oscuras de la prehistoria, no son visibles, hacia el sur, los pueblos de Calzada o Granátula, ni las aguas del embalse del Jabalón, como si la naturaleza, desde esta altura fagocitadora, pretendiese borrar del paisaje todas las creaciones que le son ajenas, todas las obras levantadas por la mano del hombre.


Pero el Cerro Gordo es un volcán herido. Una de sus laderas está socavada por las máquinas excavadoras que, como despiadados gusanos metálicos, perforan incansablemente su interior. Los taludes verticales y las vetas color ceniza de sus paredes muestran, a modo de cicatrices, las huellas del expolio. Las polvaredas que el aire levanta, desde lejos podrían parecer emanaciones de humo de este gigante dormido, pero desde cerca se comprueba que esas falsas humaredas son las nubes de polvo que levantan las máquinas. Su implacable acción erosiva ha acabado convirtiendo las negras entrañas del cerro en una triste hormigonera.


El interior de ese inmenso socavón parece un yermo paisaje lunar, donde el gusano de las explotaciones industriales continúa royendo las formas y relieves que la naturaleza quiso modelar con su mano alfarera. A una cierta distancia, esta cantera parece un gran mordisco, una falla del terreno, una herida que se tiñe de púrpura al atardecer, como un decorado de sangre que emanara, acusadoramente, desde el tuétano negro de sus entrañas minerales.

Inmediatamente al sur, cultivado el maar de Barondillo

El majestuoso cono del Cerro Gordo, vigía impasible y altivo de estos campos calatraveños, es un volcán desvalido cuyo vientre va royendo, con avariciosa lentitud, el metal frío de las máquinas excavadoras. Una muestra más de la desidia y el abandono al que tenemos sometidos algunos de nuestros más emblemáticos espacios naturales.  Estos campos de lava de la antigua Oretum son ahora no solo un llanto de huesos milenarios y piedras sumergidas, sino también un grito de protesta, un grito de lavas profanadas por los intereses mineros e industriales.


En el libro “Aportaciones recientes en Volcanología” (2005-2008), preparado por un equipo de editores científicos entre los que se encuentra la profesora Elena González Cárdenas, infatigable estudiosa y defensora de los volcanes del Campo de Calatrava, se denuncia esta tétrica situación en los siguientes términos: “En la actualidad, en torno al 20% de los edificios volcánicos se encuentran gravemente alterados por los procesos de explotación en minas y canteras.  Esta actividad ha provocado un continuo deterioro. El proceso poco a poco se ha ido convirtiendo en un gran expolio por parte de concesiones mineras nacionales, que gravemente están modificando el paisaje y la morfología de algunos de los mejores ejemplos de edificios volcánicos de la zona, y posiblemente de la Península, por su alto valor científico, como en el caso del volcán Cerro Gordo, donde literalmente se están ‘comiendo’ el edificio”.    Cerro Gordo, viejo gigante con los cimientos arrasados por la más cruel de las erosiones. Alto mirador del Campo de Calatrava que vio nacer y extinguirse tantas culturas, mudo testigo que contempló con misericordia el paso de los cataclismos y el paso de los hombres; titán que no tuvo Virgilios que cantaran su historia y su leyenda.


Cerro Gordo, frágil milagro de la geología, coloso con los pies heridos que hoy, en el centro del Campo de Calatrava, vuelve a entonar ilusionadamente su antigua canción de lavas muertas: una canción que sigue sonando como un grito de socorro y que, hasta hoy, casi nadie se había detenido a escuchar.

Pedro A. González Moreno (publicado en el diario Lanza el 15 Abril 2016)




Algo ha cambiado desde que estas letras se escribieron, a día de hoy, algún volcán más o algún maar (cráter explosivo por la interacción agua-magma) de los mejor conservados han pasado a ser Monumento Naturales y sobre todo, se está desarrollando un ilusionante proyecto que no solo protegerá y pondrá en valor los volcanes calatraveños, sino también la gran riqueza natural, la fauna y flora que estos lugares atesoran y que está siendo desvelada poco a poco. Este proyecto es el de la creación de un Geoparque, una figura de importancia internacional, el próximo y espero que en corto plazo Geoparque de los Volcanes del Campo de Calatrava

Mapa del futuro Geoparque de los Volcanes del Campo de Calatrava-Mercurio de Almadén y Cuenca Carbonífera de Puertollano


El volcán Cerro Gordo, situado entre Granátula y Valenzuela de Calatrava (Ciudad Real), se convertió a partir del 15 de abril de 2016 en un volcán-museo que analiza y muestra didácticamente el fenómeno volcánico en el Campo de Calatrava, ya que, través de un recorrido interpretativo por su interior, será el primer recurso de estas características visitable de la Península Ibérica. Proyecto impulsado desde el Ayuntamiento de Granátula y la Asociación para el Desarrollo del Campo de Calatrava, que gestiona fondos Leader, y que se ha podido llevar a cabo tras a la cesión de los 2.000 metros cuadrados de la cantera San Carlos, donde se sitúa el volcán, por parte de la empresa LafargeHolcim, titular de la explotación minera, al Ayuntamiento.

                                                                                                Foto: LafargeHolcim
                                                                                    Foto:Laura Espinar-Lanza 15-04-2016


Enlaces:
    https://volcancerrogordo.es/
    https://www.facebook.com/Grupo-de-Investigaci%C3%B3n-GEOVOL-239123382803613/

viernes, 31 de diciembre de 2021

Las Tierras Coloradas

 


       Por un golpe de capricho y por el vicio que le tengo últimamente a la vegetación de las arcillas, hablando con uno de los mejores conocedores de la serranía de Cuenca, me recomendó un sitio muy especial, ni grande ni espectacular, pero con unos colores fuera de lo común, colores tan protagonistas que el lugar se conoce como las Tierra Coloradas que yo asocié directamente a unas tierras altas y coloradas por sus rojizas arcillas.


     Situado en un lugar también muy poco conocido, pero mucho mayor, la Tierra Muerta de Cuenca, cuyo nombre evoca imágenes que ya dicen bastante de estos terrenos, vastas mesetas altas y sin agua, no tan altas como el interior de la serranía, donde ya tienen un toque alpino que garantiza campamentos de verano en torno a fuentes y sombras de grandes pinos, y por supuesto, tierras mucho más secas que éstas, un lugar donde casi solo aguantan las duras sabinas.


Me dio la ventolera y cogí el coche muy de madrugada y tras empollarme mapas e imágenes me fui para allá sin pensármelo, eran unos días tras unas buenas lluvias pre-otoñales y todavía no había empezado el frío habitual en esos altos parajes y pensaba que con suerte, podría encontrar una otoñal primavera, como empezaba a darse en algunos lugares secorros, pero bendecidos por el agua de unas lluvias septembrinas que habían teñido el campo prematuramente de verde, aunque lástima, octubre salió seco y truncó esas primaverales esperanzas.


Empecé a internarme por el monte al poco de pasar Cuenca capital, atravesando la ciudad desde el Júcar y el Huécar, hasta salir por lo alto del castillo y a partir de ahí, a disfrutar como un extranjero. A partir de cierto punto, ya todo me empezó a parecer igual, las pistas forestales se multiplicaban por donde solo tenía que haber una, hasta que decidí dejar el coche al borde de la carretera. Entonces comencé a andar y, como me temía, ni cobertura ni satélites ni leches.


Como viene siendo habitual, tiré de intuición geográfica encomendándome a San Cirilo, el patrón de los que han perdido el hilo, y me puse a andar monte a través, una maravilla, pero me estaba empezando a dar "yu-yu" eso de que todas las sabinas, preciosas por cierto, todos los pinos y todas las rocas, fuesen iguales o muy parecidas a todo lo que mirara, mirara para donde mirara. Es en estos casos cuando uno se acuerda de que siempre es mejor ir acompañado, pues ya me veía saliendo hecho polvo, por el lado de Valencia o el de Teruel, pero bueno, en saliendo ileso, mejor hacerlo solo que no llegar ni a intentarlo.


       Por supuesto que no vi a nadie en todo el día, ni siquiera oí vehículos, ni perros ni nada. No es la primera vez que me veo en el laberinto de la serranía de Cuenca-montes de Albarracín, muchos años atrás gustábamos de ir con la bici por esta región, durmiendo por la noche junto al coche y con brújula y mapas y, con todo y con eso, nos perdíamos, todas las pistas se parecían, todos los valles se parecían y había más pistas y más valles de los que señalaba el mapa.

Mineralizaciones fisurales en un paquete de lutitas (arcillas compactadas)

       El monte me parece magnífico, básicamente es un sabinar con retazos de pinar salgareño, con ejemplares añosos de troncos dibujados por sus grandes escamas blanquecina, pero el lugar está en un punto intermedio. Las sabinas a veces aparecen formando bosque, incluso en un punto encontré un chozo sabinero, no el clásico chozo con una sabina centenaria en su centro, pero sí con el tronco de la vieja sabina en una esquina soportando un par de muros y con su porte protegiendo la que hace un par de décadas, sería una buena cabaña.

Restos de lo que fue un chozo sabinero

       Me muevo todo el día en el entorno de los 1400m, siempre por el piso supramediterráneo, en un lugar con ciertas peculiaridades climatológicas, primero, la de su extremada continentalidad, tanto que aquí cerca está el llamado "triángulo del frío", la verdadera nevera peninsular, en el triángulo y zonas adyacentes, formado por Teruel, Calamocha y Molina de Aragón, donde casi siempre se han dado las menores temperaturas en áreas pobladas ibéricas.

Paisaje en piel de leopardo dibujado por la circulares manchas de la sabina rastrera Juniperus sabina

     Ocurre también que es aquí donde están los pueblos ibéricos más altos, salvo alguna Bética excepción y se encuentran rodeados a esas alturas superiores a los 1600m en un entorno cuasi oromediterráneo, dominado por un peculiar paisaje formado por las sabinas rastreras, Juniperus sabina, es el llamado "paisaje en piel de leopardo".    


      No siempre se dan aquí las temperaturas más bajas, pero estadísticamente, sí que lo hacen, baste de ejemplo la pasada Doña Filomena que dejó -26.5ºC en Torremocha del Jiloca o 25,7ºC en Molina de Aragón; la otra peculiaridad climática es que aquí la lluvia se reparte por igual entre las cuatro estaciones, con un verano, por lo menos hasta hace pocos años, que recogía una cuarta parte de su precipitación anual en sus típicas tormentas veraniegas.


       De camino voy viendo que aparece muy escaso algún quejigo Quercus faginea, por esta zona llamados generalmente robles, e incluso algunos pocos arces Acer monspessulanum. El matorral de agracejos Verberis vulgaris por doquier y cambrones de Genista pumilla y toda una buena gama de matas y tomillos, entre rocas y céspedes crioturbados. Solo en un par de puntos, recomidas o mermadas por las malas condiciones de clima y terreno, veo alguna coscoja.

Un agracejo, verdadero protagonista de la serranía, todavía con sus últimas hojas arreboladas

     Empiezo a echarle el ojo a la vegetación que esperaba ver y no, no hay primavera pre-otoñal, una flor no hace primavera, pero mi adquirido conocimiento en botánica forense, me va señalando lo peculiar que es la vegetación de este lugar.

Una flor no hace primavera, pero aquí aparece esta florida jarilla Fumana procumbens

       El caso es que remontando un arroyo parece que al final voy llegando a esos rojizos terrenos y en efecto, me voy quedando boquiabierto con el colorido y ese peculiar ecosistema en un lugar tipo albero de plaza de toros con grandes pinos y sabinas en los tendidos de sol y sombra. 


     Me meto a indagar sobre esas arcillas o arcillas con arenas, no son unas arcillas al uso como las de esta gran región calcárea en que aparecen numerosas arcillas por descalcificación de las calizas o dolomías y que ocupa las áreas bajas, sobre todo de los poljes o cubetas entre lomas y mesetas. 


     Esto que estoy viendo tiene un antiguo origen estructural, probablemente del Weald como se llama geológicamente al Cretácico basal del Sistema Ibérico que se caracteriza por buenas acumulaciones de arcillas que tuvieron lugar en tres episodios consecutivos (formación Cortés, Huérguima o Contreras) dentro de este período, pero no sé a cuál adjudicárselas, si es que es una de ellas.


    Empiezo a echarle el ojo a la vegetación que esperaba ver y no, no hay primavera pre-otoñal, una flor no hace primavera y voy notando lo peculiar que es la vegetación de este lugar. Como ejemplo una planta adaptada a ver desaparecer el suelo bajo sus horizontales y pequeñas ramas, es la jarilla Fumana procumbens, que aquí por el salto de varios centímetros entre sus ramas y su descubierta raíz nos señala una importante denudación debida a la erosión de un sustrato tan débil.

Levantando sus horizontales ramas sobre el suelo que desaparece bajo ellas, un montón de matillas de Fumana procumbens

       La verdad es que estoy bastante verde en las plantas propias de esta región, ya me gustaría venir con Juanma o con Óscar e ir empapándome de acertados latinajos, hoy tirando bastante de botánica forense, algunas cosas raras empiezo a encontrar, una peculiar Arenaria que creo A. erinacea, también entre el empradizado y estas arcilla, una Armeria que creo sea la endémica A. trachyphylla.

Arenaria erinacea

     Llevo unos pocos años viciado con la que creo que es la vegetación de las arcillas, quizás más centrado en las madrileñas, pero viajando más allá sigo viendo muchas coincidencias y variantes, por eso quería ver estas arcillas, para intentar reconocer su vegetación antes de que todas las plantas estuviesen "fanés" por las heladas otoñales.

     Al poco encuentro una planta propia de un todo un género que se puede considerar como argílico, los Carduncellus, un género de bellas flores azules en apretados capítulos. Hay algunos que crecen en arcillas de descalcificación en zonas altas y medias, como este C. monspelliensium, aunque cerca aparece otro más norteño de parecida ecología, C. mitissimus; de zonas más bajas o de arcillas con yesos intercalados es C. hispanicus y de arcillas con mucho magnesio C. cuatrecasasii, aunque si a eso le sumamos unas arcillas muy expansivas, tenemos el teóricamente extinto C. matritensis.
El pequeño Carduncellus monspelliensium abunda por estas arcillas

     Otras especies que veo, quizás están más relacionadas con las arenas, plantas como Arenaria erinacea o Armeria brachyphylla lo son, pero una muy propia de estas altas arcillas ibéricas es un bello y níveo endemismo, la artemisa, ajenjo o hierba cominera como llaman popularmente  esta aquí blanquísima Artemisia pedemontana, una planta que puedo comprobar como es capaz de autorregarse gracias a su fría tonalidad que consigue empaparse de rocío a poco que bajen las temperaturas nocturnas. Ahora puedo comprobar como estas plantas están empapadas y chorreantes, mientras que sus vecinas, más oscuras, simplemente aparecen secas.
Artemisa pedemontana adaptadísima al viento desecante de estas altas mesetas, pero por la mañana cargada de rocío

    También veo tomillos que no conozco, muy laxos y de ramas largas, algunas vellosillas (Hieracium spp.), auténtico galimatías taxonómica donde no pienso meterme. Incluso me comentaron de estas arcillas que por aquí aparece otra especie de un género tan raro como específico de las arcillas como es Hohenackeria, si bien la que aparece en estas arcillas es H. exscapa y la prácticamente extinta es H. polyodon de arcillas magnésicas tan expansivas como las madrileñas.
Un desconocido tomillo (para mí al menos)

     Una región donde los árboles, sometidos a esas duras condiciones del páramo, tardan tanto en crecer y de forma tan retorcida, es como para dejar esa madera en el monte, para siempre, para que su hojarasca y restos, den unos buenos pastos ganaderos a esa cabaña que todavía sigue aprovechando esos montes, desde ganado bravo que sigue en trashumancia, aunque a muchos no les quepa en la cabeza, a las ovejas que aún usan la cañada real conquense.

     Pero ya se va viendo cada año más ganado de escopeta y menos del tradicional, lo que no es tan bueno, porque aquí siempre la avaricia rompe el saco y se lleva la carga animal, hasta extremos muy superiores al límite de lo que da la vegetación de la zona de para alimentarles sin salir seriamente comprometida.


     Deberíamos cuidar esta enorme y salvajes extensiones de terrenos como si fueran el gran aljibe, la fuente del agua que va a dar vida a una buena parte de Levante, del sur del Ebro, del Tajo e incluso del Guadiana, preservando esta esponja verde que son sus bosques y matorrales.


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