domingo, 21 de julio de 2019

El Incendio de Gavilanes y Pedro Bernardo


Todo ha vuelto a suceder de nuevo, han pasado 33 años desde el último gran incendio que dejó sin pinos más de medio término municipal de Pedro Bernardo y una tercera parte del de Gavilanes. Aquella vez el incendio vino de lejos, empezó en las Cinco Villas, saltó el cordal de Peña Aguda y pasó a Pedro Bernardo; arrasándolo todo de oeste a este hasta la garganta del Escurialejo en Gavilanes. Ahora ha ocurrido al revés, ha ido de este a oeste y quizás peor, pues los medios de lucha contra el fuego casi han brillado por su ausencia o por falta de diligencia en Pedro Bernardo. Todo también tras el aviso de hace un par de años del incendio de Mijares.



El viernes 28 de junio, poco después de comer ya estaba avisado por mis padres que había empezado el fuego y ese mismo día por la noche marché para Gavilanes. Esa noche el viaje por la carretera de Extremadura fue dantesco; a unos 40 km de Madrid se divisaban granes llamas en el horizonte hacia el noroeste, resultó ser el incendio de Almorox-Cenicientos. Los frentes se veían activos, potentes y abarcando una gran extensión. Al poco rato , tras ese fuego y como colgado en el cielo, se veía otro mucho más lejano que era el de Gavilanes. La cosa no quedó ahí, antes de llegar a Maqueda, hacia el sur se veía otro resplandor rojizo, era otro incendio en los “cigarrales” de la capital toledana.


La zona ahora calcinada, en Semana Santa, al fondo la cabecera del valle del Tiétar

El panorama casi parecía lógico, en medio de la primera gran ola de calor del verano, con un viernes que superó los 42˚C en amplias zonas de Castilla la Mancha, sur de Madrid y valle del Tiétar. Esto tras una catastrófica primavera por la falta de lluvias y las altas temperaturas. El lunes siguiente comprobé que durante buena parte de la tarde la humedad había sido increíblemente baja, incluso menor del 10% y una máxima rozando los 42˚C. Afortunadamente el viento en Gavilanes no fue fuerte, pero en los momentos iniciales, a primera hora de la tarde, sí contribuyó a la rápida propagación del fuego. Se superaba con creces esa máxima de los “30” de riesgo de incendio: temperatura superior a 30˚C, viento superior a 30 km/h y humedad inferior al 30%.



 Al poco de desviarme en Talavera, ya se veía el fuego en toda su magnitud y al entrar en el valle del Tiétar, se veía que había alcanzado la sierra de Pedro Bernardo y por Gavilanes había numerosas zonas ardiendo. Desde la Cantina de Gavilanes, una multitud de personas observaba el desarrollo del incendio. Al subir, en el cruce de la forestal, decenas de camiones y medios de las Brigadas de Incendios y de la Guardia Civil. Luego desde la casa de mi familia, se veía dantesco y eso que decían mis padres que lo peor había pasado. Había  potentes focos a un lado y otro de Lomo Zapatero.



Por la mañana oí un pregón que llamaba a congregarse en la piscina de La Dehesa para ir a atacar el fuego. Subí con mi coche pero no vi a nadie, solo vi los helicópteros aprovisionarse ruidosamente de agua en la piscina. Un hombre me recomendó subirme a la sierra por la pista de El Chorro. De camino me crucé con unos amigos que volvían después de haber pasado toda la noche luchando contra el fuego. Venían destrozados físicamente y abatidos moralmente, porque veían que de poco había servido su esfuerzo, dada la dificultad de apagar las llamas, de noche y prácticamente, sin medios. Llegué al final de la carretera y me topé con un par de camiones y brigadas que luchaban por apagar unos pocos focos que por momentos parecían resucitar. Eran bastantes, no había voluntarios y yo pintaba poco por allí.


Por encima de El Chorro, parece verde, pero esa ladera está muerta en un 90%

 Volví al coche y decidí subir por la forestal hacia Jarillas y la sierra. Ahora ya no había nadie en el cruce de la forestal y la carretera hasta arriba era un verdadero infierno. Hacía pocas horas que el fuego había pasado por allí arrasándolo todo, paisaje y árboles negros y muertos, envueltos en una oscura neblina. El camino lleno de bloques caídos de los altos taludes de la carretera por el paso del fuego, troncos en medio del camino y garrafas de agua en los cruces; por fin, pasado Jarillas, encontré a la gente.


Un rincón de Jarillas con un abedul. Antes del incendio viejo, por aquí hubo algunos pinos serranos (Pinus siylvestris) de gran tamaño

 La gente estaba muy perdida, discutiendo qué  hacer o qué se debería haber hecho. Al parecer, con pocos medios más o más decisión y coordinación, se podía haber impedido la entrada del fuego en la sierra. No había camiones ni brigadas, hasta que llegó una primera brigada y bajaron a intentar controlar una lengua de fuego que venía desde abajo, donde yo había estado antes. No había organización ni decisión, alguno se bajó con ellos. Al poco llegó del este una lengua de fuego que iba a cruzar la pista; era un buen lugar para atacar el fuego y con varias personas y un todo terreno con remolque con depósito y bomba, nos fuimos a tratar de impedir que pasara la pista.


Un compañero, casi a la parrilla, desesperado por el mal funcionamiento de la bomba

  La bomba no funcionaba o lo hacía a ratos, yo me quedé sujetando la bomba al fondo del tanque para que no se levantase y cogiese aire, incluso a veces había que “cebarla” para que tirase. Por delante del coche, en la boca de la manguera un hombre se veía impotente, intentando apagar aquellas llamas con un chorrillo de agua intermitente. A ratos volvía hacia nosotros, desesperado por el calor del fuego y de nuevo volvía a la carga, pero el agua apenas corría; rodeado por el fuego, vio y vimos, impotentes, como el fuego pasaba al otro lado y se alejaba ladera arriba.


Foto tomada en abril y la de abajo durante el fuego. De denuncia !!

Esa ladera, era una verdadera trampa, estaba completamente regada de troncos cortados y de ramas y copas desperdigadas por el suelo, haciendo muy difícil andar y más fácil aun, el progreso de las llamas. Nos volvimos al punto inicial, allí un camión, en la cercana balsa en los prados de los Veraniegos, frente a Jarillas, intentaba cargar su depósito, pero con una bomba que apenas funcionaba y hacía eterna la espera. Cuando estuvo cargado, me uní a la brigada que fue a atacar el fuego que nos había pasado por delante. El camión aparcó abajo y la brigada comenzó a desplegar las mangueras ladera arriba. Cuando se vaciaba la cuba, el camión era sustituido por otro.



Yo me encargué de cargar tramos de manga e ir empalmandolos, junto con otros brigadistas y algún otro voluntario, según avanzábamos. Esa ladera por desgracia, era la ladera llena de basura que nadie se había dignado recoger en cuatro meses, haciendo durísimo el avance e incluso el manejo de las mangueras, pues continuamente se atascaban entre los palos. Uno de los brigadistas me dijo que él estuvo en la corta y que le dijeron que subirían poco después a recoger todo aquello, ahora maldecía su propio trabajo que tanto nos estorbaba y tanto contribuía a la propagación del fuego.



Esa fue mi línea de todo el día, a veces avanzaba terreno por delante de la manguera, para indicarles por dónde tirar mejor, o por donde pasar la manguera, otras, empalmaba manguera o cortaba la manga para hacer los empalmes. También cogía escobas de retama para hacer de batefuegos en las llamas de pequeño-mediano tamaño que se podían atacar, pues en cuanto se hacían un poco más grandes, el calor era insufrible, siempre y cuando el humo no viniese hacia uno, pues entonces tocaba irse lejos a poder respirar o a refrescarse. Hubo un momento en que sopló un poco de viento, no pude volver por donde había pasado hace un momento, de un golpe el fuego había avanzado muchos metros hacia nosotros y amenazaba quemar las mangueras. Al rato paró, la verdad es que tuvimos mucha suerte con la falta de viento ese día.



A veces me veía la cabeza o la ropa, con bichos palo, saltamontes, cigarras, pero no me molestaban, me sentía como si me pidiesen auxilio, me dolía pensar que estaban muriendo a cientos, a miles, a cientos de miles; un fuego es mucha muerte; nos fijamos en los árboles, en que no muera ninguna persona, pero la muerte se extiende hasta por debajo del suelo. Me contó mi sobrino, que estuvo en todas las tareas posteriores, que no les dejaban echar tierra a los tocones ardiendo, porque si los tapaban, el fuego por debajo del suelo, podía durar semanas y resucitar en una noche de viento, pero sin taparlos, en un par de días se consumían.


Manguerista con su escudero coordinados perfectamente

No había avance sin verificación de vías de escape, la sospecha de un rebrote sobre el terreno batido era continua, el peligro estaba siempre presente. Para esos menesteres estaba una de las personas fundamentales, en este caso una mujer, decidida y metiéndose continuamente en lo quemado, con la radio en comunicación permanente, para estar informada al momento de todo. Estaba encargada de controlar la seguridad del personal, validando zonas seguras y con potestad para mandar a todo el mundo para abajo, como ya lo hizo una vez al enterarse del rebrote en las cercanías del camión de abajo, aunque tras comprobar el control del mismo, revocó su orden.



Para mí era tristísimo, llevo desde niño subiendo por esta parte de la montaña, ahí cerca hay algún refugio en el que he dormido en las excursiones que hacíamos hace años. Es la parte de la sierra ideal para atacar la subida al Cabezo o pasar al puerto del Lagarejo, muy por encima de Pedro Bernardo y saltar hacia Serranillos. De hecho, esta Semana Santa estuve exactamente en estos mismos sitios y maldecí al ver que habían entresacado pinos y habían dejado toda la broza sin recoger por el suelo, pensando entonces en el problema que traería como surgiese un fuego. 


Esta cueva y cabaña está escondida entre los peñascos de detrás de la brigada

Ese día Álvaro me enseño los nombres de todos estos lugares, incluso nos enseñó una cueva y corral entre los grandes bloques de rocas que yo desconocía por completo, a pesar de creer que conocía la zona. Como cambia el cuento, las fotos que aquí muestro, dejan muy claro el antes y el después.


Aunque no sea creíble, las dos fotos son prácticamente la misma

Al final echamos más de un km de mangueras, tuvimos que pasar por lugares muy difíciles, no solo por las altas escobas de algunos lugares, sino por algún caos de grandes bloques o “tors”, lugares muy difíciles de andar y más difícil aún, de apagar un fuego entre esos bolos graníticos, como la cueva que me enseñaron, y seguir avanzando ladera arriba hasta controlar el fuego.


El fuego escapándose hacia la sierra, donde finalmente se consumiría casi por sí mismo

Realmente el fuego no se llegó a controlar, pero entre todos conseguimos salvar una bien lograda repoblación de pinos serranos (Pinus sylvestris) y varias hectáreas más de pinar en el límite del bosque. Costaba mucho meterse con algunos grandes escobonales ardiendo. Ahí un jefe de brigada echó el resto empujando a sus hombres a atacar el fuego antes de que se extendiese a otra masa de pinos, trabajando con los batefuegos tras un momento crítico en que los helicópteros dejaron de arrojar su preciada carga al lado de nosotros. Al parecer había surgido otro fuego en El Arenal y había que atacar ese fuego, provocado en numerosos focos, en esos momentos iniciales antes de que se extendiese. A base de tesón, insistencia y dejando claro que estábamos a punto de finalizar y que no lo conseguiríamos con éxito  si nos dejaban sin medios. Afortunadamente su insistencia fue recompensada y un helicóptero volvió a ayudarlos. Yo subí a ver como seguía el fuego, sierra arriba, pero ya entre praderas y piornales; viendo que ya estaba controlado ahí, decidí irme volviendo.



Me despedí de la gente, hermanada por luchar contra el mismo enemigo y me llegué hasta el coche, que ya no estaba donde lo dejé. Siguiendo las normas básicas en un incendio, lo dejé cuesta abajo, abierto y con las llaves puestas. Por lo visto, el famoso rebrote había sido por cerca y habían bajado algunos coches, como el mío, a zona segura, cerca de la fuente de Jarillas, donde por fin encontré el coche, bebí agua de su fuente e incluso me metí en una pocilla, para quitarme todo el sudor y darme un golpe de frío en un día tan ardiente, por las llamas y por la meteorología. La sensación de “bocaseca man”, como decían los de Muchachada Nuí, por mucho que bebiese, no se me quitó en varios días.


Cercanías del refugio, zona hoy desaparecida por completo

Aún sigue coleando el tema de si fue provocado o no. En un principio parecía que sí, pues al poco de empezar el fuego, aparecieron nuevos focos demasiado lejos al este, como para ser de pavesas, pero todo apunta a un tendido eléctrico que baja de la casa de máquinas, con un recorrido muy mal mantenido entre los pinos, porque las compañías eléctricas prefieren claramente recaudar todo lo que pueden y gastar, por debajo de lo imprescindible, en tareas menos rentables, como el mantenimiento de líneas o la renovación de equipos e instalaciones.


No ha quedado ni una brizna de hierba en los alrededores de esta pequeña balsa.

El hecho innegable, es que se perdió un tiempo precioso y decisivo al poco tiempo de iniciarse el fuego que, paradójicamente, fue denunciado por personas montando en parapente,  (gracias, pero el domingo estorbaban peligrosamente a los helicópteros). Lo lamentable es que no había ni una persona encargada de vigilar el monte, pues por decisión de la Junta y a pesar de los avisos de ola de calor y del riesgo extremo de incendio, la campaña no empezaba hasta el día uno de julio, a diferencia del resto de comunidades autónomas vecinas que sí que habían adelantado la campaña. Al parecer los bosques y campos de Castilla, no merecen que se gaste un poco más de dinero en ellos, a pesar de lo mucho que éstos nos dan a todos. Así empezó la campaña, improvisando, a rebufo del fuego y sin medios humanos contratados.



Me tocó bajar otra vez por la kilométrica pista, pero esta vez la sensación era positiva. Recuerdo el momento en que llegué a donde se acababa la zona quemada; la verdad es que, mirando el suelo prácticamente muerto bajo los numerosos troncos de los pinos, no había tanta diferencia entre un monte quemado y esto, bueno sí, visto desde arriba, predomina el color verde, pero qué vida había bajo esa multitud de pinos. Sí, tiene más vida, pero cuánta más ¿?, es éste el bosque que queremos ¿?, yo desde luego, prefiero los piornales, los escobonales, los jarales o praderas, aunque no sean bosques, antes que un sitio tan muerto. Me da coraje pensar que allí arriba, una vez superado el límite forestal, hemos dejado quemarse el monte, como si una vez salvados los árboles, lo otro ya no mereciese el esfuerzo.


La de arriba es sin quemar y la de abajo ya quemado. ¿Es tan diferente...?

Es una discusión que no lo va a ser, porque ya he oído que se va a volver a repoblar y va a ser con este mismo pino, el que mejor arde de todos, el pino resinero Pinus pinaster. Pero qué monte queremos, cómo vamos a mantener el monte, qué uso se le va a dar al monte. Por lo que oigo, la idea general del monte ideal es tener el monte lleno de pinos, “limpios”, sin nada de broza, sin otras plantas que esos pinos, todo muy accesible gracias a las numerosas pistas, con pantanillos  en los primeros arroyos, para ser usados en estas graves circunstancias.



Todos estos conceptos básicos y a largo plazo, son fundamentales y no les estamos dando la importancia que requieren. Ahora a todo el mundo se le llena la boca con el mundo rural vacío o vaciado, pero pocos piensan a largo plazo. Todo ha cambiado mucho y el mundo rural se ha dejado “caer” , porque a pesar de ser un mundo sostenible, barato, moderadamente rentable y disfrutable, no encaja en el modelo de desarrollo a gran escala que se precisa en las ciudades, los centros donde ha sido preferible, por manejable y rentable (claro que no para la mayoría), concentrar población, recursos y empleos.


Montes desolados, hacia Pedro Bernardo

Por aquí arriba todavía pueden verse los restos de las majadas y cabañas de vaqueros y cabreros; los muros caídos de las fincas donde se cultivaban huertas de patatas tardías, incluso aún se ven tocones de antiguos castaños, robles y nogales. Por aquí vivió bastante gente, buena parte del año, aunque en invierno bajaran a vivir a los pueblos. Mi antiguo mapa del ejército, mostraba estos montes como bosque mixto de roble y pinar, pero el pinar se ha fomentado y el robledal no, luego todo se ha quemado varias veces y ahora los suelos están muy acidificados. Ahora la vegetación potencial de esta zona, es apreciable, no en monte abierto, sino cerca de los arroyos o en las vallas de las fincas; ahí aún perduran algunos robles arriba y alcornoques ya más abajo. Todo está en nuestra mano, a corto plazo puede ser más rentable el pino, en términos de crecimiento rápido y poco más, porque a largo plazo, lo que interesa es conservar los suelos, el buen funcionamiento hidrológico y mantener la diversidad biológica del monte.


¿ Quién va a impedir que en esta vaguada se forme un barranco cuando vengan las lluvias ?

El monte hoy en día solo es rentable por las subvenciones y dineros que "caen del cielo”; esas subvenciones vienen de arriba abajo, y van dejando sus porcentajes respectivos hasta que llega, ya escaso, al suelo forestal. En los encinares y montes de Sierra Morena, extensible a otras muchas partes, se demostró ya hace años que la mejor recuperación del monte consistía en dejarlo en paz, que rápidamente se instalaría un jaral que luego se iría enriqueciendo en más arbustos y, poco a poco a re-arbolarse por sí mismo. Pero claro, eso es lo meridianamente opuesto a la cascada del dinero de las subvenciones, de los trabajos forestales, de la creación de pistas, etc. Esa es la clave, al campo, a los pueblos, mucho o poco, va a llegar dinero. Los pinares no son rentables, aunque cuando se plantaron o potenciaron, producían dinero con el resineo y las talas; pero hoy cuesta más cortarlos y transportarlos que lo que vale la madera.



El dinero hay que ponerlo desde ya, directamente en relación con el futuro que queremos para esos montes, lo que nos lleva a una idea clara del mundo rural que queremos. No se trata de dar dinero para engordar a unos pocos que mueven el sector de la madera, el forestal, el ganadero o la extinción de incendios. Se trata de que se reparta mucho más, no solo que llegue a más población, por supuesto, sino que apoye el buen funcionamiento ecológico de estos ecosistemas, la creación y conservación de los suelos fértiles, el mantenimiento hídrico, la biodiversidad vegetal y animal, que fomente los aprovechamientos sostenibles, la vuelta o recuperación de la pequeña agricultura de montaña, la ganadería a pequeña escala; la vuelta a trabajar el monte, con sus antiguos caminos para ser usados por personas y ganados, con los huertos tardíos y frutales de altura, y también los usos deportivos, cinegéticos, micológicos o de esparcimiento.

Aquí en los prados de losVeraniegos, llegó a vivir gente en verano no hace demasiado tiempo

Un dinero bien administrado y con una clara idea de futuro, puede obrar maravillas en estos montes hoy calcinados. Quizás sea pedir demasiado, pero no veo otra manera de un uso del monte que convenga a todos, sea sostenible y vuelva a atraer a la gente a usar y vivir estas montañas.



El lunes siguiente al fuego, me asombró al oír en 180 Grados de Radio 3 a Virginia Díaz hablando por ella y por sus compañeras gavilaniegas y cuchareras (de Pedro Bernardo), sobre el incendio y lo desprotegidos que se sintieron los habitantes de Pedro Bernardo que se manifestaron espontáneamente en la plaza. A esta protesta les respondieron desde la Junta que actuando así, no se apagan los fuegos. Quiero creer que el ser el único ayuntamiento de izquierdas de la zona, no haya influído en lo ocurrido aquí.



  Entre la gente que protestaba había ganaderos que acababan de hacer fotografías de sus reses calcinadas en medio del desastre y que a punto estuvieron de pagarlo con los escasos agentes forestales que había por allí. Por contra, en Gavilanes se apelaba a la valentía de los voluntarios y al "orgullo de ser gavilaniego", y por su puesto, desde la Junta se apuntaba a la mala suerte y a la conjunción fatídica de factores que habían conducido a esta situación.



Se corre un tupido velo y se piden subvenciones, ayudas y repoblaciones, pero la cuestión de fondo sigue estando ahí. Somos unos desalmados que solo vemos el dinero y el interés, a pocos se les ocurre preocuparse por el monte, por los animales, por el mantenimiento de los manantiales y la vida del monte. Seguimos sin tener claro que tipo de monte y que usos del mismo queremos para el futuro. No hemos aprendido nada en esos 33 años desde el último gran fuego. Ya se nos ha olvidado que los primeros veranos, y no era por el calentamiento climático, eran más sofocantes porque no había bosques que atemperaran; que la mayoría de las fuentes no corrían o lo hacían con un chorrillo indecente; que las pozas de las gargantas estaban colapsadas con arenas y bloques caídos de la montaña; que algunas laderas inclinadas, con las fuertes lluvias de esta cara sur de Gredos, reventaban y creaban coladas de bloques y barro que arramblaban con vallas y casillas, destrozando y erosionando todo a su paso.


Colada de bloques y barro, por debajo de la fábrica de la luz, tras el incendio anterior

  Hoy vemos los restos del fuego y se hace una contabilidad de árboles muertos, sin tener en cuenta la verdadera magnitud del enorme desastre ecológico que conlleva un incendio de grandes dimensiones. No es el tiempo que tardará en verse todo como una hora antes del fuego, quizás tampoco estaba tan bien en esos momentos previos, porque era como yesca muerta, esperando a arder, si no este año, el siguiente. Hay que mirar cómo van a quedar los pantanos como el de Rosarito, colapsado, con lámina superficial de agua, pero sin fondo, donde habrá ido a parar todo el material que va a caer ahora de estas montañas, en cuanto empiece a llover como debe; cómo va a cambiar el clima, tal y como está cambiando él solito, sin estas  ayudas extraordinarias. Tal vez, si se multa a los países por superar los umbrales permitidos de emisiones de CO2, habría que multar por estas gigantescas emisiones que se producen en los grandes incendios, a ver si por las malas aprendemos a cuidar mejor el bosque.


Las montañas entre Gavilanes y Pedro Bernardo, muestran las heridas de la erosión y las pistas de saca tras el último incendio. Esta zona ha vuelto a quedar igual que entonces

  Cuidar y mantener bien un bosque (ya sea también piornal, pastizal o roquedo), no tiene precio, ya solo por el hecho de mantenerlo vivo y en buen estado, es como estar generando riqueza, directa e indirectamente. El monte, la ganadería, la agricultura, el medio rural, hay que entenderlo como un todo unido e íntimamente relacionado. Ahora lo tenemos abandonado a su libre albedrío, ante la ley del más fuerte, bajo el dictado de ingenieros de montes de la vieja escuela (cada día menos) que bajo criterios utilitarios buscan un rendimiento económico a corto plazo. Los ganaderos se benefician de las vallas caídas y sus vacas  pastan en terrenos de otros y los antiguos prados de siega, son levantados por las jetas de las piaras de jabalíes que aprovechando el abandono, han prosperado tanto que están destrozándolo todo.


El Cabezo visto desde las Erillas, zona límite del fuego

Quizás estas ideas de cómo debería ser un monte, sean demasiado idílicas o teóricas, pero lo que está claro es que hay que empezar reclamando enérgicamente su cuidado, su mantenimiento y protección, como si fuese algo nuestro, no de la junta, ni del ayuntamiento, ni siquiera de particulares. La riqueza que generan, el oxígeno que producen, el clima que atemperan, el agua y la vida que atesoran, es en beneficio de todos. 


Suelo del monte totalmente lleno de broza sin recoger desde abril

   No se puede perdonar a la Junta que no hubiera adelantado la campaña de incendios; no se puede perdonara que no haya una clara cadena de mando dispuesta y bien formada organizando sus medios y voluntariado; no se puede perdonar a una eléctrica que solo pone la mano para recoger dinero y no para limpiar y mantener sus líneas; no se puede perdonar que se corte, entresaque y se deje el monte totalmente lleno de broza seca esperando a arder o estorbar; no se puede perdonar que unos pueblos como éstos no tengan un camión autobomba para atacar estos fuegos en sus inicios, incluso fuera de temporada. Hay que exigir y no ser complacientes en espera de la sopa boba de la lluvia de ayudas y subvenciones.


Los Veraniegos y la balsa de incendios en sus peores momentos

 Nos jugamos demasiado, las previsiones de cambio hacia un calentamiento del clima, no dejan de mostrarnos sus evidencias y no estamos a la altura ni por asomo. Hasta los adolescentes suecos están dejando en evidencia a gobernantes y dirigentes europeos. Nos estamos jugando el planeta, suena exagerado pero no, solo hay que mirar cómo se está destrozando todo a nuestro alrededor sin que queramos darnos cuenta. Basten como ejemplo estos incendios, para demostrar a las claras el futuro que estamos dejando a nuestros hijos.



Gracias a todos los voluntarios y a la labor impagable y por encima de su capacidad de las Brigadas de Refuerzo en Incendios Forestales (BRIF). Con todos ellos y el ánimo de la mayoría de la gente, parece que aún tenemos en nuestra mano enderezar un futuro que se nos está yendo de las manos.

domingo, 30 de junio de 2019

Cabo de Gata, Almería


          Este año el invierno y comienzo de la primavera ha sido generoso por el sureste ibérico, más en concreto por el Cabo de Gata, en Almería. Una Semana Santa que trajo de cabeza a los turistas. Solo aquéllos más alerta o con más posibilidad de elegir fechas, pudieron capearla en su primera parte, pues en la segunda y principal, jarreó y aguó las expectativas de cientos de bañistas que tuvieron que ver el mar desde las ventanas o desde la sombra de los paraguas.



          Un amigo mío estuvo por allí poco después y me dijo que nunca había visto aquello tan verde, me puso los dientes largos y a los pocos días pasé yo por allí y, en efecto, la respuesta de la vegetación semi-árida a unos buenos chaparrones es casi instantánea, en otras zonas tardaría, al menos de diez días a más de dos semanas, pero aquí en cuatro días estaba todo verde. 



         Los vientos y la vuelta de las temperaturas más acordes con la estación, hicieron que todo se fuese secando, pero poco a poco, dándonos tiempo a paladear unos paisajes y una flora poco común y sumamente agradecida.



          Es probable que esta entrada sea una mera excusa para mostrar las fotos que hice por allí o para “retoricar” de lo que está protegido y lo que no. Pero es un lugar de visita obligada, aunque solo sea para aprender a amar la geología hispana y el valor de una flora valiente que crece en los límites de lo que llamamos "desierto".



         Las magníficas calas o playas de por aquí, son de las que hacen pensar, pensar en todo, en el hombre y la naturaleza, en un Mediterráneo que ya no existe, en la España de vacaciones de verano y de vacaciones mentales continuadas.



         Da gusto poder disfrutar de este tipo de paisajes tan poco usuales, tan geológicos, de estos campos esteparios y carentes de arbolado, de unos paisajes casi de ciencia ficción, de tierra recién creada que es lo que parecen transmitir estas rocas, estas arenas, estas calas sin chiringuitos.



          Ya he realizado varias entradas sobre el sureste ibérico y su africanidad y, también hacía mucho que no volvía por Cabo de Gata, región a la que tuve querencia ya hace muchos años, pero que he ido viendo cómo, en general, se sobrevaloraba especulativamente, en el contexto general de un litoral que va desde el Mar Menor hasta la capital almeriense. Por eso mis últimos viajes han tenido lugar más por tierras murcianas, algo más tranquilas que estas almerienses. 



              Ni que decir tiene que se trata de los mismos paisajes, casi las mismas litologías, mezcla de volcánicas con calizas o de arenas petrificadas, con sus ramblas, sus acantilados y sus magníficas playas. Pero aquí en Cabo de Gata, casi todo se encuentra bajo una misma gran propiedad y bajo la figura de Parque Natural y aunque se le hubiera podido exigir mucho más, bastante ha parado la apabullante marea especulativa que ha sacudido toda la costa mediterránea, hasta convertirla en un “Monopoly”.


Al fondo el "Promotorium Charidemum" de los romanos, el cabo de Gata

Me he vuelto a reencontrar con unos paisajes que no han cambiado, con unas calas que siguen igual de tranquilas, sobre todo, aquellas a las que hay que llegar andando, y he agradecido sus fantásticas formas geológicas, algo que siempre es mucho más fácil de apreciar en entornos semiáridos que en tierras más lluviosas, donde la vegetación con su vestido, camufla esas formas, esas geologías.



         El vulcanismo aquí, es de libro; son grandes paisajes dominados por esas formas claramente volcánicas, no es como en las otras dos regiones volcánicas peninsulares, mi querido Campo de Calatrava, que viene a ser  la llanura caliza manchega, salpicada por aquí y por allá de volcanes que apenas llaman la atención y de grandes hoyas o maares de origen freato-magmático, siempre entre largos cordales cuarcíticos que preludian la región de Los Montes.


Formas columnares basálticas de enfriamiento de la lava

Aquí dibujando una forma abovedada que sirve de cabaña

       Tampoco es parecida a la región volcánica de La Garrotxa (Olot), con sus volcanes magníficos, pero modestos y camuflados por una magnífica vegetación mediterránea plena de lluvias.



Modesta desembocadura de una rambla de poco más de 2 km de recorrido

      Formas retocadas por la torrencialidad de unas escasas; pero tumultuosas precipitaciones: la primera vez que vine por aquí, fui a ver a un amigo que vivía en un cortijo por encima de San José, en medio casi de un llano que era la rambla seca, y al lado de su casa, había un par de neveras en medio del camino que el agua dejó allí en la última tormenta.



         Pero en esta región, más que la lluvia es el viento quien tiene la última palabra. Recuerdo que mi amigo Javier decía que se equivocó al poner paneles solares en su casa, que lo verdaderamente eficaz era un pequeño aerogenerador. Y así debe ser, solo de ver como se movía la arena en dunas y playas.





El viento también ha traído a estas medusas como polizones a estas playas

         Peor es intentar ponerse en el lugar de esa vegetación que tiene que soportar estoicamente ese continuado golpeteo y presión del viento, quizás no tan desecante como el de interior, por venir siempre del mar, con su carga de humedad que muchas mañanas tiene a bien formar neblinas o condensar en las plantas o rocas más frescas, aportando así una escasa, pero valiosa, carga hídrica.


Matas de barrón, de Launaea arborescens y una azucena de mar Pancratium maritimum, entre las arenas

         La potencia del viento es tal que aquí existen dunas remontantes, un fenómeno poco común pero espectacular. Cerca de Mónsul, en el Barronal, nombre relacionado con el "barrón" una planta ejemplo de adaptación extrema a los medios arenosos, Ammophila arenaria; comienza el aporte de arena para una duna que remonta poco más 100m de altura, hasta casi las cimas de esa pequeña cordillera más litoral.


Inicio de la duna en el Barronal y remontada
Término de la duna sobre la ladera volcánica a 100m de altura

          La variedad floral de esta región es enorme, quizás el sureste ibérico, en sentido amplio, incluyendo algunas sierras interiores, pueda ser el punto caliente o de más biodiversidad botánica de toda Europa. La gama de altitudes de la región, hace que aparezcan aquí, el inusual piso Inframediterráneo, que solo vuelve a aparecen en Canarias y en el continente africano; el piso Termomediterráneo, luego, subiendo un poco, la influencia mesetaria que entra aquí desde los confines manchegos, con el piso Mesomediterráneo; si seguimos subiendo, pasamos al piso de sierras o Supramediterráneo que en sus cimas más elevadas acogería el escaso piso Oromediterráneo.


Hammada articulata, una de las plantas mejor adaptada a condiciones extremas de xericidad

          Cada uno de los anteriores pisos tiene una vegetación que le es característica y si a eso le unimos las diferentes variables litológicas, completamos una gama amplísima de vegetación, según estemos en depresiones salobres, sustratos calizos, sustratos arenosos, sustratos ácidos, etc. que crean un mosaico vegetal difícilmente igualable en cualquier otra región ibérica. Aunque parezca descabellado en las altas montañas de esta región, todavía quedan enclaves con algunos abedules o tejos, entre otras especies de carácter más norteño.


La bella y discreta Rhodalsine geniculata

          Pero de todo el sureste, solo este pequeño rincón de la sierra del Cabo de Gata, atensora endemismos que solo aparecen aquí. Casi todos con su nombre específico de "charidemi" que es el nombre de esta área hispánica para los romanos, el cabo de Gata era el famoso Promontorium Charidemi; de ahí este apellido de las plantas exclusivas de estos pagos, amén de la presencia de otras muchas que solo aparecen en el litoral sureste en sentido más amplio.


Rosmarinus eriocalix, un romero especialmente adaptado a estas duras condiciones

          Esta región ha cambiado con el hombre y ha hecho con él, por culpa de él o a pesar de él, a llegado a los paisajes que tenemos hoy en día. Mucha de la biodiversidad que aparece, tiene su origen en las adaptaciones al trato humano, aprovechando ventajas competitivas o sabiéndose adaptar a los cambios introducidos por el hombre en la naturaleza. La variedad de especies de la familia de las crucíferas, por ejemplo, dan muestra de ello. Otra cosa es lo que está ocurriendo en las últimas décadas en esta región, la plastificación del paisaje, a todos los niveles; la lucha por el agua, la moderna existencia de “aguatenientes” o la irrupción de las sociedades de inversión en el campo, al amparo de legislaciones desfasadas o permisivas, está llevando, como en casi toda España, a una situación insostenible en la permanente dialéctica entre recursos naturales y actividades económicas.



          Pero aquí estamos en un Parque Natural, y por momentos, casi nos podemos olvidar de este enorme conflicto con repercusiones en todo (lo social, lo medio-ambiental, lo económico, etc.) y nos damos un chapuzón en algunas de las mejores playas españolas y salimos tan frescos del agua, aquí no ha pasado nada. Pero solo hay que entrar o salir de aquí, para darnos cuenta de que estamos convirtiendo nuestros últimos rincones naturales en parquecitos, en jardines ciudadanos, en relajantes documentales de naturaleza que nada tienen que ver con la verdadera realidad, con la tierra, con nuestra tierra. Estamos entrando en una esfera virtual de lo que es la naturaleza, no estoy contra los parques naturales o áreas protegidas, por supuesto que desgraciadamente son imprescindibles, pero estoy totalmente en contra del olvido generalizado que se está cebando en todas las pequeñas y grandes áreas naturales de nuestros pueblos, de nuestras ciudades, de todos aquellos rincones que nos quedan más cerca, que podrían ser los más disfrutables, sin tener que coger el transporte o el billete a la felicidad de estos destinos de naturaleza.




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