domingo, 30 de junio de 2019

Cabo de Gata, Almería


          Este año el invierno y comienzo de la primavera ha sido generoso por el sureste ibérico, más en concreto por el Cabo de Gata, en Almería. Una Semana Santa que trajo de cabeza a los turistas. Solo aquéllos más alerta o con más posibilidad de elegir fechas, pudieron capearla en su primera parte, pues en la segunda y principal, jarreó y aguó las expectativas de cientos de bañistas que tuvieron que ver el mar desde las ventanas o desde la sombra de los paraguas.



          Un amigo mío estuvo por allí poco después y me dijo que nunca había visto aquello tan verde, me puso los dientes largos y a los pocos días pasé yo por allí y, en efecto, la respuesta de la vegetación semi-árida a unos buenos chaparrones es casi instantánea, en otras zonas tardaría, al menos de diez días a más de dos semanas, pero aquí en cuatro días estaba todo verde. 



         Los vientos y la vuelta de las temperaturas más acordes con la estación, hicieron que todo se fuese secando, pero poco a poco, dándonos tiempo a paladear unos paisajes y una flora poco común y sumamente agradecida.



          Es probable que esta entrada sea una mera excusa para mostrar las fotos que hice por allí o para “retoricar” de lo que está protegido y lo que no. Pero es un lugar de visita obligada, aunque solo sea para aprender a amar la geología hispana y el valor de una flora valiente que crece en los límites de lo que llamamos "desierto".



         Las magníficas calas o playas de por aquí, son de las que hacen pensar, pensar en todo, en el hombre y la naturaleza, en un Mediterráneo que ya no existe, en la España de vacaciones de verano y de vacaciones mentales continuadas.



         Da gusto poder disfrutar de este tipo de paisajes tan poco usuales, tan geológicos, de estos campos esteparios y carentes de arbolado, de unos paisajes casi de ciencia ficción, de tierra recién creada que es lo que parecen transmitir estas rocas, estas arenas, estas calas sin chiringuitos.



          Ya he realizado varias entradas sobre el sureste ibérico y su africanidad y, también hacía mucho que no volvía por Cabo de Gata, región a la que tuve querencia ya hace muchos años, pero que he ido viendo cómo, en general, se sobrevaloraba especulativamente, en el contexto general de un litoral que va desde el Mar Menor hasta la capital almeriense. Por eso mis últimos viajes han tenido lugar más por tierras murcianas, algo más tranquilas que estas almerienses. 



              Ni que decir tiene que se trata de los mismos paisajes, casi las mismas litologías, mezcla de volcánicas con calizas o de arenas petrificadas, con sus ramblas, sus acantilados y sus magníficas playas. Pero aquí en Cabo de Gata, casi todo se encuentra bajo una misma gran propiedad y bajo la figura de Parque Natural y aunque se le hubiera podido exigir mucho más, bastante ha parado la apabullante marea especulativa que ha sacudido toda la costa mediterránea, hasta convertirla en un “Monopoly”.


Al fondo el "Promotorium Charidemum" de los romanos, el cabo de Gata

Me he vuelto a reencontrar con unos paisajes que no han cambiado, con unas calas que siguen igual de tranquilas, sobre todo, aquellas a las que hay que llegar andando, y he agradecido sus fantásticas formas geológicas, algo que siempre es mucho más fácil de apreciar en entornos semiáridos que en tierras más lluviosas, donde la vegetación con su vestido, camufla esas formas, esas geologías.



         El vulcanismo aquí, es de libro; son grandes paisajes dominados por esas formas claramente volcánicas, no es como en las otras dos regiones volcánicas peninsulares, mi querido Campo de Calatrava, que viene a ser  la llanura caliza manchega, salpicada por aquí y por allá de volcanes que apenas llaman la atención y de grandes hoyas o maares de origen freato-magmático, siempre entre largos cordales cuarcíticos que preludian la región de Los Montes.


Formas columnares basálticas de enfriamiento de la lava

Aquí dibujando una forma abovedada que sirve de cabaña

       Tampoco es parecida a la región volcánica de La Garrotxa (Olot), con sus volcanes magníficos, pero modestos y camuflados por una magnífica vegetación mediterránea plena de lluvias.



Modesta desembocadura de una rambla de poco más de 2 km de recorrido

      Formas retocadas por la torrencialidad de unas escasas; pero tumultuosas precipitaciones: la primera vez que vine por aquí, fui a ver a un amigo que vivía en un cortijo por encima de San José, en medio casi de un llano que era la rambla seca, y al lado de su casa, había un par de neveras en medio del camino que el agua dejó allí en la última tormenta.



         Pero en esta región, más que la lluvia es el viento quien tiene la última palabra. Recuerdo que mi amigo Javier decía que se equivocó al poner paneles solares en su casa, que lo verdaderamente eficaz era un pequeño aerogenerador. Y así debe ser, solo de ver como se movía la arena en dunas y playas.





El viento también ha traído a estas medusas como polizones a estas playas

         Peor es intentar ponerse en el lugar de esa vegetación que tiene que soportar estoicamente ese continuado golpeteo y presión del viento, quizás no tan desecante como el de interior, por venir siempre del mar, con su carga de humedad que muchas mañanas tiene a bien formar neblinas o condensar en las plantas o rocas más frescas, aportando así una escasa, pero valiosa, carga hídrica.


Matas de barrón, de Launaea arborescens y una azucena de mar Pancratium maritimum, entre las arenas

         La potencia del viento es tal que aquí existen dunas remontantes, un fenómeno poco común pero espectacular. Cerca de Mónsul, en el Barronal, nombre relacionado con el "barrón" una planta ejemplo de adaptación extrema a los medios arenosos, Ammophila arenaria; comienza el aporte de arena para una duna que remonta poco más 100m de altura, hasta casi las cimas de esa pequeña cordillera más litoral.


Inicio de la duna en el Barronal y remontada
Término de la duna sobre la ladera volcánica a 100m de altura

          La variedad floral de esta región es enorme, quizás el sureste ibérico, en sentido amplio, incluyendo algunas sierras interiores, pueda ser el punto caliente o de más biodiversidad botánica de toda Europa. La gama de altitudes de la región, hace que aparezcan aquí, el inusual piso Inframediterráneo, que solo vuelve a aparecen en Canarias y en el continente africano; el piso Termomediterráneo, luego, subiendo un poco, la influencia mesetaria que entra aquí desde los confines manchegos, con el piso Mesomediterráneo; si seguimos subiendo, pasamos al piso de sierras o Supramediterráneo que en sus cimas más elevadas acogería el escaso piso Oromediterráneo.


Hammada articulata, una de las plantas mejor adaptada a condiciones extremas de xericidad

          Cada uno de los anteriores pisos tiene una vegetación que le es característica y si a eso le unimos las diferentes variables litológicas, completamos una gama amplísima de vegetación, según estemos en depresiones salobres, sustratos calizos, sustratos arenosos, sustratos ácidos, etc. que crean un mosaico vegetal difícilmente igualable en cualquier otra región ibérica. Aunque parezca descabellado en las altas montañas de esta región, todavía quedan enclaves con algunos abedules o tejos, entre otras especies de carácter más norteño.


La bella y discreta Rhodalsine geniculata

          Pero de todo el sureste, solo este pequeño rincón de la sierra del Cabo de Gata, atensora endemismos que solo aparecen aquí. Casi todos con su nombre específico de "charidemi" que es el nombre de esta área hispánica para los romanos, el cabo de Gata era el famoso Promontorium Charidemi; de ahí este apellido de las plantas exclusivas de estos pagos, amén de la presencia de otras muchas que solo aparecen en el litoral sureste en sentido más amplio.


Rosmarinus eriocalix, un romero especialmente adaptado a estas duras condiciones

          Esta región ha cambiado con el hombre y ha hecho con él, por culpa de él o a pesar de él, a llegado a los paisajes que tenemos hoy en día. Mucha de la biodiversidad que aparece, tiene su origen en las adaptaciones al trato humano, aprovechando ventajas competitivas o sabiéndose adaptar a los cambios introducidos por el hombre en la naturaleza. La variedad de especies de la familia de las crucíferas, por ejemplo, dan muestra de ello. Otra cosa es lo que está ocurriendo en las últimas décadas en esta región, la plastificación del paisaje, a todos los niveles; la lucha por el agua, la moderna existencia de “aguatenientes” o la irrupción de las sociedades de inversión en el campo, al amparo de legislaciones desfasadas o permisivas, está llevando, como en casi toda España, a una situación insostenible en la permanente dialéctica entre recursos naturales y actividades económicas.



          Pero aquí estamos en un Parque Natural, y por momentos, casi nos podemos olvidar de este enorme conflicto con repercusiones en todo (lo social, lo medio-ambiental, lo económico, etc.) y nos damos un chapuzón en algunas de las mejores playas españolas y salimos tan frescos del agua, aquí no ha pasado nada. Pero solo hay que entrar o salir de aquí, para darnos cuenta de que estamos convirtiendo nuestros últimos rincones naturales en parquecitos, en jardines ciudadanos, en relajantes documentales de naturaleza que nada tienen que ver con la verdadera realidad, con la tierra, con nuestra tierra. Estamos entrando en una esfera virtual de lo que es la naturaleza, no estoy contra los parques naturales o áreas protegidas, por supuesto que desgraciadamente son imprescindibles, pero estoy totalmente en contra del olvido generalizado que se está cebando en todas las pequeñas y grandes áreas naturales de nuestros pueblos, de nuestras ciudades, de todos aquellos rincones que nos quedan más cerca, que podrían ser los más disfrutables, sin tener que coger el transporte o el billete a la felicidad de estos destinos de naturaleza.




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