martes, 31 de enero de 2017

La Costra Caliza manchega


         Hoy voy a hablar de la rala vegetación de las costras calizas. Si me oyera un agricultor hablar de estas piedras sin maldecirlas, probablemente pensase que debería probar una buena pedrada. Estas costras son el enemigo “de toda la vida de Dios” de la agricultura, no solo en la Mancha sino en toda la España caliza. Hace años se removían a base de brazo y palanca, y hoy en día, la exagerada potencia de los tractores, lo hace en cuestión de minutos, lo que ha llevado a que, para bien o para mal, apenas haya hoy costra virgen que quitar.

En lo más duro de la costra apenas vegeta alguna acederilla y pistorinias aún sin flor

La costra o caliche tiene una génesis antigua puesta en relación con un clima algo más árido que el actual. El origen de la gran llanura manchega hay que buscarlo hace unos 2,5 millones de años, cuando tras los empujes de la orogenia alpina, toda esta región fue rodeada por relieves montañosos, formándose una región de lagunas y mares interiores. Hace años se tenía por cierto que se trataba de transgresiones y regresiones marinas desde el actual Mediterráneo, que también, pero hoy en día está mucho más aceptado el papel del endorreísmo manchego.

En algunos recovecos de la costra solo pueden prosperar líquenes terrícolas como estos

        En el centro de la depresión manchega se iban acumulando aguas y sedimentos procedentes de los relieves circundantes, actuando fenómenos geomorfológicos, tanto erosivos, creando las llamadas superficies de erosión, llanuras fruto del pulido y relleno continuo por su larga exposición a la intemperie; como de relleno de la cuenca, por sedimentación de los materiales transportados desde la periferia y tambiën por la precipitación química de aquéllos que permanecían disueltos en las aguas.

Los Praos de Carrión, condiciones de endorreismo con formación actual de playas secas y húmedas

        Sobre estos materiales relativamente blandos y calizos, bajo una dilatada exposición a un clima de tipo semi-árido, las escasas aguas que por su interior circulaban, fueron cementándose formando las costras calizas. El agua de lluvia se infiltraba en el suelo cargándose de carbonatos hasta cierta profundidad, pero bajo ese clima, el agua tendía a subir por capilaridad ante las secas condiciones de la superficie. En ese recorrido vertical, se iban depositando los carbonatos en los intersticios del sustrato y este proceso, repetido una larga serie de años, fue capaz de crear esa potente costra caliza.

Potente costra en los bordes occidentales del Campo de Calatrava, poco alterados con una vegetación dominada por las coronillas (Hipocrepis conmutata)

      Las costras calizas se generaron en esas áreas que reunían parecidas condiciones, pero no se dieron de manera general. En otras áreas de la llanura manchega permanecìa una lámina de agua semi-permanente y allí se formaron las llamadas “playas húmedas”, áreas humedas capaces de mantener una vegetación sobre la que finalmente se fijaban los materiales disueltos en el agua, formándose turbas. Asimismo, también se formaron las “playas secas”, amplias zonas más secas donde lo que se dio fue una deposición de yesos y sales, que incluso se han venido explotando, a pequeña escala, hasta la actualidad.

A la derecha la costra ha sido arrancada con tractores, a la derecha zona aún con costras y en el centro, pequeña depresión con sales en el camino, en los Praos de Carrión

      Las costras calizas tienen unos espesores generales que van desde los 70cm hasta poco más del doble. No uniformes y con grietas, tanto mecánicas de origen tectónico como por disolución, por lo que, a pesar de su dureza y espesor, es material removible. No todas las costras tienen esos espesores, incluso no tienen un origen tan antiguo, aunque el proceso de formación es el mismo. 

Hedypnois cretica, Lagurus ovatus, Medicago minima, Filago pyramidata, Herniaria cinerea, etc.

        Hay cortezas mucho más recientes que se han formado en períodos sub-actuales tras procesos erosivos o de exposición a la intemperie fruto de la deforestación o de laboreos y largos abandonos posteriores. Estas costras más recientes, de escaso espesor y más fáciles de remover, son el llamado “caliche” y son bloques sistemáticamente extraídos del terreno y colocados en bordes de fincas, vallas y bardales. En muchos puntos han sido material para la construcción, la famosa "piedra seca" de la arquitectura popular de estas regiones, con elementos constructivos tan prácticos y emblemáticos como el “bombo” manchego y una multitud de prácticas construcciones para su uso y refugio en el campo.

La oportunista Eruca vesicaria creciendo en una grieta de la costra caliza

       Sobre esta costra tienen lugar procesos edáficos, al iniciarse la formación de un suelo incipiente y a través de sus grietas, da comienzo un proceso lento pero continuo de disgregación de la roca y profundización de los suelos, al haber mejores condiciones de humedad y química para su desarrollo. En general las costras solo aparecen en superficie en lugares cercanos a cambios de pendiente, como áreas de borde de riberas, antiguas lagunas o allí donde la tectónica ha roto la horizontalidad del terreno. Entonces las costras quedan expuestas y protegen el terreno bajo ellas, actuando los procesos erosivos con mayor celeridad en  sus bordes, lo que contribuye a aislarlas y realzar estas formaciones.

Costra en los bordes de la llanura de inundación del Guadiana en Alarcos

      Dada la escasez de ríos en la Mancha y la escasez de movimientos tectónicos, salvo los relacionados con el vulcanismo del Campo de Calatrava, las áreas de costra al descubierto no son tan abundantes como en principio cabría esperar. Pero cuando asoman, su dureza y difícil remoción han hecho que permanezcan incluso por siglos a la intemperie, en localidades que por esto tienen tan escaso aprovechamiento como el de rastrojeras para ovejas y cabras o bien para la caza dada su idoneidad para conejeras y vivares.

Una de las últimas muestras de un encinar manchego diverso y en buen estado de conservación

      La Mancha en unas escasas décadas ha dado un vuelco a su fisionomía que, salvo en su planitud, nuestros abuelos no reconocerían. De un paisaje de dehesas, cereales y la trilogía mediterránea de olivo, vid (en cultivo en “vaso”) y almendro, hemos pasado a vastas extensiones de viña en espaldera de alambres y tuberías, salpicados de cultivos de melones bajo plásticos que en otoño se esparcen por los campos.


      Los espacios naturales, en general por poco productivos, como llanuras de inundación, saladares, zonas arenosas o zonas más pedregosas de lo normal, como las costras, estaban poblados de una vegetación característica y definitoria de los paisajes manchegos: las ralas dehesas, los albardinales, los juncales, los calaminares que tanto gustaban a la oveja manchega y matorral mediterráneo, han cedido su espacio a un arado que trabaja en función de las subvenciones, donde ni siquiera se mira la productividad o lo que durará explotación. Es la agricultura de “el que venga atrás que arree”.

Líquenes sobre las rocas calizas con el llamativo Caloplaca aurantia

        De esos paisajes antiguos, con una agricultura adaptada al clima y al terreno que también era productiva y permitía espacios libres del arado, para los pastores, los cazadores o para que simplemente el agua se infiltrase lentamente en el terreno, ya casi no queda nada. Solo quedan unos pocos espacios, por desgracia los últimos, en el occidente manchego, donde los pocos ríos o la puntual presencia de asomos rocosos ha hecho que no todo sea surco, como en el centro de la Mancha.

La pequeña y temprana Linaria amethystea var. albiflora medra en la costra caliza

      En esta región donde la Mancha va perdiendo su nombre para ser Campo de Calatrava, aún quedan unos pequeños retales que desde este blog he ido mostrando para que todo el mundo los conozca y sepa de la existencia de saladares, de albardinales, de calaminares, de mantos de arenas eólicas en sus últimas manifestaciones fidelignas, de lo que todo hombre de la Mancha conocía como si fuese así desde el inicio de los tiempos. Algo que parecía que nunca se iba a acabar, quién iba a pensar que esos paisajes, esas formaciones vegetales, antaño tan abundantes, hoy en día iban a estar a punto de desaparecer. Para colmo, en ese elenco de la naturaleza manchega en extinción, tengo que hacer este artículo para llamar la atención sobre algo tan denostado por nuestros agricultores como es el más duro pedregal manchego, la costra caliza, al borde de su desaparición definitiva del paisaje.

Hueco dominado por líquenes terrígenos en medio del rojo pastizal de acederillas

      En la naturaleza todo son oportunidades, lo que en principio son impedimentos para la vida vegetal por culpa de un material tan sumamente inerte como es la costra, se convierte en una ocasión para toda una serie de plantas y de vida que había sido expulsada de esos lugares más productivos en los que la encina o el matorral impuso su ley de sombra y exclusión. Quizás no se trate de una vegetación productiva, llamativa o con grandes especies señeras, pero tiene su lugar en la vida, y ese lugar lo dignifica y embellece con su presencia.


      Se trata de una vegetación fugaz, tan breve que a los primeros calores por encima de los 30ºC, empieza a sucumbir hasta que la humedad del otoño la hace renacer. Son plantas de ciclo anual, terófitos que llegan a crear una particular y explosiva primavera de color sobre las aparentemente yermas costras calizas. Otros años he pretendido cazar el momento de su máximo esplendor floral pero siempre por un motivo u otro he llegado antes o después y me he quedado con las ganas de reunir un buen material fotográfico para hacer esta entrada, varias veces postergada, pero algún día lo conseguiré y tendré que renovar esta galería fotográfica.


      La vegetación mayoritaria es aquella que puede cumplir su ciclo biológico sobre tan poca cosa como puedan ser los esqueléticos suelos que se desarrollan sobre esta costra, lo que incluso muchas veces hace que los más preparados y menos exigentes, los líquenes y musgos, sean quienes aportan la mayor presencia o biomasa a la comunidad.

La pistorinia a punto de mostrar su escandalosa floración

      En el momento álgido de la floración revientan los tonos rojos de muchas de sus especies más abundantes. Los tonos de la acederilla Rumex bucephalophorus simulan columnas enrojecidas, pero son los tonos rojo chillón de las flores de la Pistorinia hispánica, un minúsculo endemismo español, los que más explosiva hacen esta mini-primavera. Lo demás son plantas, aparte de pequeñas, también resistentes al mordisco de los abundantes conejos de estas zonas: Neatostema apulum, la única acelguilla anual Limonium echioides, la grácil Linaria amethystea var. albiflora, Campanula erinus, Asterolinum linum-stellatum, Valerianella coronata, Hedypnois cretica, Helianthemum ledifolium, Cerastium pumilum, Galium parisiense, Medicago minima, Androsace máxima, Herniaria cinérea, Filago pyramidata, Bombycilaena discolor, Raghadiolus stellatus, Centaurea melitensis, Urospermum picroides y entre las escasas gramíneas que pueden prosperar aquí, lo hace la menor de ellas Mibora minima, junto a Stipa capensis y Brachypodium distachyum.

La acelguilla Limonium echioides y Rumex bucephalophorus

      Cuando las repisas sobre las costras se encuentran mejor conservadas, son más terrígenas y tienen suelos algo más profundos, entonces entran especies de mayor talla, aparecen, a parte de más gramíneas como Hordeum murinum, Hyparrhenia sinaica, compuestas como Carlina hispánica, Xeranthemum inapertum, Atractylis humilis, el cardillo Scolymus hispanicus, Carthamus lanatus, Cardus platypus, C. pycnocephalus, centaureas varias, y otras como la bella y masiva Hipocrepis commutata, o Echium asperrimum, E. vulgare, Prangos trífida, Salvia argéntea, etc, y especies leñosas como puedan ser los tomillos.

La inconfundible inflorescencia del cardo Cardus platypus

      Es triste tener que andar defendiendo o informando de la existencia de este tipo de formas geológicas y de su vegetación. Una vegetación banal, poco interesante y no muy llamativa, a no ser que se coincida con su explosión primaveral, que desgraciadamente se está yendo al saco de lo que hubo en el pasado, pero en lo que nadie se fijó. Una vegetación que desaparece delante de nuestros ojos y que a pesar de estar protegida por normas comunitarias (6220: Pastizales  xerofíticos mediterráneos de vivaces y anuales - 34.5131: Pastos de terófilos calcícolas, de tierras bajas y montaña media en el Mediterráneo occidental), nadie repara en que tenemos que conservar este patrimonio natural que es un eslabón más de la cadena de ecosistemas armoniosos y conectados que llamamos la naturaleza manchega.


      Hace años los botánicos españoles se burlaban de sus colegas ingleses porque decían que con tanto desarrollo, en Inglaterra al final para estudiar botánica en estado natural, los alumnos se tenían que ir a aprender a las cunetas de las autovías, porque el campo estaba ya demasiado explotado. Hoy somos nosotros los esquilmadores y no hemos sabido ni proteger una mínima parte del enorme legado que teníamos hace unas décadas, ese con el que nos reíamos de los ingleses. Además, para colmo, parece como si el salvar y cuidar estas últimas comunidades biológicas, fuese una imposición de la Comunidad Europea, porque si por nosotros fuera, ya lo tendríamos todo cultivado.

La termófila gramínea Stipa capensis prospera en los terrenos más áridos

      En la naturaleza todo es importante, ásperos y achicharrados rincones como puedan ser estas rocas de la Mancha tienen tanta importancia como un laguna llena de vida, sobre todo, si estamos hablando de los pocos últimos rincones que nos quedan de la costra caliza.


sábado, 31 de diciembre de 2016

Una Visión Crepuscular



     Después de un año seco y caluroso hemos entrado en un final de otoño e invierno como los de siempre, con su anticiclónica Navidad.


    Noviembre fue un mes de lluvias y a diciembre aunque le faltaron las aguas que suelen acompañarle hasta su mitad, le llegó su tradicional anticiclón de invierno. 


     Él es quien sume en nieblas y brumas los días de los valles interiores, nieblas que como en las cercanías del Guadiana manchego suelen perdurar días y días consecutivos, en los que la luz apenas se vislumbra un rato tras las horas centrales del día.

     El campo se sume en el silencio y acompañándolo, distancias y dimensiones se desdibujan para hacerse etéreas, insustanciales. 

     Quitando el frío que con la humedad te llega más dentro de lo habitual, esos días de niebla, a parte de algunos “balduendos” como yo, no hay nadie por el campo, de tal manera que lo percibo como más mío, a todos los niveles, desde su propiedad hasta en mi interior.


     Los últimos días del otoño, tienen un luz difícilmente repetible el resto del año.


     Las brumas y neblinas velan el paisaje con su aterciopelada caricia en una calma que es difícil que no se te trasmita. 


     Si ha llovido previamente y sopla del noreste, la atmósfera goza de una limpieza que dá a objetos y paisajes una potencia estática que les dota de una trascendencia, de una presencia e importancia que hace que les dediques una atención que antes no les hubieses dado.


     La luz juega con las lomas, con los recovecos de las rocas o la corteza de los árboles dándoles una vida que antes no considerabas. 


     Quizás sea la mayor ausencia de vida, el estado vegetativo de las plantas o de los escasos seres que en estos paisajes se mueven que lo aparentemente inanimado destella presencia haciéndose protagonista.


     Las luces de la tarde, màs que las de las mañanas, sentenciadas por las nieblas matinales, se enseñorean de páramos y vallejos, y dan importancia cromática a los sembrados que inician su verde despunte o a los campos recién arados que muestran generosamente los colores de la tierra, resaltando poderosamente entre los desvaídos tonos de bardales y barbechos.


     Este año, como dicen de los bisiestos, ha venido con la guadaña y ha golpeado cerca, muy cerca.


      En el plazo de un par de meses casi me quedo sin mis mejores amigos, Valentín se fue, pero nos ha dejado uno de los mejores ejemplos. Se fue, pero ha dejado buena simiente y ganas de vivir.


    Los otros han estado muy cerca de acompañarle, por un accidente de moto y por un infarto y afortunadamente, ya van teniendo de nuevo las riendas de su vida.


     Llevo una temporada un tanto baja de moral que coincidiendo con la época del año y una lesión que me impide darme mis carreras por ahí para sacudirme la modorra, me han sumido en un ambiente más crepuscular, si cabe que el de las brumas y nieblas de estas fotos que hoy os muestro, en una entrada fotográfica y sentimental.



miércoles, 30 de noviembre de 2016

Otoño por el Centro de la Cantábrica


No todos los años puedo hacerlo pero en esta época del año siempre intento viajar a los buenos bosques de hoja caduca en el momento en que éstos cambian de colores antes de que el viento y el invierno los deshojen.

Los chopos tapan en parte el hayedo, sobre el que se instala un amarillo robledal con Quercus petraea y Q. orocantabricus

Es un banquete estético impresionante aunque también se pueda vestir de excursión montañera o de jornada de setas, pero la idea principal de esta entrada es mostraros una buena tanta de fotos de hojas coloridas de todo tipo y pelaje.


Este año por suerte pudimos ponernos en movimiento y aterrizar en el mismo centro de la cordillera Cantábrica, el área que mejor conozco y que por suerte, siempre me deja con ganas de conocer muchos más de sus mejores rincones.


Nos acompañó un tiempo quizás demasiado bueno, con bastante calor para la época, aunque con una luz anticiclónica que no ayudó para captar la imagen de los magníficos paisajes que se nos presentaron.

Luz de ambiente anticiclónica tras amanecer sobre un hayedo leonés

Hace muchos años era más montañero, a menudo nos pegábamos la paliza del coche compartido desde Madrid hasta los Pirineos, no solo los puentes, sino fines de semana normales.

Montaña de Las Verdes en Redes

      Los Pirineos son inabarcables y siempre quedan mil sitios que descubrir, pero un verano dí el salto a la Cantábrica, a caballo entre León y Asturias, y el caso es que desde entonces ya poco he ido a Pirineos.


   Probablemente haya sido el gusto por los caminos solitarios, la posibilidad de ver algún oso o lobos o que Pirineos ya iba pareciendo un parque temático montañeril, al menos en sus pueblos más turistizados.

Lo que en Pirineos sería una capital de la montaña, aquí es un humilde pueblo montañés

La zona central de la Cantábrica empieza a occidente de Picos de Europa que quizás sea lo más parecido a Pirineos, tanto en alturas como en turismo comercial, de toda esta gran región española.



   A pesar de la inmediata vecindad a Picos, en las comarcas de las que hablo, hay poca gente por los caminos y es difícil encontrar más de un bar en sus pueblos, ni siquiera el turismo rural ha despegado a pesar de sus posibilidades y de las fuertes subvenciones recibidas.

La vaca asturiana de la montaña también llamada Casina

Son los valles o concejos de Ponga y Caso en Asturias, últimamente más conocido como Redes, ambos Parques Naturales y Riaño y Lillo por el lado leonés que son la vertiente oriental y occidental respectivamente del macizo de Mampodre y bajo la figura, bastante difusa, de Parque Regional de Picos de Europa en la comarca de la Montaña Oriental Leonesa.

Macizo de Mampodre

Existe una fuerte disimetría entre la cuenca del Duero, con sus ríos Porma (Lillo) y Esla (Riaño) con su tristemente célebre embalse, y el alto Nalón en la cuenca hidrográfica cantábrica. Por el lado de la meseta el desnivel es mucho menor, los valles más abiertos, llenos de prados ganaderos y con sus montes mucho menos boscosos.

Grandes prados en los valles eminentemente ganaderos de la montaña leonesa

El habla y las costumbres de la gente de ambas vertientes es casi idéntico, de hecho hay una romería en León, la de Riosol que reúne casi a más asturianos que leoneses, aunque tengan que sufrir la subida del tortuoso puerto de Tarna. Realmente son todos astures aunque unos también sean castellanos.

Hayedo variado con mostajos (blancos) y robles (verde-amarillos)

Al norte de Riaño destaca poderosamente la mole piramidal fronteriza con Asturias de Peña Ten y también algo menor la de Pileñes que como dice el dicho, ..vaya par de peñes!!

Peña Ten y Pileñes, ¡Vaya par de peñes! La primera en León y la segunda en Asturias

       Del lado oriental, desconectado de la divisoria principal de la Cantábrica por el puerto de las Señales y en potente resalte sobre los valles que lo rodean del Esla y el Porma, destacan las alpinas formas del macizo del Mampodre, una modesta cordillera (casi 2200m en varios picos) muy similar en caso todo a los cercanos Picos de Europa.


Oscura mole cuarcítica del pico de San Justo

      Del lado castellano hay un predominio general de lo geológico sobre lo biológico, siendo muy visibles las diferentes litologías del terreno que como en la vertiente cantábrica es una retorcida mezcla de blancos cordales calizos alternándose con otras litologías, siendo dominantes en gran parte de la divisoria las cuarcitas.


Genista legionensis, espinoso arbusto exclusivo de las calizas de la montaña Cantábrica

      Lo contrario ocurre del lado asturiano, donde bosque y vegetación apenas dejan asomar lo más áspero de la cordillera, como el altivo Tiatordos y el Maciédome que separan Ponga de Redes, la Peña del Viento y el Cantu l’Osu en el centro de Redes o el Torres ya en el límite occidental.



      Este viaje ha sido para contemplar los bosques otoñales y hemos llegado en su momento, pero este año no ha sido tan espectacular como otros pues se ha dejado notar, por un lado, la dura sequía veraniega, más acentuada en la vertiente castellana y que solo se ha mitigado ya a mediados de octubre y por otro, la ausencia de heladas que ya si hemos podido constatar con el cambio de mes en los altos valles.


A pesar de ser otoño, los tojos, entre otras plantas, están floreciendo como si fuese el final del invierno

      Las consecuencias de esos calores y secas ha llevado a una falta de turgencia de las hojas que no han podido experimentar el cambio de color acorde a la estación sino un paso del verde al marrón sin pasar por las coloridas fases previas.


Los últimos días de octubre apenas ha cambiado el color de los bosques de Redes

   Por otro lado, la ausencia de heladas ha provocado que muchas de las hojas se mostrasen todavía verdes, lo que era más visible del siempre más húmedo lado asturiano.


Gran variedad vegetal del bosque leonés

      La variedad vegetal de esta región está por encima de la media, incluso por estas zonas de León aparece algún árbol casi exclusivo como puedan ser un par de robles, el Quercus orocantabricus, un roble más arbustivo que arbóreo que crece en el límite superior del bosque en zonas silíceas y otro roble que aún no he visto el Quercus paucirradiata.


Los cerezos como de costumbre son de lo más "flamígero" del otoño

       En esta región aparece mezclada la vegetación silícea (roble melojo, serbal de cazadores, arándano, etc.) con la basófila con toda una gama arbustiva (mostajos, agracejos, guillomos, cerezos de Santa Lucía, pudios, clemátides, etc.) que en estas épocas del año lucen sus mejores galas para despedir la temporada vegetativa.



      Es recurrente y estará muy visto, pero no me canso de hacer fotos con estos mismos motivos, los contraluces, los frutos, las setas. Años tras años voy acumulando fotos parecidas, pero es que no tengo hartura.


No sé como la hacen, pero las setas muchas veces tienden a mimetizarse con los suelos

      Por el lado asturiano, en el interior de Redes, las hojas de los árboles apenas han cambiado su tonalidad. Aquí están, probablemente, los mejores hayedos, combinados con los de Ponga y su famoso monte de Peloño, de toda la península, a pesar de la fama mediática de la Selva de Irati.


Avellanos y fayas apenas han cambiado de color en Asturias en estas fechas

      Al estar a caballo entre los valles del Esla, del Porma y del Nalón fuimos viéndolos un poco todos, aunque con alguna buena ruta de coche hasta el corazón de Redes, por donde dimos un buen paseo y cogimos castañas.



     Setas también había pero al parecer no había habido suficiente agua para una buena temporada, aunque aquí es temporada siempre que no haga frío y haya agua, pues varios han sido los veranos que hemos comido una buena sartén de setas.


Pinar de Lillo, últimos vestigios del bosque aciculifolio cantábrico

      Las montañas de León tienen menos bosque, pero dado que hace más frío dada la mayor altura, las hojas están mucho más coloreadas que en Asturias. En el fondo de los valles, junto a los ríos destacan desde lejos los inmensos chopos junto a fresnos y algunos cerezos en brasas de puro rojo.



      Es una pena, aunque las imágenes no se me van a ir de la retina, por las mañanas temprano, con las primeras luces me iba a correr por el monte, por llevar no llevaba ni reloj ni la cámara. Si la hubiese llevado, ni hubiese recorrido ni hubiese visto la mitad de todo lo que ví y lamento de verdad no haber podido compartir esas imágenes con vosotros.


Primer día de helada en la montaña leonesa

      Un día pude ver un amanecer increíble, pues a ratos estaba yo dentro de la niebla y otros ligeramente por encima, superando levemente esos bancos que yacían pegados al fondo de los valles. Sobre esa blanca manta se levantaban los chopos amarillos que estiraban su sombra sobre ella y casi llegaban a reflejarse en ese mar de niebla.


Sobre los neblinosos valles de Riaño se levanta la fenomenal mole del Espigüete

      A veces de los árboles solo asomaban las ramas y el resto se difuminaba poco a poco hacia abajo como si el árbol desapareciese en profundidades insondables, degradándose el amarillo chillón de sus hojas al blanco agrisado antes de desaparecer engullido por la niebla.



      Uno de los mejores paseos, de los que os ofrezco la mayoría de las imágenes más coloridas, fue por el alto Porma, al pie del San Justo y  cerca del pinar de Lillo (Reserva Integral), por un camino paralelo al río donde las ramas otoñales de todo tipo de árboles y arbustos quedaban en contraluz con una ladera en sombra o con los rayos del sol perfilando los árboles que sobresalían del matorral.


      Aquí era difícil decantarse por qué era más hermoso, si los álamos temblones que haciendo honor al nombre salían bastante movidos en las fotos, los flamígeros cerezos, los amarillos chopos, los serbales cargados de frutos o los luminosos abedules.

Masa compacta de abedules y el inconfundible serbal de cazadores

      Ahí os dejo esas imágenes por si este año no habéis podido salir de otoñó. Aunque esta entrada es algo tardía, casi un mes posterior a las fotos, aún queda otoño, quizás ya no en el norte, pero los valles interiores y las montañas del sur y oeste de la meseta guardan rincones menos espectaculares que la Cantábrica pero no exentos de especies encendidas y mágicos rincones.



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